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Billy Wilder dejó además de una decena de películas memorables varias frases para el recuerdo. “Si hay algo que odie más que el que no me tomen en serio es que me tomen demasiado en serio”, dice una de ellas, que trasluce esa especie de ligereza bien cimentada que hacía tan efectiva a sus comedias. Con el estreno de Vino para robar, de Ariel Winograd, es agradable ver cómo el cine comercial argentino intenta seguir este consejo, aunque mal no sea haciendo uso de viejas recetas de Hollywood.

En Vino para robar Winograd, de 36 años, continúa su camino cinematográfico en clave de comedia. Después de Cara de queso, mi primer ghetto (2006) y Mi primera boda (2011) –los tres filmes protagonizados por el uruguayo Daniel Hendler–, el director se desmarca de su irregular película anterior con una cinta cuyo mayor acierto acaso sea la sinceridad desde la que está construida. Se trata de un filme que sabe reírse de sí mismo, y que al mismo tiempo recurre a un argumento inexplorado por el cine argentino (pareja de estafadores en clave de comedia), desde una firme base técnica y actoral, y con un guión que a pesar de estar construido en base de convenciones de género, sabe apropiarse de estas en un contexto bien argentino. El resultado es que la cinta no solo no aburre sino que mantiene la sonrisa del espectador desde el principio hasta el final del metraje.

La película cuenta la historia de Sebastián, un ladrón de guante blanco que debe trabajar junto con Natalia (Valeria Bertucelli), una estafadora, para robar una valiosa botella de Malbec guardada en un banco de Mendoza, por orden del malvado personaje interpretado por Juan Leyrado. Los protagonistas oscilan entre la atracción, la competencia, la mentira, la desconfianza y la colaboración, formando una pareja pícara que recuerda a las comedias de enredos de Hollywood, a Cómo robar un millón de dólares con Audrey Hepburn y Peter O´Toole, y tantos otros filmes de los que se nutre y a los cuales homenajea, como Bonnie & Clyde, Intriga internacional, Rififi y El caso Thomas Crown.

No obstante, la cinta es en gran parte deudora de Los simuladores. De hecho, el detective que encarna Pablo Rago se llama Mario Santos, en honor a uno de los personajes de la serie televisiva de Damián Szifrón, director al que Winograd ha calificado como el “Spielberg argentino”.

Bertuccelli se luce jugando a ser una especie de Audrey Hepburn, con menos glamour pero con ese toque neurótico aporteñado que la actriz explota con gracia como ninguna otra. Hendler cumple en su rol, en el que explora una faceta más moderada y segura de sí misma que en sus papeles habituales. La química entre ellos es buena, aunque a Hendler no le hubiera venido mal una pizca más del chanta simpático, al estilo George Clooney, que permitiera que la relación entre ambos fuera más juguetona.

El filme también se nutre de un muy buen elenco. Son desopilantes algunas escenas, como la de un banquero que exorciza su culpa materialista haciéndose seguidor de Ravi Sankar (Alan Sabbagh, un habitual de Winograd), Leyrado bailando en la bodega con el bastón, o las de otro de los actores fetiche del director, Martín Piyoransky, quien se roba la película en su papel de socio geek de Hendler.

El filme, además, está apoyado en una muy buena factura técnica, con fotografía de Ricardo De Angelis (Un lugar en el mundo), que hace un inteligente uso de la belleza del paisaje y las locaciones de Mendoza, y la buena banda sonora de Darío Eskenazi y Lucio Godoy.

Acaso lo que sí pueda objetársele al filme es su constante preocupación por ponerse en contacto con las películas en las que se inspira, algo que queda claro en los planos, los personajes, los diálogos o incluso en referencias demasiado evidentes, como la remera que usa Bertucelli de North by Northwest (Intriga internacional). Llega un punto en que el juego parece agotarse y Winograd no lo abandona a tiempo. Pero de todos modos, Vino para robar es una película recomendable, que no se toma demasiado en serio pero que sirve como buena referencia para empezar a tomar en serio a su director.

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