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El padre, el hijo y el espíritu nada santo de un Estado androfóbico

En asuntos que son de los más importantes de la vida, como los niños, la balanza está demasiado inclinada en un sentido

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04 de abril de 2018 a las 13:00

El episodio que tomó estado público en estos días, en el que un hombre con su hijo no encontraron –entre la infinidad que tiene el Estado– una política social que los acogiera a ambos bajo un mismo techo, revela cómo, en asuntos a mi juicio de verdad importantes, la balanza de la justicia perjudica seriamente a los hombres, en momentos en que el discurso público se llena de consignas que reclaman acciones que tiendan a la igualdad de géneros.

La ministra de Desarrollo Social, Marina Arismendi, lo dijo públicamente: hay refugios para hombres, para mujeres y para mujeres con niños. Para hombres con niños, no. Y como los casos fueron una media docena en seis años parece que así quedará. Con los millones que recibe ese Ministerio, con los vientos que soplan de presunta igualdad de género, a la ministra no le tembló la voz para decir que no se buscará una solución de fondo, solución que, precisamente por atender a pocas personas, no resultaría costosa.

Si la falencia afectara a las mujeres no hay que ser muy imaginativo para saber cuál habría sido la respuesta. Porque la corporación femenina es poderosa y está del lado políticamente correcto de la cancha. Las organizaciones de hombres en cambio, ¡mamita!, hay que ser muy guapo para militar en ellas: son vistas como refugio de golpeadores, un club de Tobi violento, una especie de Ku Klux Klan de la segregación de género.

. La balanza de la justicia perjudica seriamente a los hombres, en momentos que el discurso público se llena de consignas que reclaman acciones que tiendan a la igualdad de géneros.

Y eso que en asuntos que, según mi opinión, son de los más importantes de la vida, como los niños –lo que sé no comparto con los movimientos feministas–, la balanza está muy, demasiado, inclinada en un sentido. Lo del hombre penando por un techo para no dejar a su hijo en el INAU –porque esa es la solución que hoy ofrece el Estado– es apenas la punta del iceberg, por usar una imagen fríamente repetida.

Para empezar, cuando en una pareja la mujer queda embarazada, el niño –contra lo que pueda creerse– no es del hombre. Con relación al niño, el hombre es un personaje secundario. Podrá sonar a argumento conservador, pero es un hecho: el niño será de los dos (¿será de los dos?) una vez que atraviese la decisión de la mujer de si quiere o no abortar, uno de los puntos de la agenda de derechos obtenidos por los colectivos feministas.

Si el embarazo llega a término, el discurso igualitario reclama que ambos se hagan cargo de la criatura, que ambos anden como zombis algunos meses, durante parte de los cuales las mujeres no irán a trabajar por 14 semanas, mientras que los hombres consiguieron, sin reclamarlo, 13 días de licencia por una reciente ley. Tanto la madre como el padre (uno de los dos) pueden utilizar el beneficio del medio horario hasta los seis meses de vida del niño. Los países nórdicos están en la punta del tema con el reparto de estos derecho pero no viene al caso, porque tampoco es lo más importante esta del descanso; fue la mujer la que cargó con la parte pesada del trabajo.

Las organizaciones de hombres en cambio, ¡mamita!, hay que ser muy guapo para militar en ellas: son vistas como refugio de golpeadores, un club de Tobi violento, una especie de Ku Klux Klan de la segregación de género.

Si las cosas en la pareja van mal, los niños muchas veces se transforman en moneda de cambio. Si la mujer se quiere sacar de encima al hombre, de paso afecta la relación del padre con el niño y aunque los jueces saben de estos artilugios suelen proceder muchas veces como Pilatos.

Alcanza con que una mujer denuncie a su pareja por violento para que al hombre lo saquen de la casa y lo separen de los hijos, aunque no los haya tocado nunca.

Si el hombre fuera preso por violencia doméstica y el hijo o hija quieren verlo, la autorización tiene que darla quien tiene la patria potestad, o sea la madre; ergo: no verá a sus hijos.

"Si te hago una denuncia por abuso trucha y no hay prueba contundente, no vas a ir preso, pero no vas a ver a tu hijo por un buen tiempo", explicó la abogada y criminóloga Martha Valfre, de las pocas que se animan a hablar de las ventajas legales que tiene su género.

"Tengo el caso de un señor que fue acusado de abusar de su hijastra. Es evidente que la denuncia es falsa. En Penal no encontraron mérito, pero en Familia al hombre lo sacaron de la casa y no puede ver ni a la hija ni al hijo", relató en una entrevista con El Observador.

Y vean lo que pasa si en un juicio de tenencia el hijo o hija quiere quedarse con el padre: "Le dicen que inicie un juicio de tenencia, el nene debe declarar que quiere quedarse con el padre, pero el juez le da 30 días a la madre y en ese período la persona que lo tiene matraquea. Hay que ver si el chiquilín luego sostiene lo mismo. Es muy complicado. Nosotros hicimos una denuncia de una madre que destrataba al nene hasta con la comida, pero en esos 30 días lo convencieron y cuando llegó el juicio dijo que quería seguir con la madre. Lo dijo mirando al piso. Pensamos: la libertad no es libre, agarramos la cartera y nos fuimos".

El expresidente de la Suprema Corte de Justicia Ricardo Pérez Manrique dijo en su momento que un tercio de las denuncias por violencia doméstica son falsas, otro tercio verdadero y del tercio restante nunca se sabrá la realidad.

¿Cuántos padres son separados de sus hijos injustamente?

No por falta de amor materno sino por vericuetos de la vida, crié a dos de mis hijos desde la adolescencia sin la presencia de su madre. Si las corporaciones están muy interesadas en derechos que tienen que ver con cosas como las relaciones de poder institucional –cuántas gerentas, cuántas ministras y diputadas hay–, adelante, quédense con todas las bancas, con los cargos de ascensoristas y con el Palacio Legislativo. Pero con los hijos, con todo respeto, no me jodan.

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