ver más

Mónica Navarro está estudiando guitarra. Las partituras están recostadas sobre un atril, mientras la guitarra descansa a su lado. Ella se ceba un mate con hierbas, que emana un aroma mentolado que acaricia en las narinas sobre el amargo de la yerba. Dice que se quiere sacar todas las ganas. Hacer lo que ella quiera. Por eso ahora estudia guitarra y solfeo. Para poder acompañarse mientras canta, y en un futuro poder componer sus propios folclores. Porque el posible disco, seguidor de su más reciente Calle, podría ser de folclore. Es ahí donde en realidad se encuentran sus raíces.

Pero ya pensar en eso es para ella un arranque de ansiedad. Ahora hay que disfrutar de Calle.

Este, su tercer disco como cantante de tango, nada tiene que ver con el campo que añora cuando rasga su guitarra, sino que destila bocinazos, smog y asfalto.

La canción que da nombre al disco es solo uno de los temas que descubrió buscando compositores contemporáneos de tango. Buscando una voz en la letra escrita que se pareciera a la suya.

“El tango tiene letras muy políticas, en el sentido en que describe un momento. Por ejemplo, Discépolo era re punk. Para él estaba todo mal. Cambalache, también. Todo es una porquería, no hay nadie en que confiar, esto no está bien. Después, por lo menos yo, no encontré a alguien que contara desde el tango una realidad de nuestro tiempo”, cuenta. “Ahora hay un montón de gente haciendo cosas copadísimas. Hay personas que dicen ‘en el tango está todo escrito’ y vos decis ‘joder, si está todo escrito que nadie más haga nada y que quede ahí como momificado’”.

Precisamente la idea no es que el tango vibre con actualidad. Calle, del argentino Alfredo Rubín, fue arreglado por Horacio Di Yorio y funciona como una declaración de intenciones ya desde el comienzo del disco. “Calle me partió la cabeza, porque de alguna manera siento que con este tango cuento de qué lado estoy”, afirma.

Y es una canción particular: es una narración basada en imágenes. Instantáneas que duran apenas segundos. “Facho, garca / Vientre, fuego / Macho, bobo / Sangre, perro /Madre, plaza / Sombra, huevo / Fiebre, fuga /Pibes, pueblo”, dice su estribillo.

“En el tango está la necesidad de relatar la historia, acción a acción. Y esto me pareció genial porque es esquizofrénico. Bueno, me pasa que no me puedo aprender la letra. Tiene una lógica, pero si te confundís una palabra se te trastoca todo (risas). El tipo con palabras sueltas te describe una época. Es impresionante”, sostiene.

Este disco tiene dos momentos claros. Hay un primer acto, donde están los platos fuertes: sus dos primeras composiciones. Y un segundo donde se permite detener el ajetreo callejero para contemplar.

Silencio y adiós es la primera de sus realizaciones que aparecen en el disco. Y es un tema dedicado a su padre, que falleció hace casi tres años a causa de un tumor cerebral que le fue quitando de a poco la fuerza vital. “Para mí el silencio pasó a tener una dimensión solemne. El silencio del momento de la muerte de alguien, cuando lo presenciás, no es nada. No pasa nada. Pasa el dolor obviamente, pero eso es lo que te pasa a vos. Pero pasar, no pasa nada. Es algo tan pequeño y a la vez tan fuerte. Es un silencio que yo no conocía”. De la necesidad de explicar ese momento tan definitivo para su vida nació esta canción.

Influenza, por su parte, sucedió por otra circunstancia que en su momento fue irreversible: la gripe A. “Estábamos haciendo un ciclo en El Galpón y en el medio me agarro gripe A, 40 ºC de fiebre. Todo mal. Y los cantantes, los actores, vivimos con tremenda culpa con la enfermedad. Pedí por favor que me dieran algo para curarme, pero me dijeron: ¡bancátela! Tuve que suspender la función. ¡Una culpa!”.

Navarro encara esta primera incursión en la composición sin ningún tipo de miedo al fracaso. Al contrario, le da la bienvenida. “A veces pienso que soy una caradura. Hay tanta gente que hace cosas tan alucinantes. Pero después me arrepiento. ¡Sí, soy una caradura! (risas). Lo genial de haber dado el primer paso es que me entusiasma para muchos pasos más. Es un territorio nuevo. No me como historias con mandarme cagadas. Uno ensaya cómo hacer algo bien haciéndolo mal”, dijo.

Si la primera intención fue buscar una voz actual, la segunda fue ofrecer un repertorio variado, con nuevas canciones propias y clásicos. “En el teatro, ¿quién critica a Hamlet? En el tango cantás un clásico y la gente ya piensa que cantás siempre lo mismo. Está bueno meter un Shakespeare, pero también un Peter Hanke”.

Su Hamlet en este caso es Cambalache. Pero no se trata de una adaptación al pie de la letra, sino una versión casi libre: su música está intercalada por el tema de la película Psicosis, logrando una versión nerviosa y desasosiega.

En cambio, en la segunda parte la vertiginosidad desaparece y da la bienvenida a la contemplación, un acto que para Navarro es totalmente ajeno. “Es parte de esas cosas que uno fue perdiendo. El estar en un lugar y no hacer nada. (La canción) Rapsodia en humo y ansiedad tiene eso del boliche, de sentarte a leer el diario, de tener un tiempo para estar con vos”, detalla.

Ese momento finaliza con su versión de Miriam entró al Hollywood, tema de Alberto Wolf. “El tango fue el camino para encontrar canciones. Por ejemplo, ese tema no es un tango, pero entendíamos que en ese relato había algo del barrio, de –otra vez– el boliche, que me parecía que podíamos tomar. Es una canción bellísima que se banca lo que sea. Cuando la canción está buena la hacés cumbia y va a estar buenísima igual”.

Para Navarro, la canción es el cierre ideal a un disco que comienza con una agitación que se asemeja a la Ciudad Vieja a la mañana. “Las luces del centro se encienden”, canta Navarro, dándole cuerpo a las palabras de Mandrake. El disco finaliza, la entrevista termina y la guitarra sigue ahí como esperando hacer sonar el folclore.
Temas:

Estilo

Seguí leyendo