Uno de los mayores fracasos de la política en Uruguay es no haber sido capaz de encauzar el drama social y económico que se arrastra desde la década de 1990: los jóvenes que ni estudian ni trabajan, a quienes se los identifican como ni-ni.
Uno de los mayores fracasos de la política en Uruguay es no haber sido capaz de encauzar el drama social y económico que se arrastra desde la década de 1990: los jóvenes que ni estudian ni trabajan, a quienes se los identifican como ni-ni.
Aunque es cierto que entre 2006 y 2010 hubo un aumento del PIB y una baja de los ni-ni, ello no significó un cambio significativo respecto al porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan.
Los ni-ni parecen tener un comportamiento propio, excepto en el 2002. En ese año de la histórica crisis económica se puede advertir un movimiento simétrico entre PIB y ni-ni.
Parecería que la flexibilidad de una puerta giratoria es lo que mejor identifica a las características de los ni-ni: ciertos jóvenes logran salir de esa categoría al tiempo que otros nuevos adolescentes ingresan a este anillo de zozobra.
Los ni-ni irrumpieron en las estadísticas en la segunda mitad de 1990, cuando las autoridades de la educación habían advertido que unos 50 mil jóvenes ni estudiaban ni trabajaban. En el 2012 treparon a 95 mil, en el marco de una economía floreciente como nunca había disfrutado el país.
Es hora de que los políticos encuentren una salida a este gran obstáculo que impedirá al país transitar el puente que lleva al desarrollo.