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Con el cadáver de Hugo Chávez todavía frío, en plena crisis constitucional y con un presidente de facto ya instalado en Venezuela, las dudas empiezan a surgir sobre el futuro de los negocios y la ayuda financiera que el caudillo bolivariano repartía generosamente entre los países de la región.

No sorprende pues que tantos líderes del continente se den cita estos días en Caracas para rendir honores a quien beneficiaba a sus países con miles de millones de dólares en subsidios petroleros, inversiones e importaciones de todo tipo, como parte de su exitosa estrategia para reducir a una sombra la otrora hegemónica influencia de Estados Unidos en la región.

Los más preocupados parecen ser los líderes caribeños, cuyos países se benefician de manera escandalosa del programa Petrocaribe. Creado por Chávez en 2005 –inmediatamente después de que varias de esas pequeñas naciones le dieran su voto para derrotar por primera vez en la historia al candidato de Washington en la OEA–, Petrocaribe garantiza el suministro petrolero a 17 países a cambio de bienes y servicios. En total reciben 240 mil barriles diarios de Venezuela, lo que en estos años ha salvado del colapso a varias de esas economías. Y de discontinuarse el programa, eso es lo que probablemente sucedería con varias de ellas.

Ayuda vital
Para el régimen de Cuba, que recibe 100 mil barriles de petróleo diarios e inyecciones millonarias en varios sectores de su economía, se trata de una ayuda vital, sin la cual correría peligro su propia existencia.

Raúl Castro ha tratado de diversificar la economía cubana desde que en 2008 heredara el poder de su hermano Fidel. Pero no ha tenido mucho éxito en ese esfuerzo, lo que hace poco llevó al prestigioso diario británico especializado Financial Times a definir a la economía de la isla como “un capitalismo sin capital y un comunismo sin subsidios”.

Por eso Raúl ha trabajado duro por la continuidad del chavismo en Venezuela, con el ahora presidente Nicolás Maduro. Todavía está por verse, pero, de no saltearse más la Constitución, debería haber elecciones el mes próximo en Venezuela. Y entonces, no solo los hermanos Castro, sino todo el Caribe va estar cruzando los dedos por el triunfo de Maduro.

Lo mismo estarán haciendo los países del ALBA, en particular Nicaragua, Ecuador y Bolivia, que también se han beneficiado de los subsidios y los precios preferenciales de Chávez. Estos países reciben además inversiones millonarias de Venezuela a través de los llamados negocios ALBA y en los últimos años han casi cuadruplicado sus exportaciones a Venezuela.

Pero si los países del ALBA han cuadruplicado sus exportaciones a Venezuela, a los del Mercosur les ha ido mucho mejor: tanto Brasil, como Argentina y Uruguay han multiplicado por 10 sus exportaciones desde que Chávez asumió el poder en Venezuela –en el caso de Uruguay, un poco más de eso aun–. En contraste, las exportaciones de Venezuela a estos tres países prácticamente no han variado y, en el caso de Argentina, han caído drásticamente.

Las empresas brasileñas reciben además trato preferencial del gobierno de Venezuela. Y en la ola de nacionalizaciones de compañías extranjeras que Chávez llevó a cabo en los últimos años, hizo especial hincapié en no tocar una sola de las empresas brasileñas que operan en Venezuela.

A Argentina, Chávez le sacó las castañas del fuego varias veces y se convirtió en una de las principales fuentes de financiación externa para que el gobierno argentino pudiera afrontar sus obligaciones internacionales después del catastrófico default en que incurrió en 2001. Se estima que en total Chávez compró US$ 5.500 millones en bonos argentinos, según dijo en una ocasión el propio Chávez, “para ayudar a que Argentina se liberara de Drácula”, aludiendo al FMI. Uruguay, además de aumentar casi 12 veces sus exportaciones a Venezuela durante el gobierno de Chávez, también se benefició de un acuerdo petrolero preferencial y ha recibido inversiones y donaciones multimillonarias en dólares a cuenta del caudillo bolivariano.

Regalos y alianzas
De todos estos negocios, acuerdos y dádivas a los países aliados de Chávez, los que más siempre ha resistido la oposición venezolana han sido los destinados al Mercosur, quizá porque eran los amigos del caudillo con mayor prestigio y por tanto le representaban al régimen una suerte de lavada de cara internacional. No es lo mismo ser aliado de Cuba, los regímenes del ALBA, Gadafi, Ahmadinejad y unas pequeñas islas en el Caribe, que tener del lado de uno e integrar un bloque con Brasil, Argentina y Uruguay.

Esta especie de legitimidad que le brindaban a Chávez los países del Mercosur irritaba a la oposición venezolana, que quería ver a Chávez aislado, o acaso apenas integrando algún “eje del mal”.

De manera que, si la oposición accediera al poder, habrá que ver qué pasa con esos acuerdos. De seguro serán revisados; y de las inversiones y donaciones millonarias con que Chávez financiaba su ambicioso proyecto geopolítico, ya nos podríamos ir despidiendo.

Durante la campaña presidencial de octubre pasado en Venezuela, el candidato opositor, Henrique Capriles, denunció los “regalos millonarios de Chávez a otros países”, entre los que mencionó a Uruguay y Argentina. Si este señor gana las elecciones que se deberían realizar en Venezuela, la generosidad bolivariana podría ser desmantelada en poco tiempo.

Por eso se puede decir sin temor a equivocarnos que prácticamente todos los líderes de la región estarán ansiando un triunfo de Maduro en los comicios del mes próximo. Pero aun si se consolidara el chavismo en Venezuela, no está tan claro que Maduro vaya a mantener la petrodiplomacia de Chávez intacta. Maduro no es Chávez, y tendría problemas para justificar tanto despilfarro regional con la economía venezolana sumida en la inflación, el desabastecimiento y el déficit fiscal.

El Papá Noel petrolero ha muerto. Y el gobierno dispuesto a asegurar alianzas y lealtades a base de recursos energéticos podría tener los días contados.
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