El niño y la suavidad de las palomas
Scorsese planea filmar una película biográfica sobre Mike Tyson con JamieFoxx como el gran púgil. Yo quisiera que se centrara en la pelea con Douglas, donde Tyson demostró ser humano
La noche del 10 de febrero de 1990 en el Tokio Dome se produjo el que es considerado el resultado más inverosímil de la historia del deporte. Un desconocido boxeador llamado James “Buster” Douglas noqueaba al súpercampeón de los pesos pesados, el hasta ese momento imbatible Mike Tyson.
Esa pelea fue histórica por varios motivos. Nunca antes Tyson había perdido, pero ni siquiera nunca antes Tyson había tocado la lona. Por eso cuando en el décimo round Douglas saca una combinación de la galera y, luego de un uppercut asesino y dos golpes más, tira a Tyson, los flashes del mundo apuntaron a ese campeón perdido, que gateaba provocando un extraña mezcla de asombro, lástima y revancha por todos los rivales a los que él había vapuleado. Logró ver su protector bucal e intentó colocárselo, pero lo enganchó mal y la mitad blanca de plástico quedó fuera de su boca. La fotografía recorrió el mundo: el gran campeón, el precoz campeón, el hombre que había batido todos los récords del boxeo pesado, había perdido la corona. No la recuperaría nunca jamás.
Hay historiadores del deporte, como Jim Lampley (que le dedicó un libro a esta pelea), que argumentan que esa noche en Japón cambió para siempre la historia del boxeo. Que cayó el mito Tyson y, por ende, el boxeo se volvió menos mágico y más primitivo.
Sin que Tyson lo supiera esa noche de febrero de hace 25 años fue la última que lo tuvo en la cúspide de su carrera como campeón. Allí había llegado trepando con bastante facilidad dentro del ring gracias a sus soberbios puños, pero que desde una infancia durísima donde los golpes lo recibió él, uno tras otro.
No conoció a su padre, su madre y otros familiares directos eran adictos a las drogas y ejercían la violencia sobre el pequeño Mike, que se refugiaba en una azotea de Brooklyn donde criaban palomas. En un profundo documental sobre su figura y su vida, que filmó en 2008 James Toback, el boxeador confiesa con su vocecita vergonzosa y seseante que su único refugio en la infancia y en la juventud eran las palomas. Le gustaba acariciarlas, sentir las suavidad de sus plumas y tirarlas al aire para que volaran de nuevo a sus manos.
Las malas juntas, los robos y las pandillas lo mandaron a un correccional donde alguien le vio potencial para el boxeo. De la mano del legendario entrenador Cus D’Amato, el joven Tyson consiguió desarrollar una técnica sublime y descargar en los puños toda la rabia acumulada.
Entró al terreno de los pesos pesados pateando el tablero, noqueando en el primer round a diestra y siniestra. Pronto el muchacho de 20 años hizo historia. Era el campeón más joven y destructivo de todos los pesos pesados.
Despachaba oponentes como quien se espanta polillas en el aire. Su fama y su mito crecieron de forma sideral. El chico semihuérfano que había salido de las calles de Brooklyn ahora no solo era millonario sino que era leyenda. Se casó con la actriz Robin Givens, con quien tuvo una relación compleja y escandalosa.
Jaqueado por la prensa y por los rumores de divorcio, pero embelesado por su propio logro, el héroe se subió al ring de Tokio para un trámite, pero tenía delante un auténtico giro de su vida. El héroe invencible mostró su lado vulnerable. Y cayó para siempre del Olimpo. ¡Qué grandes los griegos, que sabían de boxeo moderno 25 siglos antes!
Ahora que Martin Scorsese planea una película biográfica sobre Tyson con Jamie Foxx en el papel del púgil, me gustaría, de forma egoísta, que el filme se centrara en esa pelea, en ese momento preciso en que Douglas lo pone, literalmente, de cara a su destino. Ignorante, como todos los hombres, de lo que sucederá, Tyson demostró esa noche trágica algo más: que no era una máquina, que era un hombre de carne y hueso.