Colores en el río Negro
San Gregorio de Polanco, la ciudad museo, recibió a artistas para restaurar y renovar sus famosos murales
"Hoy me levanté a ver dónde había amanecido y me encantó el ambiente natural y la gente. Acá todo es poesía", dijo el escultor Wifredo Díaz Valdéz, cuyo nombre encabezaba el afiche del Primer Encuentro Internacional de Artistas Plásticos San Gregorio de Polanco, que se llevó a cabo los días 10 y 11 de octubre.
Díaz tiene 80 años y una gran trayectoria en esculpir la madera, pero no llegó al encuentro a hacer ni a restaurar obras, sino a disfrutar en compañía de sus colegas y dar una charla sobre su vida en el arte, ya que fue elegido como abanderado de la movida, aunque no sepa bien por qué.
"Se debería homenajear a Clever Lara, que vino en el 93 con los alumnos de su taller a tomar por asalto el pueblo", dijo el artista en referencia a la primera avanzada del arte sobre San Gregorio de Polanco, hace 22 años, cuando se intervino el tanque de OSE y se hicieron varios murales en la fachadas de las casas del pueblo.
Luego fueron llegando sucesivas oleadas de artistas y empezaron a darle forma a lo que hoy se conoce como ciudad museo. Decenas de fachadas forman parte de una galería a cielo abierto que le da un carácter muy peculiar a este pueblo en
Tacuarembó.
Este año se decidió darle un impulso a la ciudad museo, con el encuentro de pintores y escultores en el fin de semana del Día del Patrimonio. La iniciativa surgió del grupo local ExpresArte, con el liderazgo de los artistas locales Liliana Tarigo y Carlos Larregui, y el apoyo infatigable de la artista plástica Sully Lara.
Toda la movida estuvo inspirada, literalmente, en el concepto de "amor al arte". Las pinturas fueron proporcionadas por Infantozzi, en tanto que los pasajes fueron cortesía de Turismar y el hospedaje corrió por parte de la Intendencia de Tacuarembó.
En una de las transversales, con gran paciencia, bajo la lluvia, trabajaba Fernando Fraga, un artista de Colonia del Sacramento que tiene su atelier en una de las zonas urbanas más viejas del Uruguay. Estaba cumpliendo un deseo de la dueña de casa, que falleció hace cinco meses. Quería que su casa fuera una de las elegidas por los pintores, quería no solo color sino una obra personal plasmada en su fachada.
La buena mujer no pudo ver cumplido su deseo, pero ahí está figurado un paisaje de puerto, con barco marinos, taberna y las Olivas, que le dan el título a la obra, que tiene la paleta baja de la Escuela del Sur, pero un gran despliegue de vida, sobre un fondo azul marino.
"Me gusta que la gente no solo mire sino que meta un pincelazo", dijo Augusto Esolk, quien vive en Montevideo desde hace 40 años pero que es de San Gregorio. Esolk trabajaba con una paleta alta y con un dibujo plano, "respetando el muro".
Gustavo Alamón era otro de los veteranos del encuentro. El pintor, oriundo de Tacuarembó, llegó para restaurar un mural de unos 12 metros de largo por dos y medio de ancho y también para dar su versión de la vieja escuela sobre el arte y el peligro de la vanidad.
Alamón mantiene el entusiasmo de la primera hora sobre su actividad como artista, pero también sobre la función del arte en la historia. A los artistas que iban a saludar y a admirar su mural, Alamón los recibía con una cátedra de historia del arte y de ética: "El artista no puede buscar el reconocimiento. Eso es algo que se da con el tiempo, mucho después de la vida del artista", afirmaba.
Juan Manuel Méndez fue un caso especial en la movida del fin de semana. Méndez nació y vivió toda su vida en San Gregorio, junto a sus trece hermanos. Fue pescador desde que tuvo uso de razón, hasta que hubo que reconvertirse porque la pesca ya no daba para subsistir.
Fue así que empezó a hacer artesanías en madera y en piedra, las cuales probaron tener un gran éxito con los turistas. A los 20 años de edad comenzó con las esculturas, pero ya se había construido una casa propia de madera para tener independencia. Su contribución a la movida del Patrimonio fue un tótem de madera, a la orilla del río, junto a su casa, también construida por él.
Sergio Olivera estuvo durante diez días construyendo la escultura de hierro Nación charrúa, un homenaje a la etnia que define el imaginario de la nación uruguaya. La diseñó especialmente para ser emplazada donde está, a orillas del río Negro, en un lugar que se presta para ceremonias rituales, que el artista espera que se produzcan, entre los descendientes.
"Es un homenaje a la libertad espiritual que tenían los charrúas", dijo Olivera, quien cree que el lugar es especial, porque era un lugar muy frecuentado por esas tribus nómades.
Carlos Larregui trabajó en un mural-escultura con cerámica, hierro y
pintura, en tanto que el consagrado Octavio Podestá, de 86 años, preparó una escultura monumental de nueve metros de altura junto a Marcelo Gayvoronsky, de 40 años, un metalúrgico autodidacta.
Alejandro Arín (Ákite) hizo un retrato titulado Humano mamífero en un estilo que el pintor autodidacta definió como "síntesis geométrica". Eduardo de Lima realizó su mural en lo que fue un lugar de ritos esotéricos y también un boliche.
Los artistas se reunieron y lo pasaron en grande y, al irse, dejaron una ciudad embellecida. Los lugareños lo celebran.