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Cuando lo sacaron a Forlán y pensé que en el fútbol había lógica

La evolución hacia el "Uruguay triunfante" desde la perpsectiva de los recuerdos de una no futbolera

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26 de junio de 2018 a las 05:00

Era el año 2010 y para sorpresa (mía, al menos) fue la primera vez que sentí la emoción de un mundial en modo "Uruguay triunfante". Es cierto que tengo una pobre o nula cultura de fútbol. Es cierto que cuando hay partido, de Uruguay, de Peñarol, de Torque o de San Gennaro, es para mí la mejor excusa para esconderme a leer en mi cuarto sin que nadie reproche mi aislamiento voluntario, mientras el resto de la familia disfruta en algún estadio o frente a la tele.

Pero ese año y a pesar de mi ignorancia sobre las reglas de juego (siga leyendo...ahora viene lo peor) y de mi absoluta -aparente- falta de pasión por un deporte que es tan nacional como el mate (que tampoco me gusta y no por eso me siento menos uruguaya), sentí una emoción de esas que te cierran la garganta y te hacen apretar las ojos para no largar el lagrimón, ¡faltaba más!, cuando vi el avance de Uruguay en Sudáfrica reflejado en los ojos esperanzados de mis hijos, Antonia y Vicente, que entonces tenían 10 y 7 años. Vibraban al compás del potencial triunfo tanto como cualquier futbolero de ley; ya se sabe que el triunfo, ese sentimiento único de GANAR, es más adictivo que las más adictiva de las drogas, y hasta un niño de pocos años siente esa adrenalina sobre todo si nació en un país de tres millones de habitantes donde GANAR siempre es una epopeya. No hay ironía en esta afirmación: lo es.

Cuestión que en ese invierno de 2010 me enfrenté a un clima mundialista que desbordaba mis escasos conocimientos sobre fútbol, hasta el punto de que los dos únicos nombres que reconocía eran Forlán y el Ruso. Uno porque metía goles a lo loco y el otro porque me parecía un portento. Punto. Y el de Tabárez, porque aunque de apariencia rebelde siempre termino respetando a la autoridad.

En esos días intentaba acomodarme a esa realidad ansiosa que todo el mundo vivía, sin demasiado éxito. A fin de cuentas yo venía de una familia con un gran futbolero, mi padre....y nadie más. Los Novarese en realidad eran los Pregliasco (la familia de mi madre), un grupo matriarcal dominado por mujeres en el que lo que decía mi bisabuela, mi abuela y mi madre era lo que se hacía, sin mucha discusión, aunque los hombres creyeran que lo que se hacía era lo que ellos decían. Una familia en la que solo me quedaron grabadas dos referencias al fútbol. La primera fue el gol de Aguirre en Chile por el que Peñarol ganó la Libertadores a último momento; mi padre venía enojado y gritaba y mi madre, mientras planchaba (la recuerdo vívidamente) decía: "Ahora hay que bancarlo a este de mal humor; ¡con lo que ganan estos chiquilines podrían meter un gol!). Todo eso yo lo escuchaba tirada boca abajo en el sillón, porque en aquel casi verano de Piriápolis me había pasado de horno solar mientras estudiaba en la playa para los exámenes de quinto o sexto: no podía doblar las rodillas de tan ardida que estaba. Lo pienso y aún me duele. Mis hermanas me habían colocado compresas de tomate y pepino, que no recuerdo que haya servido para nada, como tampoco sirvió para nada cuando finalmente ganó Peñarol y mi padre grito "¡Todos a festejar!" y salí medio desnuda a montarme en su auto para salir a gritar en la despoblada rambla.

¿Dije que tenía dos recuerdos? El otro es muy anterior, tanto que no se si realmente lo recuerdo o me lo contaron; a los tres o cuatro años me caí o me pegué y mi padre, con esa psicología de tiempos en los que lo políticamente correcto no era un tema, dijo raudo: "Los de Peñarol no lloran mija". Y yo no lloré. Y así me hice de Peñarol. Faltó contar que en mi casa éramos tres hermanas y que, luego de intentar enseñarnos a pescar y a cazar, mi padre se dio por vencido y optó por conminarnos a que fuéramos sí o sí hinchas de Peñarol, ante la mirada indiferente de mi madre de Nacional.

Lo que no recuerdo ahora es cómo llegué de la Libertadores de mi adolescencia al Mundial de 2010, pero volvamos... Eran vacaciones de julio y ese día volvíamos de Colonia. Debo confesar que yo no era optimista. Casi nunca lo soy en materia de selección uruguaya y no es de mala onda, sino más bien por pura cábala. En el fondo de mi alma creo que si les meto mucha esperanza los seco.

Comenzó el juego y me fui al jardín con el pretexto de sacar yuyos del pasto, lo cual era poco creíble porque seguramente hacía frío y porque lo de jardinera nunca me salió bien. Todos dijeron que estaba loca, que me perdía un momento histórico, que no tenía corazón (celeste) ni sentimientos. Estaba nerviosa, no tanto por la selección sino más bien porque temía ver los ojitos de decepción de Vicente, que venía remontando unos años horribles en los que Peñarol no pegaba una y la mayoría de sus compañeros de colegio, de Nacional, le tomaban el pelo. Estoico intentaba bancar...

Sentía los alaridos, las risas, los lamentos de decepción, el "Vamoooo Uruguay", y cada tanto me asomaba a ver unos pocos minutos del partido. Hasta que era claro que eso se iba a alargue. Y lo de la cábala se fue al diablo y entré intentando pasar desapercibida. No recuerdo qué pasaba pero Tabárez sacó a Forlán y todos protestaban, empezando por Vicente. Yo siempre le tuve respeto a la lógica pura y dura y no dude en afirmar: "no sean burros. El Maestro sabe que nos vamos a alargue y lo saca para que descanse y luego pueda entrar fresco". Hubo un momento de silencio... y arrancaron las carcajadas y tomaduras de pelo, hasta de Antonia, que tampoco es la gran futbolera ¡eh!. Fue la primera vez que supe que, a diferencia de otros deportes mucho más lógicos y razonables -a los que sí había jugado- no se podía volver a poner a un jugador.

La "bestialidad" de la que me acusaron no me dio la más mínima vergüenza y hasta el día de hoy creo que en el fútbol debería reverse esa regla sin sentido. No se por qué el resto del mundo no opina como yo.

El Mundial de 2010 me dejó de recuerdo esa digresión pero sobre todo la felicidad más pura de mis hijos que desde entonces piensan que Uruguay siempre tiene chances de ganar una Copa del Mundo, algo que yo en mis nosecuantosaños nunca había podido albergar ni siquiera como el más loco de los sueños.

Hoy celebro ese sentimiento. Este año tampoco miraré con atención los partidos, por cábala y porque me ponen muy nerviosa. Pero en el fondo, muy en el fondo, soy tan celeste como el más celeste. Y si a los jugadores les dieran la chance de descansar un rato, ¡no habría quien pudiera contra Uruguay!

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