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Primicia mortal es el desafortunado título que se desprende de la traducción en Hispanoamérica de Nightcrawler, la primera película como director del guionista Dan Gilroy. Es desacertado porque la inclusión de la palabra “mortal” suele acompañar a cualquier filme de acción o terror de clase B y la ópera prima de Gilroy no podría estar más alejada de cualquiera de esos géneros. En cambio, se trata de un largometraje con una premisa original, una puesta en escena hipnótica y un protagónico tan brillante como siniestro por parte de su protagonista Jake Gyllenhaal; una combinación de elementos que la pone entre las 10 mejores películas estrenadas en 2014.

Es difícil no dejar de pensar en Nightcrawler unos días o semanas después de haberla visto. En el filme no hay una resolución clara de un conflicto, no hay un villano al que abuchear y mucho menos un héroe al que admirar, lo que la hace una rareza para el cine estadounidense que llega a las principales salas uruguayas. Lo que sí hay es un relato que, a fin de cuentas, no es más que el retrato de una mutación de un personaje sombrío al que vemos evolucionar progresivamente gracias al resultado directo de sus acciones e interacciones con su entorno. Suena genérico, pero es sorprendente la cantidad de veces que el cine contemporáneo falla esa tarea que Nightcrawler ejecuta tan bien.

El gran escenario de la película son las calles y rutas de Los Ángeles en la noche y ese ser en constante mutación es Lou Bloom (Gyllenhaal), un ambicioso joven habitante de esa ciudad. Lo poco que se sabrá de la vida cotidiana de Lou –bautizado tal vez como una versión oscura del Leopold Bloom de James Joyce – es que es flaco, le gusta desayunar frente a la televisión y busca conseguir un trabajo por los medios que sean necesarios. Lou es inteligente y ambicioso, pero sin un trabajo no tiene propósito alguno. En sus paseos nocturnos sin rumbo por las calles de la ciudad, se topará con algo que rápidamente se convertirá en su principal obsesión. Tras presenciar las consecuencias de un fatal accidente de tráfico, se verá maravillado con el trabajo de un equipo de cazadores de noticias policiales. Como si fueran freelancers de la crónica roja, estos reporteros se encargan de escuchar las transmisiones de la radio policial para llegar a la escena del crimen lo más rápido posible, siempre con sus cámaras prontas para grabar todo: robos, accidentes, incendios y, si tienen suerte, asesinatos. La noticia es vendida al mejor postor entre las cadenas de televisión locales que, hambrientas por una flameante primicia con la que abrir su noticiero en la edición de la mañana, aceptarán con gusto el material.

Así, el protagonista se adentrará lentamente en este submundo del periodismo criminal pero con una aproximación de profesionalismo impecable en cada oportunidad que tenga de ser el primero en llegar a la escena del crimen. Es que el Lou Bloom de Gyllenhaal bien podría ser el Patrick Bateman de Christian Bale de American Pyscho, pero perteneciente a la escena hipster de Los Ángeles. Su hablar es una verborragia constante salida directamente de un manual empresarial sobre cómo triunfar dentro una organización piramidal, en donde cada acción puede resultar en un futuro ascenso o despido, como se verá en la relación que entabla con su asistente interpretado por el actor Riz Ahmed. Como si se tratase de un gerente de recursos humanos psicótico, Gyllenhaal provee a su personaje de un discurso fluido y hasta hilarante en las situaciones escabrosas. También es notorio el cambio físico con el que se para el actor frente a esta película, para la que perdió cerca de 15 kilos.

Más conocido por películas como Donnie Darko y Secreto en la montaña, Gyllenhaal ha tenido que enfrentar a lo largo de su carrera que su cara de portada de revista femenina desvíe la atención de sus cualidades como actor. Pero en Nightcrawler no quedan dudas que, con el papel adecuado, Gyllenhaal es capaz de destacarse sin problemas en un elenco que también integran los actores Rene Russo y Bill Paxton, cuyos papeles menores también son dignos de elogios. Con un par de ojos a punto de salirse y que parecen nunca parpadear, el actor construye un personaje cuya apariencia oscila constantemente entre lo simpático y lo tenebroso, y la razón y la locura.

Nightcrawler se pregunta hasta donde está dispuesto a mirar el público, dentro y fuera de la pantalla. La línea entre lo éticamente correcto para el periodista, e incluso para el espectador, se apaga a medida que la película se enciende. Como si fuera Lou con su cámara en mano, Gilroy se acerca a sus escenas tembloroso pero seguro de su objetivo, jugando con la monotonía de una ciudad que de día duerme pero que de noche se despierta, llena de adrenalina y lujuria. La captura que hace de la noche californiana el celebrado cinematógrafo Robert Elswit (Petróleo sangriento) y el guión en permanente aumento de velocidad del propio Gilroy hace que sea imposible alejar la mirada de Nightcrawler, ni por un segundo.

El filme no podría llegar en un momento más adecuado a Uruguay, con la discusión sobre el rol del periodismo policial más a flor de piel que nunca. Aunque el periodismo que se muestra está más cerca del retrato de un paparazzi de los crímenes que de un periodista policial, no deja de ser interesante –y necesaria– la discusión sobre los límites en los que debe subsistir la crónica roja. En una escena, el personaje de Rene Russo describe a su noticiero como una mujer degollada que grita por las calles pidiendo auxilio. Es una visión extrema de los medios, pero permite cuestionar el rol de los realizadores y el público dentro de ese espectáculo urbano de sangre en el que se han convertido los informativos.

Así como los trabajos “periodísticos” de Lou son emitidos bajo la advertencia de que “algunas imágenes pueden herir la sensibilidad de los espectadores”, Nightcrawler debería advertir a su audiencia que se encuentra ante una obra atípica, feroz y sobretodo, muy recomendable.
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