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La vasta y original obra de Mario Levrero (1940-2004) recorre con eficacia la mayoría de los géneros literarios, y está sólidamente construida desde la primera persona. No obstante esa presencia recurrente de un yo omnisciente, que desde lo fantástico o lo real lo cuenta todo, sus textos casi nunca son autobiográficos. Hermético y celoso de su intimidad, era raro que Levrero hablara de Jorge Varlotta, el hombre que se escondía detrás del seudónimo.

La reedición de Diario de un canalla y la presentación de la inédita Burdeos, 1972 son un intento editorial por revelar ese costado más personal de un autor que, ya desde su primera novela, La ciudad, separó ostensiblemente al hombre del escritor.

Los dos libros recurren a la estructura de diario íntimo, con fecha y hora subdividiendo cada episodio. El primero relata el estado de ánimo del autor cuando debió someterse a una dolorosa operación de vesícula; el segundo, su estadía en Burdeos, ciudad francesa en la que vivió un tiempo a raíz de una relación sentimental.

Diario de un canalla es considerado uno de sus libros mayores y resulta clave para entender la peripecia vital de un autor que mantuvo su particular filosofía de vida hasta las últimas consecuencias. En el libro se cruzan dos temas fundamentales: la necesidad de vivir de acuerdo a lo que se piensa y el miedo a la muerte.

Ya desde la primera página se advierte el tono confesional, casi desesperado. El narrador se define como un canalla, simplemente por el hecho de que se dedica a ganar dinero gracias a un trabajo rutinario de oficina, pero más aun, porque reconoce que la situación no le resulta molesta.

Pero todo cambia cuando el hombre se transforma en paciente, y es la vida misma la que está en juego. A partir de allí lo que hay es una profunda reflexión sobre la existencia y la necesidad de no perderse a sí mismo. A pesar de las particularidades del relato, no deja de ser una muestra más de esa capacidad única de Levrero para mezclar los diferentes planos de la existencia, sin descartar, por supuesto, el onírico.

Levrero defenestra a los médicos, los define como una especie maligna, y traza un retrato tenebroso, que sin embargo logra ver luz entre tantas sombras: “Hablé de la unanimidad de los médicos. No es cierto: hubo una excepción, mi doctora Alicia, quien me dijo, antes de la operación, con su dulce voz y su triste tono: ‘Te va a doler, te va a doler mucho’”.

Además está la figura del gorrión que lucha por sobrevivir cerca de la ventana del paciente, tema que recorre toda la pieza, y que termina siendo el centro del relato. Ese “espíritu a la intemperie”, visitado por unos padres que solo aparecen para alimentarlo, que lucha desde el hándicap de la soledad contra todo, resulta una poderosa metáfora sobre la endeble condición humana.

Burdeos, 1972 fue escrito un año antes de morir el autor. Revela a un Levrero desconocido, doméstico, que cuenta su estadía en la ciudad francesa, y su difícil relación con su pareja y la hija de esta. No es un típico diario de viaje, sino un relato que intenta, como el anterior, justificar una existencia que lejos de todo amenaza con diluirse.

Entre las páginas de esta crónica del diario vivir se cuela un momento fantástico, cuando Levrero siente que el idioma francés lo está poseyendo poco a poco, borrando al español de su cabeza, obligándolo a pensar como otra persona.

Es memorable también cuando explica cómo termina en una taberna española, y la alegría de esa noche mágica donde la lengua lo une a los desconocidos. Esa misma lengua que Mario Levrero cultivó con esmero en tantos libros extraordinarios.

a vasta y original obra de Mario Levrero (1940-2004) recorre con eficacia la mayoría de los géneros literarios, y está sólidamente construida desde la primera persona. No obstante esa presencia recurrente de un yo omnisciente, que desde lo fantástico o lo real lo cuenta todo, sus textos casi nunca son autobiográficos. Hermético y celoso de su intimidad, era raro que Levrero hablara de Jorge Varlotta, el hombre que se escondía detrás del seudónimo.
La reedición de Diario de un canalla y la presentación de la inédita Burdeos, 1972 son un intento editorial por revelar ese costado más personal de un autor que, ya desde su primera novela, La ciudad, separó ostensiblemente al hombre del escritor.
Los dos libros recurren a la estructura de diario íntimo, con fecha y hora subdividiendo cada episodio. El primero relata el estado de ánimo del autor cuando debió someterse a una dolorosa operación de vesícula; el segundo, su estadía en Burdeos, ciudad francesa en la que vivió un tiempo a raíz de una relación sentimental.
Diario de un canalla es considerado uno de sus libros mayores y resulta clave para entender la peripecia vital de un autor que mantuvo su particular filosofía de vida hasta las últimas consecuencias. En el libro se cruzan dos temas fundamentales: la necesidad de vivir de acuerdo a lo que se piensa y el miedo a la muerte.
Ya desde la primera página se advierte el tono confesional, casi desesperado. El narrador se define como un canalla, simplemente por el hecho de que se dedica a ganar dinero gracias a un trabajo rutinario de oficina, pero más aun, porque reconoce que la situación no le resulta molesta.
Pero todo cambia cuando el hombre se transforma en paciente, y es la vida misma la que está en juego. A partir de allí lo que hay es una profunda reflexión sobre la existencia y la necesidad de no perderse a sí mismo. A pesar de las particularidades del relato, no deja de ser una muestra más de esa capacidad única de Levrero para mezclar los diferentes planos de la existencia, sin descartar, por supuesto, el onírico.
Levrero defenestra a los médicos, los define como una especie maligna, y traza un retrato tenebroso, que sin embargo logra ver luz entre tantas sombras: “Hablé de la unanimidad de los médicos. No es cierto: hubo una excepción, mi doctora Alicia, quien me dijo, antes de la operación, con su dulce voz y su triste tono: ‘Te va a doler, te va a doler mucho’”.
Además está la figura del gorrión que lucha por sobrevivir cerca de la ventana del paciente, tema que recorre toda la pieza, y que termina siendo el centro del relato. Ese “espíritu a la intemperie”, visitado por unos padres que solo aparecen para alimentarlo, que lucha desde el hándicap de la soledad contra todo, resulta una poderosa metáfora sobre la endeble condición humana.
Burdeos, 1972 fue escrito un año antes de morir el autor. Revela a un Levrero desconocido, doméstico, que cuenta su estadía en la ciudad francesa, y su difícil relación con su pareja y la hija de esta. No es un típico diario de viaje, sino un relato que intenta, como el anterior, justificar una existencia que lejos de todo amenaza con diluirse.
Entre las páginas de esta crónica del diario vivir se cuela un momento fantástico, cuando Levrero siente que el idioma francés lo está poseyendo poco a poco, borrando al español de su cabeza, obligándolo a pensar como otra persona.
Es memorable también cuando explica cómo termina en una taberna española, y la alegría de esa noche mágica donde la lengua lo une a los desconocidos. Esa misma lengua que Mario Levrero cultivó con esmero en tantos libros extraordinarios. l

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