El público acompaña con palmas y ovaciones el famoso “paso del pato” que un sonriente Chuck Berry improvisa delante de sus músicos, al borde del escenario del Teatro de Verano. El hombre, uno de los padres del rock y entero físicamente –al menos para sus 86 años–, pide “que suban las chicas” a bailar, pero quien aparece desde el costado del escenario es un señor de pelo largo hacia atrás, falto de pelo adelante y traje brilloso. Le pone la mano en la espalda y lo palmea como a un caballo cansado. Alguien dice “one more” (una más) y el músico vuelve a pasearse por el escenario. Ahora se ve además a una señora con una especie de abrigo colgado de la mano hacer su irrupción en medio de la banda de músicos de gesto serio y aburrido. El ¿mánager? de Berry lo persigue por el escenario y la señora (uno pensaría que era una de las chicas que Berry quería bailando) persigue al mánager, en una escena digna de una película con Peter Sellers. Finalmente, encarrilan al músico hacia el camerino. La banda, que ya no sabe qué tocar, termina con una breve presentación espoleada por Chuck Berry Junior, hijo y guitarrista de la leyenda, que tras presentar –ya sin música– al resto de sus compañeros, grita cuatro o tres veces el nombre de su padre como si fuera un boxeador y se retira.
Chuck Berry: desarmado y aplaudido rock de despedida
Ante un público agradecido, el legendario rockero dejó un show sin dramatismo pero con pifias y desidia a su alrededor