Dos mil dieciocho es un año de muchos cincuentenarios, algunos más felices que otros más luctuosos. Una serie de revueltas estudiantiles universitarias y políticas barrió varias ciudades del mundo, desde París a Ciudad de México, desde Chicago a Montevideo. Los tanques soviéticos aplastaron la llamada "primavera de Praga" y los aviones de los Estados Unidos arrasaron kilómetros de selva con bombas de napalm. La policía reprimió de forma indiscriminada en la plaza de Tlatelolco, la convención del Partido Demócrata fue un caos y las calles montevideanas vieron con dolor y luto la violencia desatada. El mundo estaba convulsionado por las banderas revolucionarias, los vientos de cambio y las consignas ingeniosas. El Japón no era ajeno a la situación global: en Tokio y en otras ciudades del país también hubo protestas de estudiantes y gremios, y la ordenada sociedad del imperio del sol naciente se conmovió ante los cimbronazos.
El 68 japonés
En un año cargado de irrupciones estudiantiles y protestas globales, la Academia Sueca decidió otorgarle el Nobel de Literatura a un nipón: Yasunari Kawabata