La tormenta política por la que atraviesa el gobierno de Dilma Rousseff tiene varias vertientes. Por un lado, la recesión económica –que aqueja a Brasil por segundo año consecutivo– genera una crisis de expectativas en la ciudadanía, después de dos décadas de crecimiento sostenido e incorporando a millones de personas a la clase media. Pero más grave aun, los escándalos de corrupción, que han involucrado a encumbradas figuras de su gobierno y de su predecesor Luiz Inácio Lula da Silva, han creado una severa crisis de desconfianza que cada tanto se expresa en masivas protestas callejeras sin precedentes en el país norteño.

La presidenta ha perdido en pocos meses todo su capital político y el respaldo popular (sus niveles de aprobación se ubican tozudamente en el dígito), la oposición no se ceja en sus intentos de iniciarle un proceso destituyente en el Congreso y crecen las voces que piden su renuncia; a lo que esta semana se sumó nadie menos que el expresidente Fernando Henrique Cardozo.

más Noticias
¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo es posible que Brasil haya pasado en tan poco tiempo de ser la estrella de la región –erigida de hecho en primera potencia regional– a esta situación que parece augurar un descalabro aun mayor en el horizonte?

En lo que hace a la economía, la desaceleración china, la caída en los precios de las commodities y la demora del gobierno de Brasilia para implementar las reformas estructurales más necesarias han llevado a una pronunciada contracción de Producto Interno Bruto, que en 2010 creció 7,5% y este año no llegará al 1%. Al tiempo que aumenta el desempleo, baja el consumo, trepa peligrosamente la inflación y el real sigue en caída libre.

Todo esto, desde luego, alimenta el descontento entre la población. Pero en lo político, las hostilidades transcurren por otros carriles. En un sistema extensamente corrompido en su representación, como es el brasileño, Dilma no pudo continuar el esquema de Lula de gobernar con el apoyo de una decena de pequeños partidos de alquiler en el Congreso. Entre otras cosas –y más allá de cuáles fueran sus intenciones–, porque desde que la mandataria asumió en 2010, esa misma trama de compra de votos y voluntades desde el Ejecutivo estaba siendo investigada por la Justicia. Lo que desembocó en 2012 y 2013 en el llamado "juicio del siglo" por el escándalo de 'mensalao', y que culminó con el procesamiento de varios dirigentes del gobernante Partido de los Trabajadores y otras agrupaciones políticas.

Es así que hoy, los legisladores de esos partidos menores no le deben lealtades prebendarias al PT y actúan como una oposición abiertamente hostil al gobierno de Dilma. De hecho, varios de ellos lideran hoy los esfuerzos por entablarle a la presidenta un juicio político en el Legislativo.

Lo que se expresa en las calles, en cambio, y las razones de esas pancartas que se ven pidiendo su renuncia parten, sobre todo, de un hastío de los brasileños con la corrupción (no solo del PT sino de todo el sistema político) y los malos manejos.

En ese sentido, la gota que derramó el vaso fue la trama de corrupción descubierta en Petrobras, que ha conmocionado a la opinión pública e involucra a medio centenar de políticos de varios partidos. Un descomunal esquema de desvíos millonarios, perpetrado durante años, para responder por el cual se ha iniciado un verdadero desfile de dirigentes políticos por los estrados judiciales, y que a principios de mes llevó a la detención de José Dirceu, exministro de Lula, que fuera también presidente del PT, y procesado ya, hace dos años, por el caso 'mensalao'.

La sucesión de escándalos de corrupción en su entorno tiende un persistente manto de duda sobre la figura del expresidente y, por extensión, sobre la de Dilma, que además presidió el Consejo de Administración de Petrobras entre 2005 y 2010; y crecen las sospechas de que su campaña electoral fue financiada con dineros procedentes de esa trama de desvíos y lavado.

La prueba del nueve para el gobierno de Dilma estará en los próximos meses, mientras continúa la acción de la Justicia. Desconectada de las calles, aislada en el Planalto y enfrentada con buena parte del parlamento, deberá timonear la economía con precisión cartesiana y echar a andar las reformas cuanto antes.

Pero aun así, nada garantiza que se vaya a descomprimir la presión en las calles, o que su popularidad vuelva a niveles aceptables. Para que ello suceda, tendría que demostrar de un modo convincente que está libre de todos los escándalos de corrupción que involucran a su partido y que es capaz de llevar adelante la "limpieza" de la política brasileña que exigen los ciudadanos.
Temas:

Brasil Dilma Rousseff economía Corrupción

Seguí leyendo