Lo que más ha llamado la atención en la actual crisis fronteriza entre Colombia y Venezuela ha sido el silencio de los demás gobiernos de la región y, en general, del mundo. Las deportaciones masivas de ciudadanos colombianos que residían irregularmente en El Táchira venezolano han mostrado las últimas semanas unas imágenes dantescas, que retrotraen a crisis humanitarias en otras partes más convulsionadas del mundo. Y en Colombia han causado una indignación nacional.

Sin embargo, este lunes la OEA no hizo lugar a una reunión de cancilleres para tratar el asunto. El gobierno de Juan Manuel Santos –procurando mantener un equilibrio imposible entre la presión interna, que lo acusa de "blando" en el diferendo, y no romper relaciones con el gobierno de Nicolás Maduro– ha recibido así un duro revés en el organismo interamericano, que esperaba dirimiera a su favor y le evitara endurecer su posición y el tono.

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La reacción de Santos fue bastante tibia desde el pasado 19 de agosto, cuando el gobierno venezolano dispuso el cierre de la frontera e inició la expulsión de los colombianos. Demoró más de una semana en llamar a consultas a su embajador en Caracas y durante varios días evitó hacer una condena todo lo enérgica que los colombianos hubieran deseado. A buen seguro el mandatario colombiano no quiso echar por tierra todo lo que ha avanzado en el mejoramiento de las relaciones con Venezuela desde que llegara al poder en 2010. Amén de que el gobierno venezolano es uno de los garantes en el proceso de paz que sostiene –no exento de dificultades– con la guerrilla de las FARC en La Habana, y en el que Santos ha apostado su legado presidencial.

Pero tal vez esa misma tibieza le haya jugado en contra el lunes en la OEA para esos cinco votos en contra y esas 12 abstenciones que le impidieron llevar el diferendo al palacio de la avenida Constitution en Washington DC.

La situación, empero, no es tan sencilla para Santos. Los problemas en la frontera, con las mafias del contrabando (y el trasiego de productos venezolanos al lado colombiano que, ya de por sí, resisten los embates de la escasez), no son inventos de Maduro. Y el tiroteo con los contrabandistas, que dejó heridos a tres militares venezolanos y fue el detonante de esta crisis, existió.

Asimismo, la abismal diferencia cambiaria entre ambos países y el subsidio venezolano a los combustibles hacía que miles de colombianos cruzaran la frontera todos los días a echar nafta del lado venezolano. Basta un solo ejemplo para ilustrar el tamaño del problema: llenar el tanque de un auto promedio en Colombia cuesta aproximadamente US$ 50; hacerlo del lado venezolano sale menos de 10 centavos de dólar.

Por otra parte, el solo hecho de que tantos colombianos hayan emigrado en busca de mejores oportunidades a un país como Venezuela pone en evidencia una realidad desesperante de Colombia, que no se condice con la imagen de país próspero y pujante que el gobierno de Santos intenta proyectar al mundo.

Es posible que el presidente colombiano haya sopesado todas esas cosas durante los primeros días de esta crisis para que su respuesta haya sido tan queda ante las imágenes de cientos de humildes familias colombianas siendo deportadas con lo puesto, sus casas demolidas por bulldozers y sus pocos bienes perdidos o confiscados. Pero así, se quedó sin el apoyo de la OEA en el momento que más lo necesitaba. Y ahora depende del veredicto de la Unasur, que se reunirá hoy para tratar el tema y donde Venezuela tiene mucho más peso y un respaldo casi cerrado de los demás gobiernos.

Para la mayoría de los colombianos, en cambio, ha sido una humillación; sentimiento que es además atizado por el expresidente Álvaro Uribe (la omnipresente némesis de Santos desde que rompieran relaciones cuando este lo sucedió al frente del Palacio de Nariño); y ahora también, por otro expresidente de gran prestigio: César Gaviria. Ambos se turnan para pegarle a Maduro y dedicarle duras palabras desde Colombia.

Y así, Santos ha quedado entrampado entre su estilo personal –diplomático, contemporizador y caballeroso– y lo que le piden los colombianos; entrampado entre sus buenas relaciones con Venezuela y la confianza que había depositado en su gobierno como garante del proceso de paz y la poca inclinación al diálogo que exhibe Nicolás Maduro.

De hecho las diferencias en los estilos y en las formas de ambos presidentes no son un tema menor en esta crisis. El estilo autoritario y desdeñoso de Maduro irrita a los colombianos. El domingo, las imágenes de Maduro bailando con su esposa La pollera colorá, la cumbia más emblemática de Colombia (para muchos colombianos, el segundo himno nacional), en medio de un gran clima festivo en Caracas, mientras los colombianos eran deportados de varias ciudades del Táchira, causaron la ira de varios en las redes sociales de Colombia y le dieron la vuelta a los canales de televisión.

Y de remate, para no perder la costumbre, el mandatario venezolano denunció un plan para asesinarlo orquestado desde Bogotá.

Es, sin duda, un estilo bastante complicado para el de Santos, que no gusta de salidas destempladas ni de perder la compostura. Serían algo así como lo que los comentaristas de boxeo llaman un fajador y un estilista. Si van al intercambio de golpes, por lo general el estilista sale perdiendo. Y es lo que Santos ha querido evitar. Sin embargo, parece ser lo que los colombianos le están pidiendo. Que se faje.
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