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Si hubo alguien que se atrevió a afirmar después de ver A Roma con amor que el genio de Woody Allen se había apagado, parece que tendrá que desdecirse. Porque a juzgar por la recepción que ha tenido Blue Jasmine en EEUU, estrenada el viernes, su última película implica no solo el retorno del cineasta a su país de origen sino el regreso de un Allen más profundo, actual y tragicómico.

Blue Jasmine marca la vuelta del director de 77 años a Nueva York (su último filme ambientado allí fue Si la cosa funciona, de 2009, tras comenzar su tour europeo en 2005), locación a la que se agrega también San Francisco, urbe que Allen escogió para su debut tras las cámaras con Robó, huyó y lo pescaron (1969).

Pero la nueva cinta del pródigo cineasta, que filma a ritmo de un filme por año, traza también una línea divisoria con sus ultimas películas, centradas meramente en lo cómico pero carentes de una profundidad que no se veía en su filmografía desde Match Point.

Como si fuera poco, la crítica especializada de EEUU indica que Cate Blanchett, protagonista de Blue Jasmine, brinda la mejor interpretación de una carrera repleta de actuaciones magistrales. Aunque todavía faltan unos meses para las nominaciones de los premios de la Academia, las reseñas auguran que la australiana podría volver a ganar la estatuilla, premio que obtuvo en 2004 por El aviador y que le fue arrebatado injustamente en 1999, cuando su retrato de Isabel I perdió contra Gwyneth Paltrow en Shakespeare apasionado.

Jasmine y Blanche
La cinta de Allen cuenta la historia de Jasmine, una mujer adinerada de las altas esferas de Nueva York que ve cómo su vida se derrumba tras descubrir las estafas inmobiliarias de su esposo, interpretado por Alec Baldwin, quien recuerda a Bernard Madoff.

Ante la bancarrota, el personaje de Blanchett decide trasladarse a San Francisco para vivir con su hermana (la británica Sally Hawkins), quien lleva un estilo de vida mucho más sencillo. Mientras se recupera de la depresión, la historia de Jasmine es revelada en base a flashbacks.

El último filme del director neoyorquino es también un claro homenaje a Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams. Como Blanche DuBois, Jasmine es una mujer proveniente de un hogar acomodado que tiene que enfrentarse a la realidad de haber perdido todo mientras trata de conservar las apariencias a base de mentiras, fantasías y a un refinamiento fuera de contexto.

Esto lleva a Jasmine a mantener un nivel de vida por encima de sus posibilidades, lo que da pie a equívocos y situaciones en clave de comedia, pero con un trasfondo social actual y dramático.

Mientras vive pendiente de los antidepresivos, Jasmine trata de encajar en el nuevo ambiente que le rodea en casa de su hermana (hija de diferentes padres biológicos), que tiene dos hijos y un novio mecánico, un hombre rudo y temperamental que recuerda vagamente a Stanley Kowalski, el proletario polaco que inmortalizó Marlon Brando en el cine.

La resonancia de la actriz con el personaje de Williams no solo proviene del apellido de la australiana y el nombre de la protagonista de la obra maestra del dramaturgo de Mississippi. La actriz interpretó el rol de Dubois en la puesta de Liv Ullmann en Nueva York en 2009, aunque Allen dijo no haber visto a Blanchett en este papel.

De acuerdo a los medios estadounidenses, Allen logra con Blue Jasmine una reformulación de Un tranvía llamado deseo, mezclada con la actualidad de una sociedad sesgada por la crisis económica y cada vez más dispar. Pero también consigue un filme que navega con inteligencia entre la comedia y la tragedia, y que es caracterizada como su obra más resonante de los últimos tiempos.
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