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Si hay una escena que representa un antes y un después en la historia de la televisión es la secuencia con la que abre el primer capítulo de Los Soprano. En ella, Tony Soprano, un capo mafia de Nueva Jersey, se encuentra preparando una barbacoa con cierta desidia cuando observa con fascinación pueril y sonrisa idiotizada a una familia de patos jugando en su piscina. En el momento en que las aves levantan vuelo y se alejan, Tony sufre un ataque de pánico y se desmaya.

El hombre al que los espectadores vieron durante 86 episodios a lo largo de seis temporadas entre 1999 y 2007 cometer toda clase de atrocidades y pronunciar infinidad de mentiras, era el mismo al que se le retorcía el corazón cada vez que pensaba en sus patitos. Tony Soprano abrió la puerta para que la televisión se transformara en un lugar que dejara de lado el maniqueísmo de Hollywood y apostara por los antihéroes. No cualquiera actor podía hacer que un promedio de 12 millones de espectadores por semana empatizaran con un ser humano tan cuestionable. James Gandolfini lo logró.

Su muerte, a los 51 años, ocurrida el lunes en Roma (Italia) por un ataque al corazón, es la excusa para hablar de la influencia de un intérprete que en el cine no pasó de papeles secundarios y mayormente relacionados con su origen ítalo-americano, pero cuya huella en la televisión cimentó el camino para que Walter White, de Breaking bad, o Don Draper, de Mad Men, sean hoy dos de los mejores personajes de la televisión.

Gandolfini se encontraba en las antípodas de ser un hombre sin escrúpulos. Quienes conocieron al actor, ganador de tres Emmys por su rol en la serie de David Chase, lo describen como una persona amable, cariñosa y humilde. “Su humanidad brillaba a través de la apariencia podrida de Tony. Cuando la gente decía que veía bondad en Tony, en realidad presentía a Gandolfini”, escribió Matt Zoller Seitz, de la New York Magazine.

“Fue un genio”, dijo Chase en un comunicado tras la muerte del actor de Nueva Jersey. “Cualquiera que lo haya visto, aunque fuera en el más pequeño de sus papeles, lo sabe. Es uno de los mejores actores de todos los tiempos. Gran parte de ese genio residía en esos ojos tristes”, sostuvo el director, con quien Gandolfini volvió a reunirse para el filme de 2012 Not Fade Away, el debut cinematográfico de Chase.

Antihéroe televisivo

Además de su protagónico en la serie de HBO, ganadora de cinco Globos de Oro y 21 premios Emmy, Gandolfini participó en películas como True Romance, La noche más oscura e In the loop. Pero fue su rol en la televisión el que influyó no solo en la pantalla chica sino en la ficción mafiosa, género en el que parecía que no había más horizonte posible tras los filmes de Martin Scorsese y Francis Ford Coppola.

Tony Soprano representaba la encarnación del gángster del siglo XXI, lejano a los mafiosos fríos y sanguinarios de las películas. Los Soprano mostraba a su protagonista en sus aspectos más íntimos, una especie de mafioso de entrecasa. Gran parte de la serie de Chase transcurría en el consultorio de la psicóloga Jennifer Melfy (Lorraine Bracco), a donde concurría Tony Soprano para lidiar con sus tensiones familiares y laborales. El uso de la terapia como vehículo narrativo es otro de los aspectos que Los Soprano ayudó a popularizar en la televisión (Analízame, el filme en el que Robert de Niro encarnaba a un mafioso que iba al psicólogo, protagonizado por Billy Crystal, se estrenó poco meses después de la primera temporada).

Gran parte del éxito actual de series con antihéroes como protagonistas, se basa en dotarlos de la humanidad que irradiaba Gandolfini. La historia de un hombre bueno que se convierte en un traficante de drogas sanguinario en Breaking Bad se cimenta en la magnífica actuación de Bryan Cranston, que hace creíble esta transición. Lo mismo sucede con un personaje tan contradictorio y cuestionable como Don Draper (John Hamm), de Mad Men, quien encarna la ambigüedad del sueño americano. Dexter Morgan (Michael C. Hall), de Dexter, y Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau) de Juego de tronos, son otros ejemplos.

Aunque Gandolfini era el corazón de Los Soprano, cabe destacar que la serie, considerada recientemente la mejor escrita de la historia de la televisión por el Sindicato de Guionistas de EEUU, sentó las bases no solo para la primacía de los antihéroes, sino para demostrar que la complejidad, la verosimilitud y la experimentación podían ser rentables (Los Soprano aún es la serie más vista de HBO).

También cimentó el camino –junto con Twin Peaks- para que la “caja boba” demostrara que era capaz de producir arte y aprovechara las ventaja de disponer de un tiempo prolongado para contar una historia. No por nada hoy es un lugar común decir que lo mejor del cine actual se hace en la televisión.

Gandolfini fue una de las piezas centrales en el proceso de convertir la televisión en un lugar más arriesgado, menos maniqueo y en un mejor espejo de las ambigüedades de los seres humanos. No muchos más podrían haberlo logrado.
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