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El único lugar donde la palabra “éxito” viene antes que “trabajo” es en el diccionario, solía decir un destacado coach de fútbol americano cuando le preguntaban por las claves de su éxito deportivo. Y lo que se puede decir del deporte, se puede decir de la vida, de las empresas y de los países. En Suiza no hay petróleo, decía un empresario norteamericano, pero hay que gente que trabaja. Y lo mismo puede decirse de otros muchos países carentes de recursos naturales, que sin embargo se encuentran en el top 10 de las naciones más desarrolladas. Por el contrario, países muy bien dotados naturalmente, han ido cuesta abajo como Argentina y Venezuela.

Los éxitos sustentables de los países, pues, no vienen de bonanzas internacionales, que hoy están y mañana no, sino de las reformas estructurales que tornan ese país más competitivo, más productivo, más desarrollado. Que otorga mejor educación a sus ciudadanos y que genera un clima positivo de desarrollo que extiende a todas las capas de la sociedad.

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Esos países son aquellos cuyos gobiernos y sus ciudadanos están dispuestos a adoptar medidas reformistas, más o menos radicales, para mejorar el funcionamiento del estado, de la educación, de la salud, de la infraestructura. No son medidas sencillas ni a gusto de todos. No reciben el aplauso inmediato y su fruto, muchas veces, tarda en apreciarse. Cabalgar sobre las olas de la bonanza, es algo relativamente sencillo para los gobiernos. Basta no marearse, no creérsela. Pero llevar a cabo reformas duraderas es mucho más difícil. Requiere tenacidad, planificación, creación de consensos, ejercicio de la autoridad. Para ponerlo en otros términos, es más fácil llevar a la práctica una política macroeconómica sensata (salvo que alguien se la confíe a un funcionario autoritario como el secretario argentino de Comercio Guillermo Moreno) que reformar el estado, la educación o la salud.

Perú es uno de los países latinoamericanos que más está creciendo. Más que Chile, incluso. Es verdad que goza de una extremada bonanza en materia de precios de minerales, de los cuales tiene en abundancia. Pero son conscientes que esos precios pueden oscilar, dejándolos donde estaban hace una década. Por tanto se han dedicado a realizar reformas de fondo, que mejore la productividad del país, tanto los precios de los minerales sean buenos o no. Y ello se está realizando en el gobierno de Ollanta Humala, otrora protegido de Hugo Chávez y candidato a integrar el ALBA.

Hoy Perú está firmemente insertado en la Alianza para el Pacifico, abre sus fronteras al comercio en lugar de abroquelarse en el vetusto Pacto Andino. No tiene interés en ingresas al decadente Mercosur. Y, lo que es más notable, ha puesto en marcha una audaz reforma del estado. La nueva ley de Servicio Civil, aprobada la semana que termina, procura que los funcionarios públicos (o “servidores del estado” como se los llama con mayor precisión, pues están para eso y no para servirse del estado) "alcancen mayores niveles de eficiencia y presten servicios de calidad", a la vez que promueve "el desarrollo de las personas" que trabajan en las entidades del Estado.

Obviamente semejante reforma iba a despertar manifestaciones de oposición. Pero la Ley de Servicio Civil, que regulará el trabajo de los 900.000 funcionarios que hay en Perú, se basa en cosas tan sensatas y obvias como la aptitud, el desempeño y la evaluación del trabajador para mejorar la calidad de su labor. Algo totalmente normal en el sector privado pero resistido casi a ultranza por los gremios estatales. Sea como sea, el gobierno de Humala sigue adelante con su reforma porque la considera imprescindible para profesionalizar a los funcionarios en un contexto de una economía que crece al 5% anual y que tiene el desafío de mantener ese ritmo ante crecientes exigencias competitividad.

Por el contrario, nosotros evadimos estas reformas, porque sabemos que son difíciles de implementar. Y nos contentamos con un estatuto del funcionario público que no es ni chicha ni limonada. Después no nos lamentemos si nuestro crecimiento no pasa del 2% o 2,5% anual y nuestros jóvenes siguen emigrando. Será el precio de no haber sabido administrar la medicina adecuada a su debido tiempo por temor a molestar al paciente.
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