El bueno, el malo y Ridley Scott
La última película del director de Alien y Gladiador es tan simplista como épica
A la hora de ver Éxodo: dioses y reyes existe una problemática: es imposible no partir de un prejuicio. Si el espectador es creyente, verá una reconstrucción fidedigna del Antiguo Testamento y, en particular, de la historia de Moisés. En cambio, al ateo, le resultará muy dificil no interpretar gran parte de lo que ve como proselitimo religioso, como un extenso panfleto de más de dos horas y media donde todos los hebreos son buenos, todos los egipcios son malos, unos merecen la tierra prometida, los otros están allí para someterlos y así sucesivamente.
Incluso con el actual conflicto en Gaza entre Israel y Palestina es todavía más difícil sustraerse del contexto (de la realidad, en una palabra) y lograr mirar esta película como una ficción cualquiera. Es fácil encontrar alusiones externas a cada paso, a cada declaración del filme y, a su vez, darle la carga conceptual política o religiosa que surge con sencillez.
Fortalezas y debilidades
Pero, ¿qué pasa con el producto audiovisual? Si logramos abstraernos de todo lo anterior, entonces encontramos que Ridley Scott sigue perdido.
Antes era uno de esos directores imprescindibles, responsable de películas como Los Duelistas, Alien y Blade Runner. A pesar de esta tríada, que compite por el mejor inicio de una carrera cinematográfica de todos los tiempos, sus últimas películas carecen de fuerza, interés real, buenas historias y otros méritos necesarios para que una cinta sea considerada excelente.
Los últimos trabajos de Scott son regulares en el mejor de los casos o sencillamente malas. En esa bolsa caen Cruzada, Robin Hood, Prometeo y muy especialmente El abogado del crimen.
No en vano, a la hora de publicitar sus películas, Scott tiene que echar mano del rótulo “del director de Gladiador”, que es una de sus últimas películas decentes. Y este filme ganador de cinco premios Oscar fue estrenado hace más de 14 años.
Con Éxodo se suma al actual revisionismo del género bíblico. En su moderna encarnación, el mismo puede llegar a ser torture porn (“porno de tortura”), como es el caso de la efectiva La Pasión de Cristo o un alegato pro vegano, como Noé. Ante estos ejemplos, la postura de Scott es bastante más clásica, si se quiere, y asume una narración y una adaptación bastante literal sobre lo que cualquiera conoce sobre Moisés, haya leído o no la Biblia.
Como suele pasar con el Scott reciente, lo suyo no es una historia de sutilezas. Los hebreos, conducidos por Moisés (Christian Bale) son sufridos, abnegados, víctimas de los malvados egipcios, liderados por Ramsés II (Joel Edgerton), los cuales son crueles esclavistas sin demasiados matices. Lo único que permite que esta premisa esquemática no hunda la película es la entrega de sus protagonistas.
Bale construye un Moisés inmenso, con una entrega total, un personaje de esos complejos como bien le gustan al actor galés. Cierto es que le toca lo más fácil, ya que este Moisés es un personaje con el que es fácil empatizar. Más dificil lo tiene Edgerton con su Ramsés caprichoso, infinitamente cruel, obtuso. Aún así, el australiano logra sacarlo adelante. Hay un enorme elenco que secunda a los actores mencionados (Aaron Paul, Ben Kingsley, John Turturro, Sigourney Weaver), pero a decir verdad, no pasan de ser meros cameos glorificados. La cosa es de a dos nomás.
Sin dudas lo más interesante de esta versión de Scott (que, por si se lo preguntan, es un agnóstico reconocido) es su visión de Dios, profundamente fiel al del Antiguo Testamento. En otras palabras, es un Dios al que no se convenía molestar. Aquí, representado como un niño pequeño de bastante mala cara, hace caer las terribles plagas sobre Egipto y nunca antes dichas plagas se vieron tan tremendas.
Eso nos lleva a otro punto inevitable del cine bíblico: el espectáculo. En eso a Scott no se le puede reprochar nada. Los momentos en que se permite ser épico en Éxodo, lo es a todo trapo. Las mencionadas plagas o el Mar Rojo que se abre sobre el final son prodigio de efectos especiales y resolución técnica.
Por lo demás, podemos retomar la idea de un principio. Éxodo es una gran recomendación para amantes del género y una tibia recomendación para espectadores en general. Es una película despareja pero ambiciosa, irregular pero con momentos muy bien logrados. No es imprescindible pero tiene lo suyo como para verla.