EE.UU. vs China: ¿quién va ganando la pugna por la hegemonía internacional?
Enfrascados en una lucha de titanes por hacerse de aliados e influencia global, Washington y Beijing han jugado fuerte en lo que va de este año 2023. Veamos cómo les fue
En la batalla por el Sur Global que sostienen Estados Unidos y China, este año el gigante asiático ha sacado una clara ventaja. Los países en desarrollo, que han cobrado una relevancia inusitada y cuyo concurso resulta hoy inevitable para obtener la hegemonía global que se disputan ambas superpotencias, parecen, al menos de momento, priorizar su relación con Beijing.
En los últimos meses, ha habido una verdadera fiebre de cumbres presidenciales que marcaron esa tónica. A principios de año, el influyente Council on Foreign Relations describía a esa verdadera pléyade de reuniones globales previstas para el 2023 como una prueba para el ascenso de China y las demás potencias emergentes, a las que en el argot académico-periodístico de la política internacional se les identifica en inglés como “the rest”, apócope de “the rest of the world”, que rima con la palabra Occidente (West). Es así que se llega a la muy usada “the West vs the Rest” (Occidente versus Resto de mundo) que, si usted lee en inglés, habrá visto a menudo en los titulares de los diarios y portales más importantes, en ese afán tan anglosajón por plantearlo todo en términos de enfrentamiento.
Así pues, “Global Summits in 2023: A Test for the Rise of the Rest”, titulaba el portal del Council en enero; es decir, “Cumbres globales en 2023: una prueba para el ascenso del resto del mundo”.
¿Y cómo le ha ido al resto del mundo –es decir, a China y sus aliados– en esa prueba?
Yo diría que muy bien. Los resultados de las cumbres del G7 primero, y luego de los BRICS, del G20 y del G77+China así lo indican.
No tenemos espacio aquí para analizar cada una de esas cumbres globales y otras regionales, pero el balance general es ese: varios países del Asia y la mayoría de los países africanos han resistido las presiones de Washington y siguen estrechando lazos y sumando proyectos con China. Y ni hablar de los países sudamericanos, para los que China ya no es solo el principal socio comercial, sino también el primer o segundo inversor extranjero, transferente de tecnología, prestamista y constructor de infraestructura.
Washington y las potencias occidentales lograron, empero, colarle lo que esperan sea un caballo de Troya –un “quinta columna” dentro de este nuevo eje de países emergentes– con el cortejo permanente al primer ministro de la India, Narendra Modi.
De ello han conseguido buenos réditos geopolíticos, y esperan sea la clave para contener a China en su propio patio. Después de todo, India es la gran superpotencia en ciernes: tiene ya la población más grande del planeta (1400 millones de habitantes); es la quinta economía mundial, en vías de ocupar el tercer lugar detrás de Estados Unidos y China; posee armas nucleares, un ejército numeroso y un servicio diplomático de primer orden.
Estados Unidos impulsa ahora la creación de un gran Corredor Económico Europa-Medio Oriente-India (IMEC, por sus siglas en inglés), para competir con la Nueva Ruta de la Seda de China (BRI) y precisamente, apuntalar a India en su rivalidad con el gigante asiático.
Habrá que ver cómo les va en esa ambiciosa empresa; en todo caso, no les auguro mayor éxito para competir con un mega monstruo chino que lleva más de una década de existencia, varios billones de dólares en inversión y abarca a 155 países del mundo.
Pero además, en lo estrictamente político, esta apuesta de Occidente no es solo por la India, sino que también necesariamente ha tenido que serlo por la persona de Narendra Modi, figura ineludible en el gigante sudasiático y alrededores.
Y eso puede ser un arma de doble filo: en el discurso de EEUU, que define su rivalidad con China por hacerse de aliados en términos de “democracias vs. autocracias”, la India, autodenominada la “mayor democracia del mundo”, ciertamente da el perfil. ¿Pero Modi?
Modi es un nacionalista hindú, con unas tendencias autoritarias notorias y documentadas a lo largo de décadas. Persigue sistemáticamente a las minorías musulmanas y sikh dentro y fuera de India; en el pasado ha sido brutal en ese empeño. De hecho, hasta hace poco tenía prohibida la entrada a EEUU por su presunta complicidad en la matanza de los musulmanes de Gujarat en 2002, cuando Modi era gobernador del estado. Y ahora mismo la India se encuentra en medio de una severa crisis diplomática nada menos que con Canadá, cuyo gobierno, en cabeza de Justin Trudeau, acusa al gobierno de Modi de ordenar el asesinato de un activista sikh en suelo canadiense.
Por todas sus ventajas y las de su país, Modi no parece el mejor aliado para presumir en una narrativa de “democracias vs. autocracias”.
Sea eso como fuere, en Washington y en las capitales europeas ya se preguntan qué están haciendo mal. Están perdiendo la batalla por el Sur Global y no se ve muy bien cómo habrán de recuperar la confianza perdida. Si uno lee los diarios, esta interrogante cruza varios artículos y columnas de opinión, desde el Washington Post hasta Le Monde.
La respuesta que una pequeña dosis de sabiduría carvilleana aplicada podría sugerir: Son los términos de intercambio, idiota. Basta ver lo que eran los términos de intercambio para los países del Sur Global hasta los noventa, con los países centrales, y lo que son a partir de los dos mil, cuando China entra a tallar en el comercio internacional.
Claro que no ha de ser la única razón; a buen seguro otros motivos –como las guerras constantes en que Occidente se ve envuelto– también tienen su incidencia.
Tal vez sea todo ello, y el inevitable sube y baja histórico de potencias e imperios en su eterno devenir, como le es impuesta al astro su trayectoria, o a la piedra su gravitación (la frase es de Ortega).
Pronto lo sabremos. El resultado, sea para un lado o para el otro, lo vamos a ver nosotros en esta vida. Que no es poco.