El laberinto armado venezolano
Todo parece indicar que los fatídicos hechos de esta semana son apenas el comienzo para Venezuela.
Parece ir quedando claro en Venezuela que quienes abrieron fuego contra una marcha pacífica, que se saldó con tres muertos y más de 60 heridos, fueron los llamados colectivos barriales, grupos paramilitares en su momento armados por el desaparecido presidente Hugo Chávez para luchar contra una eventual “invasión del imperio”.
Según las crónicas de los medios internacionales, el pasado miércoles 12 de febrero, mientras la movilización de estudiantes opositores al gobierno de Nicolás Maduro concluía en el centro de Caracas, fueron atacados por grupos motorizados que cobraron la vida de dos jóvenes manifestantes.
Al mismo tiempo, la marcha era infiltrada por encapuchados entrenados que generaron disturbios y se enfrentaron a los guardias armados del gobierno. En circunstancias que tampoco han sido esclarecidas, pereció también un militante chavista perteneciente a los colectivos del barrio 23 de Enero, un bastión del chavismo radical al que la Policía no puede ingresar y desde donde a menudo se publican fotos de civiles armados con fusiles de asalto y hasta de niños de 8 años con AK-47 posando junto a un diputado del oficialismo.
En un principio, Maduro dijo que los infiltrados en la marcha pertenecían a “grupos fascistas” instigados por la oposición y anunció que un tribunal había librado una orden de captura contra el dirigente opositor Leopoldo López. “Llueva, truene o relampaguee, el prófugo fascista debe ir preso”, dijo Maduro la noche del jueves, en un mensaje transmitido a todo el país.
Sin embargo, el viernes anunció que ya tenían identificados a los hombres armados que habían disparado en la manifestación y (a diferencia de las afiebradas conspiraciones que normalmente suele tejer –entre la oposición venezolana, el gobierno de Estados Unidos, la mafia de Miami, la oligarquía y a veces hasta el gobierno colombiano– para derrocarlo) esta vez no abundó en conjeturas. Se limitó a decir que el gobierno haría todo lo posible por darles captura a los violentos. Y no deja de resultar curioso que haya llamado a los colectivos armados a “no caer en provocaciones”.
Lo mismo hizo a su tiempo Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional y segundo de abordo del gobierno. “Les pido a los colectivos calma y cordura, a pesar de la muerte de un camarada”, dijo amablemente el exteniente del Ejército devenido en alto dirigente político por obra y gracia del “comandante supremo” Hugo Chávez. Y la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, que investiga los hechos del 12 de febrero, también llamó a los colectivos al desarme propuesto por el gobierno.
No parece muy claro aún cómo se habrán de dilucidar esos hechos. Y las intenciones del gobierno de llevar la voz cantante en tal narrativa parece no dejar muchas dudas, cuando en medio de las protestas la cadena de noticias colombiana NTN24 fue sacada del aire en plena transmisión. Un acto de censura inadmisible que Maduro atribuyó a “una decisión de Estado”.
La oposición venezolana y la ONU han exigido al gobierno de Maduro investigar “en forma inmediata, exhaustiva e imparcial” la participación de los grupos armados en los hechos del miércoles. Y Estados Unidos y la Unión Europea le han pedido respetar el derecho a la libertad de expresión y a la participación en manifestaciones pacíficas.
Sin embargo, los países de la región se han llamado a un silencio atronador, traducible en un apoyo tácito al gobierno de Maduro; excepto por el gobierno argentino, que ha hecho público su respaldo al mandatario venezolano. Y el canciller de Venezuela, Elías Jaua, ha declarado a varios medios de prensa que su gobierno ha recibo el apoyo, vía telefónica, de los cancilleres de Brasil, Ecuador y Nicaragua. Eso podría explicar por qué ni la Unasur ni el Mercosur tienen previstas reuniones para tratar la situación en Venezuela. Mientras tanto, el país se hunde en una profunda crisis, con casi todos los sectores de la economía paralizados, un desabastecimiento rampante de productos básicos, apagones frecuentes y una inflación rayana en el 60%. Todo parece indicar que los fatídicos hechos son apenas el comienzo para Venezuela