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Nació como Norma Jeane Mortenson, pero todos la conocieron como Marilyn Monroe. El alias lo había tomado de su admiración por la actriz Marilyn Millar, y Monroe era el apellido de soltera de su madre. A pesar de su radiante belleza y su incandescente magnetismo sexual, no fue feliz: se casó tres veces y no tuvo hijos, su gran anhelo.

Las luces de Hollywood demoraron en reparar en esta muchacha pelirroja, no muy alta (1,66) y con tendencia a engordar, de pasado turbio y suelta de boca para la época, que más tarde deslumbraría al mundo, y que marcaría tendencias que aún se mantienen hoy en la moda, el peinado, los perfumes, y las joyas.

Venía de la nada y, al parecer, eso nunca gustó en el zoológico glamoroso de Hollywood. Hija de una madre desgraciada y enferma, y de un padre que no permaneció en el hogar ni siquiera los nueve meses de embarazo, pronto se vio abandonada y comenzó un periplo que la llevó a vivir en más de doce orfanatos, hasta que se casó con un muchacho desconocido para intentar formar un hogar. La relación no prosperó y al poco tiempo se divorció.

Más tarde vendrían dos matrimonios más, también truncados aunque por motivos diferentes. Joe Di Maggio, famoso beisbolista, la quería (estuvo veinte años ocupándose de su tumba después de que ella murió), pero los celos terminaron destruyendo la relación. Arthur Miller, el conocido dramaturgo estadounidense, el hombre de brillante intelecto, no supo lidiar con la chica de pueblo que siempre fue y terminó avergonzado por las maneras de su esposa, priorizando su círculo social.

No fueron los únicos hombres que tuvo. Repasando su vida es evidente que la mayoría la vio como un trofeo, y que después de tenerla la dejaban a un lado. Así entre sus amantes esporádicos hay nombres famosos como el actor francés Yves Montand, el cantante Frank Sinatra, el actor Marlon Brando, y por supuesto, los dos hermanos Kennedy, Robert y John.

Antes de ser rubia y famosa, era pelirroja y estudiaba literatura. La afición a los libros le duró toda la vida y marca una vez más su carácter indómito, que la hacía rebelarse una y otra vez contra un destino que en su caso parecía lastimarla y estigmatizarla día tras día. Todos se encargaron, además, de recordarle esos comienzos, en negarle el título de dama. La querían posando en Playboy y no en las fiestas del jet set norteamericano.

Ella sin embargo leía y leía, tanto que después de su muerte se subastó su biblioteca, que constaba en ese momento de más de 400 títulos. Sus escritores preferidos eran James Joyce, Walt Whitman, Saul Bellow y Truman Capote, de quien fuera gran amiga.

Escribía además largos y penosos poemas trágicos en un intento de escapar de si misma y de esa estigmatización de chica buena para nada y cabeza de chorlito, que todos le habían endosado y que ella llevaba grabada a fuego desde su infancia.

Su debut en el cine fue sin pena ni gloria, y ni siquiera figuró en los créditos de ese primer intento llamado The Shocking Miss Piligrim (1947) de George Seaton. Un año antes había tomado clases de interpretación y se había teñido de rubio platino, color que elevaría ala categoría clásico y que aún hoy las mujeres piden como “Rubio Marilyn”.

Fue despedida rápidamente de la Fox y casi enseguida de la Universal, productoras que no detectaron a la estrella que se escondía en su interior. Marilyn recurrió entonces a otras tácticas para hacerse un lugar. Posó desnuda para un calendario y mágicamente comenzaron a ofrecerle papeles y logró trabajar en 1950 con dos grandes directores como John Huston (La jungla de asfalto) y con Joseph Mankiewicz (Eva al desnudo). En 1952 filmó con Fritz Lang (Encuentros en la noche) y más tarde con Howard Hawks (Los caballeros las prefieren rubias, y Me siento rejuvenecer).

Pero fue con Billy Wilder (¿con quién más?) con quien tuvo su mayor y más duradero éxito. En Una Eva y dos Adanes, Marilyn construyó un personaje entrañable y mostró sus dotes como actriz de comedia junto a Tony Curtis y Jack Lemmon.

En esta extraordinaria película Marilyn destaca por donde se la mire. Bellísima, despampanante con algún kilo de más, el éxito fue inmediato y arrollador. La escena del tren, toda ella memorable, muestra a una Marilyn en camisón que sube a su litera a un Jack Lemmon disfrazado de mujer, y lo enloquece con su femineidad. La cámara de Wilder hace maravillas en un espacio diminuto y el resultado es de un erotismo insólito para la época.

El reconocimiento a este gran trabajo vino en forma de Globo de Oro, y una lista de ofrecimientos para hacer más películas. Pero Marilyn ya había comenzado su declive, aferrada al alcohol, la terapia psiquiátrica y las pastillas. Varias veces internada, se convirtió rápidamente en una pesadilla para los directores de Hollywood, que no podían lidiar con ella.

En esos años finales llegaba siempre tarde a los sets, a veces en condiciones deplorables, y no se podía hablar con ella. Comenzó también una etapa tristísima de coqueteos con la familia Kennedy que no le reportaría ningún beneficio. El recordado “Happy Birthday Mr. President” que le cantó medio borracha, con un vestido transparente y sin ropa interior, al presidente de Estados Unidos ya pasó a la historia como una de las anécdotas más atrevidas de la diva.

El 5 de agosto de 1962 apareció muerta en su casa de Los Ángeles a causa de una sobredosis de sedantes, aunque muchas versiones contrarias a este suicidio han aparecido a lo largo de los años.

Se dijo que la mandaron matar los Kennedy porque sabía cosas, que fue la mafia cumpliendo órdenes, y varias teorías más, a cual más rebuscada. Nunca se sabrá. Marilyn Monroe tenía solamente 36 años cuando murió, pero como James Dean, ya es un mito del cine, de Hollywood, y del siglo veinte.


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