Se ha dicho que navegar por internet –por algo se dice “navegar” y no “bucear” o “zambullirse”– es como tirar una red de pesca sobre la superficie del océano: se puede atrapar mucho pescado, pero no se alcanza a la riqueza de especies que viven en las profundidades. Alrededor del 80% de la información queda depositada en lo que imaginariamente sería el fondo del mar. Al explorar internet se navega en la superficie y para acceder al fondo es necesario bucear en la deep web.
Algunas personas u organizaciones están activamente interesadas en resguardar su anonimato contra viento y marea, por diversas razones que abarcan el espectro de la ética humana. Para evitar ser rastreados, se insertan en la web profunda, donde la información viaja encriptada y antes de llegar a destino pasa por múltiples servidores para despistar a quien desee investigar y rastrear a los autores. Es decir que si la persona A manda un mensaje a B, ese mensaje va encriptado y pasa por diferentes bases antes de llegar. Y la respuesta de B regresa por otra ruta diferente a la de ida, lo que hace imposible el rastreo de la información.
No todo el contenido de la web profunda es ilegal, desagradable o tabú, de hecho solo lo es en un pequeño porcentaje. Millones de bases de datos con información almacenada por gobiernos, organizaciones y empresas descansan en internet y no se listan en los resultados de los buscadores. Esto no significa que no puedan ser encontradas, tan solo que quien quiera ubicar esta información deberá recurrir a otro tipo de herramientas para lograrlo.
Ese pequeño porcentaje de información ilegal, sin embargo, es suficiente para generar alarma: en la web profunda hay sitios web en los que se compra droga, se vende y consume pornografía infantil, se ofrecen sicarios, se reúnen phishers, spammers y agentes botnet en busca de víctimas, se venden o compran armas en forma ilegal. Y un largo etcétera.
Para descender a esta zona espinosa es necesario ser precavido, estar preparado emocionalmente y descargar un navegador especial llamado TOR. Este permite acceder al gigantesco mundo de páginas que no participan del sistema oficial de dominios más corrientes, como los “.com” o “.gub”. Ahí la nomenclatura es diferente, por ejemplo “.onion”, la cual no puede encontrarse desde ningún navegador.
En la web profunda hay además muchos documentos científicos, bibliotecas enteras, desclasificación de documentos (como los de la Casa Blanca) y un sinfín de información interesante. De hecho, lo que ahora es Wikileaks fue primero –y durante mucho tiempo– un sitio ubicado en la deep web.
Pero a la arena también hay que sumarle mucha cal. Es habitual chocar de frente con páginas de contenido prohibido y muy fuerte. El anonimato que brinda la deep web es campo fértil para realizar cualquier tipo de ilícitos. Lo más suave es encontrar sitios donde se ofrece cocaína, heroína y otras drogas. Aparecen ofertas en las que mediante chat o intercambio de mensajes se acuerda la entrega y forma de pago.
Hay sitios de clasificados con anuncios ofreciendo servicios de asesinato a sueldo como si se tratara de autos usados.
La cultura gore también tiene su espacio: este tipo de imágenes están relacionadas con mutilaciones, asesinatos, videos de ejecuciones reales, entre otras cosas. La web profunda tiene espacio hasta para foros acerca de canibalismo, en los que se comparten imágenes y fotos de personas a las que les faltan partes del cuerpo que, supuestamente, han sido comidas.
El grupo de hackers Anonymous atacó a través de una operación que llamó Operación Darknet a Lolita City, un sitio de pornografía infantil de la web profunda, y dejó al descubierto a más de 1.500 nombres de usuarios que frecuentaban ese sitio.
Al alcance de algunos, muchos o todo el que se lo proponga, pero también de las agencias que controlan el delito, la web profunda continúa creciendo. Su existencia es prueba y parte de la “libertad total” que ha promulgado internet desde su concepción. Tomarla o dejarla, hasta qué nivel usarla y con qué propósitos es una elección de cada usuario.