Cinco cadáveres y Fuenteovejuna
¿A quién responsabilizamos por los casos de inseguridad privada?
Cuando la Policía se enfrenta a un cuerpo que fue asesinado con saña, la primera hipótesis que maneja es que el victimario pudo ser alguien de su cerco más íntimo, en general un familiar, alguien que tuvo alguna relación afectiva con la víctima. Parece ser la misma lógica que hace que las guerras civiles sean las más cruentas. Cuanto más cercana la persona que tenemos enfrente, más saña hay a la hora de descargar la ira.
Los femicidios –cinco en lo que va del año- reúnen dos de los componentes que conforman la inseguridad: delito y violencia.
Cuando el fenómeno de la inseguridad se analiza desde la perspectiva de que lo que ha empeorado las cosas es la violencia y no tanto el delito, surgen voces que atribuyen a esa mirada un intento por restarle responsabilidad al gobierno de turno. Porque se puede culpar al gobierno por no prevenir ni perseguir adecuadamente el delito, pero es más difícil atribuirle responsabilidades en los niveles de violencia que anidan en la sociedad, algunos de los cuales no terminan por conformar una conducta delictiva (el 60% de los niños sufre algún tipo de violencia, dicen datos oficiales).
La violencia de género rompe moldes.