Era una carta muy corta y –una vez que Guille obtuvo nueva información sobre el destinatario– la hizo aún más concisa. Es algo que está muy bien, porque la brevedad es una de las máximas virtudes de cualquier texto.
Yo creo, sin embargo, que la virtud esencial de las cartas es lo bien que se prestan para mentir. Es muy fácil enmascarar la verdad cuando no hay que defender el discurso con un gesto ni sostener la mirada del engañado.
Por eso es tan común que cuenten historias ficticias o que maquillen la realidad hasta hacerla irreconocible. "Queridos lectores: les envío mis mejores deseos para este año que comienza". Ya es mentira. Mis hipotéticos lectores –ustedes– son una abstracción. Su bienestar es una suma imposible de combinaciones. Sería una extravagancia desear esa compleja sumatoria.
La mejor de las razones para mentir en una carta es guardar el dolor para uno mismo. "Este lugar es muy tranquilo, la gente es muy amable y mi habitación tiene una vista espléndida", escribe un preso a su madre, y la buena mujer deja caer una lágrima de felicidad por el bienestar de su hijo, allá en la distancia. Ella, que lo extraña tanto.
A veces la correspondencia es un ida y vuelta de mentiras en las que ninguno de los dos escritores cree, pero creen que el otro cree. Un juego retórico triste y hermoso.
La otra gran virtud que tienen la cartas, como género literario, es la intimidad. El escritor debe imaginar a sus lectores y no puede, claro. Suele inventar un lector ideal y escribe para él, pero el método muchas veces falla y el escritor termina escribiendo para él mismo y la literatura es un soliloquio en el que el universo es la mente del que escribe.
En cambio las cartas se dirigen a una persona muy real y distinta del autor, y juegan con los sobreentendidos que se han edificado a través de los años, de las décadas.
Por eso es que a veces hasta la mentira es un sobreentendido. Yo acabo de mandarle una carta a un amigo muy antiguo, en la que le conté con lujo de detalles lo bien que lo estoy pasando en este paisaje paradisíaco de la costa atlántica. La calidad del aire, la placidez de las tardes de estío.
Para ese único lector es evidente que la realidad, tal cual la percibo, se acerca a la desesperación. Y entonces su respuesta, que todavía no llegó, será de alegría por mí, de sana envidia desde su Montevideo agobiante. Yo entenderé, a mi vez, que él está de fiesta, y me alegraré en silencio.
La segunda persona, además, es la más intensa de las tres. El ejemplo de su uso más glorioso que conozco es la de ese pasaje de El Aleph, de Borges, en la que el narrador en primera persona cuenta lo que vio cuando accedió al Aleph, ese punto en el que convergen todos los puntos del universo, en todos los tiempos, de forma simultánea y sin superponerse.
"Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América (...), vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales (...), vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré...".
Ese "vi tu cara" pone al lector en el centro de la maravilla, de forma tan sorpresiva que le parece que también él accedió al Aleph.
Si yo hiciera un esfuerzo para escribirles una carta sincera a ustedes, amables lectores que llegaron a esta línea, les pediría que me tuvieran paciencia. Ya vendrán columnas mejores. l