23 de junio de 2026 15:34 hs

Conviene aclarar algo antes de seguir. No entiendo de fútbol. Lo digo sin coquetería. Soy de los que mira un partido pendiente del WhatsApp del grupo familiar, esperando a que alguien explique por qué se enojaron. Mi entrada al Mundial nunca va a ser desde la cancha. Es desde otro lado, el del que se dedica a observar cómo la cultura digital nos cambia las formas de mirar. Y este Mundial tiene un costado que me viene rondando hace varios días.

La pelota transmite información en tiempo real. Cada toque, cada cambio de dirección, queda registrado en una memoria distribuida que procesa cientos de datos por segundo. Hay cámaras tipo araña suspendidas sobre la cancha. Sensores en distintos puntos del cuerpo de los jugadores. Algoritmos que detectan la línea exacta donde un cuerpo dejó de estar en posición legal. Cada jugador llega al evento con un escaneo tridimensional de su anatomía. Quiénes son, biomecánicamente hablando, ya no es opinable. Está medido. El VAR es apenas la punta visible de una infraestructura mucho más amplia.

Para los que sabemos algo de tecnología pero poco de fútbol, ahí aparece la pregunta que importa. Qué le pasa a un fenómeno cultural cuando se vuelve completamente medible.

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Durante un siglo, el fútbol fue uno de los últimos grandes espacios de la duda colectiva. Lo que hizo grande al deporte tuvo siempre algo de jugada discutida más que de jugada perfecta. El gol con la mano que se cobró o no. El offside que pasó desapercibido. La narrativa que cada uno construía después en la sobremesa del domingo, en la oficina del lunes, en la barra del bar. Esa charla era la cultura del fútbol. Hoy el árbitro tiene una cámara en la cabeza. La pelota cuenta su propia historia. Los algoritmos resuelven en segundos lo que antes alimentaba semanas de debate. Y eso es más profundo que un cambio reglamentario.

La precisión técnica está reemplazando un material constitutivamente humano, hecho de ambigüedad, error e interpretación. Esos eran los ingredientes con los que se construía el mito. El gol de Maradona contra Inglaterra todavía se discute cuatro décadas después. Esa discusión es parte central de su grandeza. La duda fue siempre la materia prima del mito.

Lo que estoy planteando excede al deporte. Es una pregunta sobre la cultura digital en general. Estamos llevando casi todo al terreno de lo cuantificable. Nuestros pasos diarios, nuestro sueño, nuestro humor, nuestros vínculos. Lo que antes habitaba en la sensación está pasando al dato. Y eso tiene un costo que rara vez se nombra. El costo es la pérdida del espacio interpretativo. El lugar donde lo humano respiraba. Donde la realidad admitía versiones distintas y eso no era un problema, era un patrimonio.

Las apps de citas te dicen tu porcentaje de compatibilidad con un desconocido. El reloj de pulsera califica la calidad de tu sueño. Las plataformas miden cuánto tardás en responder un mensaje y te avisan si te estás demorando demasiado. Todo lo que antes pertenecía a la intuición, al instinto, al simple modo de habitar la propia vida, ahora viene con un número arriba. Y ese número funciona menos como descripción que como mandato. Cuando todo está medido, todo está cerrado. La conversación termina. El mito queda sin material para alimentarse.

El Mundial 2026 es, desde mi mirada de afuera, un laboratorio impresionante. Y defender la justicia técnica también tiene su valor. Que no se le robe a un equipo lo que ganó en cancha tiene su propia dignidad. Eso no se discute. Pero conviene preguntarse qué clase de mundo queda cuando el último territorio de lo sospechado se entrega a la certeza algorítmica. Si una historia compartida puede sostenerse cuando todas las respuestas vienen cerradas de fábrica. Si la duda, como práctica cultural, sobrevive sin un terreno donde ejercerse.

Hay un punto que me parece central. La medición funciona como una forma de poder. Define qué cuenta y qué deja de contar. Cuando una cultura decide medirlo todo, no está descubriendo verdades anteriores escondidas. Está creando un régimen perceptual donde lo no medible deja de existir.

Yo voy a seguir sin entender de fútbol. Pero algo entiendo de cultura digital. Y lo que estoy mirando es un experimento en vivo sobre cómo desaparece el espacio donde una sociedad se cuenta a sí misma cosas que no pueden probarse. Ese espacio nos hizo. Lo que venga después es la verdadera incógnita de este Mundial. Mucho más que un resultado.

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