El mito del “golpe bueno” desangra a Egipto
La democracia tiene la obligación de incluir a los sectores seculares, pero es inconcebible excluyendo a las mayorías musulmanas
De los numerosos golpes de Estado que se han dado en la historia de la humanidad, no son pocos los que en su momento fueron vistos por buena parte de la ciudadanía como “golpes buenos”. Esto podría decirse desde el primero que se tiene registro, el que encumbró a Julio César como dictador en las postrimerías de la República romana, hasta el autogolpe de Alberto Fujimori en 1992 en Perú. Pero los hechos suelen ser tercos; siempre terminan demostrando que no hay tal cosa como un golpe bueno y que, al decir de Lord Acton, el poder absoluto corrompe absolutamente.
Esto último por lo general tarda un tiempo en revelarse, sobre todo cuando el golpe sobreviene a un período de turbulencia política. Pero en el caso de Egipto, bastaron unas pocas semanas, hasta que el Ejército emprendió la masacre actualmente en marcha contra los manifestantes de la Hermandad Musulmana, que ya lleva más de 600 civiles muertos y contando en las calles de El Cairo.
Hace apenas un mes y medio, sectores demócratas en Egipto y varios de sus impulsores en Occidente celebraban el golpe de Estado de los militares contra el gobierno de tendencia islámica de Mohamed Morsi, surgido de las elecciones del año pasado en ese país.
Cualquiera podría preguntarse qué clase de “sectores demócratas” podrían apoyar un quiebre institucional de esas características. Pero las cosas no son tan sencillas en la política egipcia.
El gobierno de Morsi —que llegó al poder en ancas de la Hermandad Musulmana, tras la revolución que grupos liberales demócratas habían encabezado en 2011 contra el régimen de Hosni Mubarak— se había apartado de los principios democráticos y había comenzado una andadura crecientemente autoritaria, excluyendo a sectores no islámicos y promoviendo una reforma constitucional que le daría amplios poderes.
Esto generó descontento entre los liberales, partidarios de un Estado laico, que a principios de julio se volcaron otra vez a las calles y días después apoyaron el derrocamiento de Morsi y su encarcelación. La intervención militar era otra vez considerada por sectores demócratas –tanto dentro como fuera de Egipto– como “un golpe bueno”. Prominentes líderes de la revolución de 2011 aplaudieron el desaguisado, y en Occidente varios se sumaron al delirio.
“Un golpe para celebrar”, tituló su columna del 5 de julio el corresponsal especial de Newsweek y The Daily Beast Michael Tomaski, quien ayer tuvo que salir a pedir disculpas por su apresurado entusiasmo festivo.
El gobierno de Barack Obama también había hecho la vista gorda, evitando calificar al golpe como “un golpe”; y el secretario de Estado, John Kerry, había llegado a decir que lo que estaba haciendo el Ejército egipcio era “restaurar la democracia”.
Y es que varios factores entran a pesar en este momento aciago de la historia egipcia. Por un lado, la profunda división política que vive la sociedad. Los sectores liberales quieren una democracia secular en Egipto; pero ello implica una votación universal cuyo resultado más probable (el triunfo de la Hermandad Musulmana y la consiguiente instalación de un Estado más religioso) no están dispuestos a aceptar. De hecho, parecen preferir un régimen militar de extracción laica a tener a los islamistas en el poder. Al mismo tiempo Morsi y los Hermanos Musulmanes, que también dicen luchar por la democracia, una vez en el poder, recurren al sectarismo y a las medidas autoritarias.
Por otro lado, Estados Unidos también quiere un gobierno democrático en Egipto y apoyó decididamente el derrocamiento de Mubarak tras la revolución. Pero para Washington, más importante que un Egipto demócrata es un Egipto aliado. Y la Hermandad Musulmana no lo garantiza.
En otras palabras, todos los principales actores en esta ópera le cantan a la democracia, pero solo la apoyan en la medida que favorezca a sus intereses. Y en ese río revuelto es que pescan los militares.
Así la cosas, no parecen haber salidas fáciles en el entuerto egipcio. Pero si ya se la habían jugado todos a la democracia desde los albores de la primavera árabe y el posterior triunfo de la revolución, no parece lógico dar marcha atrás ahora y permitir una masacre en nombre del secularismo.
La mayoría de los votantes egipcios son musulmanes. Por eso ganó Morsi las elecciones. Su gobierno no era ciertamente un modelo de democracia liberal, pero tampoco era una dictadura ni un estado teocrático al estilo iraní.
Esa es la realidad de Egipto en este momento. Una democracia allí habrá de incluir a los sectores seculares y respetar a sus representantes. Pero resulta inconcebible excluyendo a las mayorías musulmanas, mucho menos mediante un golpe de Estado que puede ser todo menos bueno.