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Unos 500 uruguayos cruzaron Argentina hasta Los Andes para ver a Carlos Alberto Solari, exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, para formar parte de la misa india.
El ómnibus salió el jueves desde el Obelisco de Tres Cruces unas cuatro horas después de lo pautado. Los muchachos aguantaron la espera y la llovizna entre cervezas y porros, banderas y cantarola.

En el viaje de 30 horas hubo puchos, alcohol, más porro, merca, ácido. Poca comida y menos ventilación.

Hubo una banda sonora rotosa y constante, desde el Gulp! hasta El perfume de la tempestad. Hubo una rubia insoportable que enloqueció a medio ómnibus y un baño con olor a vómito, mierda y detergente. Insisto: hubo solo una ventanita abierta. También hubo un flaco que, por tomar más de la cuenta y dormir menos de lo aconsejable, perdió el control de sus esfínteres. Después del desastre, se limpió en el baño, lo que pudo. La rubia no reparó en detalles. Conoció a un gordito y lo invitó al baño. Allá fueron. Al abrir la puerta del baño, quince minutos más tarde, el gordito confirmó con un gesto y una sonrisa las sospechas de la barra. El ómnibus todavía no había cruzado la frontera.

Al llegar al hostel de Mendoza, faltaban camas y sobraba frío. La rubia regresó a Montevideo en la mañana del sábado, antes del toque. Y no se supo más nada de ella.

Uno de los tres ómnibus que salió el jueves rompió. Algunos pasajeros llegaron a dedo. De los otros tampoco se supo nada. El viernes, otros ocho ómnibus salieron desde Montevideo hacia Mendoza.

En los días previos, el diario Los Andes estampó rumores de saqueos, pero en las mismas notas aclaró que no hubo ni una denuncia. “Violencia es mentir”, repetían los afiches en la calle, con una imagen de Clarín de fondo. No eran los únicos. La Cámpora, la juventud kirchnerista, dejó estampados sobre los muros de la ciudad otros versos del Indio. Junto a una de las frases, sus mártires: Eva y Néstor.

Los diarios repitieron que fue el concierto con entrada paga más multitudinario del rock argentino. Repitieron que más de 120 mil personas llegaron hasta el Autódromo Jorge Ángel Pena de San Martín, una pequeña ciudad cerca de Mendoza que recibió a los feligreses con cero grado.

En el autódromo hormigueaban los asados y los puestos de venta de remeras. En el escenario, antes de las 10 de la noche del sábado, apareció un pelado de gafas negras y gorra de aviador.

Empezó al palo, con Luzbelito y las sirenas. Los ricoteros cantaron abrazados varios clásicos bajo la lluvia. El indio, con 64 años y la lengua aún trabada, habló poco. “Viene un viento de frente que me congela la lengua”, se excusó.

Saludó a una bandera de Uruguay, el único país en el que tocó fuera de fronteras. Fue en 1990 en el Teatro de Verano. Regresó en el 2001 al Estadio Centenario, con los Redondos y ante 21 mil personas. En 2005, volvió solo y de noche al Velódromo para cantar también bajo la lluvia junto a 15 mil almas. La comunión de Solari con Uruguay quedó grabada en Botija rapado, tema en el que relata una fuga de la Colonia Berro.

El sábado, mientras Skay Beilinson, la otra mitad de Los Redondos, tocaba en La Trastienda de Montevideo, Solari, acompañado por los Fundamentalistas del aire acondicionado, cantó en San Martín durante dos horas y media. Florencia Kirchner, la hija de la presidenta, lo vio en primera fila.

La fiesta duró hasta que Solari, después de una serie demoledora de rockanroles, invitó a formar “el pogo más grande del universo”. Así se despidió.

Fue lindo bailar bajo la lluvia. Lo que no estuvo tan bueno fue el regreso. Por horas y kilómetros, ninguna estación de servicios abrió sus puertas a los peregrinos por temor a los asaltos. Hubo hambre y sed, sobre todo sed. Una parrillada se apiadó recién en la provincia de Santa Fe. Comimos perdices y fuimos felices.

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