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Celosa, egoísta e iracunda. Una hermana de esas para andarse con cuidado. Y para colmo, hermana mayor. Más grande, más fuerte, mejor vinculada. Es el país que tenemos más cerca, con el que convivimos, el que padece nuestras mismas enfermedades, el que goza de los mismos vientos a favor. Pero es, a la vez, el que más nos complica la existencia.

Uruguay y Argentina están atados por lazos genéticos. Desde el punto de vista geográfico, nuestro país parece una pequeña extensión de su hermana mayor. Uruguay no nació con la variedad de recursos de Argentina, con sus múltiples capacidades; pero desde su infancia destacó en la ganadería y eso le auguró un próspero porvenir. Las actividades primarias se convirtieron en sus principales intereses. Pero ambos abrazaron culturas diferentes. Uruguay fue criado a la española, mientras que Argentina recibió un importante contingente de italianos en el Siglo XX que forjó el actual carácter de su población. Uruguay se convirtió en un país mesurado en lo político, tímido, de perfil bajo, a diferencia de Argentina: emocional e impulsiva, altiva y ostentosa.

En los últimos años, se convirtieron en jóvenes promesas. Los precios de los productos de exportación alcanzaron máximos históricos y la bonanza se hizo sentir a uno y otro lado del charco. Pero la forma de administrarla fue muy diferente. Argentina consolidó un modelo cortoplacista que le permitió capitalizar al máximo los ingresos de la fase mayor del ciclo económico, pero no aseguró su sustentabilidad. Uruguay prefirió, en cambio, no abusar de la ventaja. Punto para el hermano menor, según los inversores, que vieron con buenos ojos la manera de hacer política a nivel local y eligieron colocarse de este lado del río. Argentina se enfureció y en un berrinche de celos intentó convencer a los inversores de que replanteen sus proyectos. Botnia dijo “no” y Argentina mostró los dientes.

Una vez que la bonanza parece llegar a su fin, Argentina adopta la política del sálvese quien pueda. Intenta blindar sus mercados –tanto de bienes, de servicios, como de capitales– y expulsa por igual a los competidores chinos como a los uruguayos, a pesar de que estos últimos no tienen la misma significación económica. De forma directa o indicrecta, desestimula el turismo en Uruguay, ya sea avalando un corte de puentes o restringiendo la compra de divisas. Es capaz de aliarse con el diablo con tal de evitar que los argentinos, recelosos de sus propias políticas, resguarden su dinero en el sistema local, a pesar de que nuestro país no es más que la caja chica de su hermana mayor.

Además es iracunda. Algo de razón tiene el presidente Mujica en temer las consecuencias de ir al choque directo. Ya lo dijo Vázquez, hay que estar preparados para todo. Es una hermana difícil de tratar. La familia no se elige, en este caso se padece.

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