Para Federico Alonso fue una experiencia diferente. Abandonar Montevideo, la familia, los afectos e instalarse en la altura de Quito, implicaba un inédito paso, que afrontó con la ilusión de descubrir nuevos horizontes en el fútbol, pero sin despojarse de esos temores propios que vienen atados a la incertidumbre de incursionar en un mercado diferente. Le dijeron que en 24 días iba a estar adaptado a los 2.650 metros, pero recién pasado el mes y medio se empezó a sentir algo más cómodo.
Aprender a vivir ahogado
Le costó adaptarse a la altura de Quito y cuando lo hizo descubrió que no se siente como en el llano