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Emprender determinadas expresiones artísticas no es cosa fácil. Para disfrutar de la performance en general, y de la performance de larga duración en particular, es posible que el gusto deba ser adiestrado. Es necesario desarrollar una sensibilidad que, como sucede con algunos alimentos, se termina adquiriendo.

Marina Abramovic, la autoproclamada “abuela del arte performático”, lleva explorando desde hace más de 30 años una forma de creación marcada por la falta de miedo a la hora de usar su propio cuerpo como lienzo y espacio de experimentación. En su larga y extraordinaria trayectoria ha presentado varias obras donde ha puesto en peligro su propia integridad física.

Un botón de muestra: en SevenEasyPieces, una performance realizada en 2005, la artista se tumbaba en una estructura con varias velas debajo, exponiéndose al calor de las llamas durante varias horas.

Su reconocimiento ya era mundial hace décadas, pero no ha sido hasta 2010 cuando ha trascendido el ámbito de los entendidos en la materia.

En aquél año, Abramovic presentó en el Museo de Arte Moderno de New York (MoMA) TheArtistIsPresent, una retrospectiva de su trabajo, donde la obra principal consistió en ella misma sentada en una silla, frente a la cual, y con una mesa por medio, podía sentarse quien quisiera y quedarse quieto mirándola a los ojos.

La performance duró tres meses, y ella estuvo en esa posición durante 735 horas, todo el tiempo que el museo permaneció abierto durante aquél período.

Aquella experiencia transformó a miles de personas, pero quizás la más tocada fue la misma artista.

“Después de estar sentada en aquella silla no volví a ser la misma. Por primera vez entendí la enorme necesidad que tiene el público de formar parte de la experiencia total”, y añadió que “esa visión fue tan intensa que me di cuenta de que tenía que hacer algo y que no había tiempo que perder”.

No todo está hecho

Ese algo se llama Marina Abramovic Institute (MAI), y según la artista, será algo que no se parecerá a nada que haya existido hasta la fecha: “estará dedicado a la presentación y preservación del trabajo de larga duración, incluyendo arte, danza, performance, ópera y otras formas que puedan desarrollarse en el futuro.

El MAI fomentará colaboraciones entre tecnología y espiritualidad, haciendo dialogar estos dos campos en el ámbito del trabajo de larga duración.

Además, en este espacio “se realizarán talleres, residencias e investigaciones”.

El instituto quiere expandir las mentes de los visitantes de una forma duradera, dándoles las herramientas necesarias para entender un tipo de expresión que no es fácilmente accesible. “El público nunca ha aprendido como ver arte performático. Nunca ha aprendido como ver algo que es de larga duración. No saben qué hacer con su respiración, su mente o su tiempo. No saben cómo ver algo donde nada sucede, donde nada se mueve”, dijo Abramovic.

Pero lo radicalmente innovador no son los objetivos, sino la experiencia que se plantea.

Cuando se entre al MAI, explicó Abramovic, se deberá firmar un contrato mediante el cual uno se compromete a pasar por lo menos seis horas en el lugar.

De este modo, busca enseñar perseverancia y asegurarse de que el visitante se aislará del mundo exterior. “Será algo parecido a un laboratorio”, dijo, y tanto es así que quienes recorran el centro deberán hacerlo vistiendo una bata blanca, como la que usan los científicos.

Algunas de las actividades obligatorias serán hacer una caminata a cámara lenta, estar en una sala vacía mirando sostenidamente a los ojos a un desconocido, sentarse con los ojos cerrados en una sala llena de cristales energéticos. Tumbarse en una sala donde se emula la sensación de gravedad cero. O recostarse en una silla de ruedas especial desde donde se verá cualquier tipo de obra: conciertos, ópera, performance, cine o danza, entre otro.

Esta experiencia transformadora, sin embargo, no es todavía una realidad.

La gran dama del arte performático lanzó recientemente una campaña en la plataforma de crowdfunding (una forma de financiación colectiva) Kickstarter para llamar a sus seguidores a colaborar económicamente con el proyecto.

El monto que la artista espera recaudar asciende a US$ 600.000, una cifra relativamente baja.

Para renovar completamente el teatro municipal de Hudson, una localidad situada a dos horas de la ciudad de New York, deben invertirse US$ 20 millones, de los cuales uno y medio saldrán del bolsillo de Abramovic.

Hasta la fecha se ha conseguido juntar más de un tercio del dinero necesario.

Quienes quieran ayudar a hacer este sueño realidad, y llevar la experiencia de la museografía a otro nivel, tienen tiempo hasta el 25 de agosto

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