El mismo show pero en otra casa
Aerosmith demostró que los años solo fortalecen su interpretación en vivo
Joe Perry, ya pasada la mitad del show de Aerosmith en el Estadio Centenario, dijo que encontraron en Montevideo “una segunda casa”. Probablemente con 40 años de carrera en sus espaldas tengan casas alrededor del mundo, pero esa afirmación, acompañada de la foto del guitarrista junto a José Mujica y frente a la presencia del mismísimo presidente hizo que la banda se ganara definitivamente a un público uruguayo, ya convencido gracias a hits como Crazy o I Don’t Want to Miss a Thing.
Este fue un show sin sorpresas. Con Aerosmith se sabe que uno se va a presentar frente a una banda con una solidez de hierro, que sabe cómo hacer sonar sus hits más populares y cómo jugar con el público. Demagogias aparte, esa escena de Mujica, más la dedicatoria que le realizó Steven Tyler antes de interpretar Livin on the Edge y su previa visita a la Torre Ejecutiva demuestran que a pesar de ser una más de esas tantas casas, la banda sabe a dónde vino y frente a quienes se presentan.
Para esta ocasión repasaron el mismo setlist que vienen realizando desde el comienzo de su Global Warming Tour, con apenas algunas variantes bien recibidas, como Pink, que provocó uno de los más sonantes coros del público y tiñó a la Torre de los Homenajes de rosado.
Pero más allá de los temas que conocen todos y cada uno tenga su favorito, sea Dude (Looks Like a Lady), Cryin’ o Jaded, el show es Steven Tyler.
Con sus bailes y exclamaciones al público cumplió el papel a la perfección de estrella de rock de la escuela clásica: arengó a las primeras filas, recibió un sinfín de pañuelos con estampados de animal print y banderas uruguayas y le entregó su armónica a una fanática que también decidió cumplir su rol clásico: quitarse la camiseta y lucir un soutien de encaje.
Tyler es un agujero negro que absorbe el carisma de toda la banda, para transformarse en su estrella más brillante. Y luciendo una suerte de bata y pantalón blanco, era también el que más luz proyectaba. Por su parte Perry, su “gemelo tóxico”, apropiadamente vistió de negro, formando una suerte de ying yang rockero, complementando y a la vez repeliendo. No necesitaban hablarse. Con gestos y toques en el hombro formaban un código secreto cuyo significado nunca parecía evidente para el público.
El resto de la banda: la estructura en la batería de Joey Kramer, el apoyo y a veces guitarra principal Brad Whitford, los teclados y coros de Russ Irwin y el bajo rítmico de David Hull –Tom Hamilton estaba ausente– , son la base para que tanto Tyler como Perry actúen y deslumbren al público.
Esta es una maquinaria que viene aceitada gracias y a pesar del paso del tiempo. Tyler no parece cansarse en sus corridas por el escenario, pero el rastro de la edad ya se ve en su elección de calzado: atrás quedaron sus botas de taco y ahora luce unos cómodos championes de suela de goma blanca y, por supuesto, animal print.
Tampoco parece afligirse al tener que repetir la misma escena con una fanática que alcanzó a agarrarlo y no lo soltó hasta que apareció un seguridad. El cantante, en lugar de alejarse de dicha fan que ya se encontraba en llanto, siguió cantando para ella.
El show y las canciones serán las mismas –parafraseando su hit Same Old Song and Dance– pero el público es siempre diferente. Allí estaban desde el padre con su hijo pre adolescente al grupo de amigas en sus veintes –incluyendo la típica metalera que se volvió loca con Crazy– a las señoras que salieron de la peluquería y se dedicaron a sacarse fotos, sin importar qué canción sonaba.
Era otra la casa y por eso roquearon como debían.