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No pongo las manos en el fuego por nadie", respondió Cristina Kirchner en una de las entrevistas periodísticas en la que le preguntaron sobre el nivel de confianza que le inspiraba Julio de Vido, quien durante 12 años fue "superministro" del kirchnerismo y casi un emblema de ese gobierno.

Y la especulación en el ámbito político y judicial fue inevitable: se interpretó que la expresidenta había decidido soltar la mano de su exfuncionario en aras de mejorar sus chances electorales o de proteger su propia situación personal ante la Justicia.

Lo cierto es que, desde ese mismo momento, la prisión de Julio de Vido empezó a ser vista como una posibilidad cierta.

Soñada por algunos como la utopía casi inalcanzable, esperada con ansiedad y festejada ruidosamente por otros que durante una década acumularon un deseo de revancha; temida por otros que se preguntan sobre el potencial de daño si De Vido se decide a hablar. Lo cierto es que lo que parecía imposible se hizo realidad.

Para ello, fue necesario que en las elecciones legislativas se confirmara el apoyo popular que fortaleció al macrismo y debilitó al kirchnerismo. En los juzgados de Comodoro Py, ya antes de la votación, se tomó nota del cambio de contexto político y se produjo el pedido de detención.

Y, en ese nuevo marco, los diputados peronistas y de izquierda que en julio habían negado su voto para el desafuero por motivos morales, ahora tuvieron la argumentación judicial a medida para despegarse de una "figura tóxica".

Hasta el propio bloque kirchnerista buscó una salida al estilo Poncio Pilatos: no bajó al recinto de la cámara. Con lo cual evitó exponerse en dos sentidos: formalmente no "sacrificó" a De Vido, pero tampoco quedó en la situación de tener que argumentar en su defensa y levantar la mano para salvar al exministro.

Lo que vino después fue un espectáculo mediático al que los argentinos ya están acostumbrados. Gente esperando frente al domicilio del exministro con el cántico "No vuelven más", un gran despliegue de gendarmería para su traslado y redes sociales que explotaron en festejos y chicanas políticas.

El momento fue interpretado como una reivindicación de Elisa Carrió, por su prédica de años contra la corrupción kirchnerista.

Y la diputada se encargó de recordar que su primera denuncia contra el exministro data de 2004, cuando pocos se animaban a ventilar sospechas contra el nuevo gobierno.

"Para mi termina una lucha de largos años. Tocar a De Vido es tocar el centro del sistema corrupto del gobierno K, sindical, y empresarial", escribió la diputada en su cuenta de Twitter. De Vido no logró evitar la defenestración mediática.

Su detención fue el tema del día y tiene garantizado un lugar en las tapas de los diarios durante mucho tiempo. No es para menos, por lo que significa De Vido tanto en términos reales como simbólicos.

Ese será, sin dudas, el gran tema de las próximas semanas: qué sigue a la prisión del exministro.

Con frases ambiguas, el exfuncionario dejó entrever, al ser presionado, que tiene información como para poner nerviosa a mucha gente, tanto del lado estatal del mostrador como del de la empresa privada.

El potencial de "daño" de De Vido es proporcional a la amplitud de temas que manejó durante su gestión. Mientras los presos célebres del kirchnerismo están ligados a él de alguna forma, lo que ocurre con De Vido es seguido de cerca por los inversores externos.

Es que la posibilidad de un "mani pulite" en Argentina abriría una etapa de incertidumbre con la que muchos empresarios no están dispuestos a lidiar.

Cristina negó haber encubierto a iraníes

La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner rechazó ante la Justicia haber encubierto a iraníes acusados por su país del atentado al centro judío AMIA que causó 85 muertos en 1994, un señalamiento que calificó de "gran disparate jurídico".

La exmandataria y senadora electa presentó un escrito de 17 páginas al juez Claudio Bonadío, en una causa abierta a raíz de una denuncia del difunfo fiscal Alberto Nisman.
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