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Días atrás, la muerte de un alemán de 21 años que hacía prácticas en un banco de inversión en Londres, después de trabajar 72 horas seguidas, encendió la alarma sobre las condiciones en las que trabajan los becarios. Por otro lado, hace tiempo que se señala la ingente intromisión de las empresas en la vida privada de sus empleados, junto a los procesos de despersonalización en las grandes compañías.

Estas situaciones ponen en el centro del debate al poder de los empleadores, pero, en el fondo, la pregunta fundamental que subyace es cuánto son capaces de tolerar las personas en nombre del trabajo y del dinero. El asunto puede parecer representativo de los tiempos que corren, pero remite a un problema constitutivo del ser humano, que es el de la relación dialéctica entre el amo y el esclavo.

El teatro contemporáneo no ha sido ajeno a estos fenómenos, como puede apreciarse en obras como El método Grönholm. En la actualidad, en la cartelera montevideana se presenta Contracciones, del joven y prominente dramaturgo inglés Mike Bartlett. La obra, que se exhibe los fines de semana en El Galpón, está dirigida por Mario Ferreira, quien hasta el año pasado estuvo al frente de la Comedia Nacional.

Contracciones se sitúa en la oficina de una compañía multinacional. La gerenta está esperando a su empleada, Emma, para una reunión en la que se le recuerda que el contrato que firmó especificaba que están prohibidas las relaciones románticas y sexuales entre los empleados. A partir de allí se sucederán una serie de escenas entre las dos actrices (interpretadas por Elizabeth Vignoli, en el rol de la gerenta, y Guadalupe Pimienta, como Emma) en el que el conflicto escalará a medida que la empresa empieza a entrometerse más y más en la vida de su trabajadora.

Las conversaciones van incrementando la tensión y el suspenso, a la vez que asoma el humor negro y el absurdo, el cual se beneficia de esa suerte de redundancia actitudinal y corporal que atraviesa la obra.

Por momentos, la intrusión de la empresa (intangible y a la vez revestida de un poder omnipresente, como el Gran Hermano de George Orwell) puede parecer inverosímil. Pero no lo es tanto si se considera que en 2006, un año antes de que Barttlet estrenara la obra para la radio de la BBC, un estudio de EEUU señalaba que 31 de 80 compañías consultadas les pedían a sus empleados que declararan si tenían romances en la oficina, según publicó The Guardian.

Es interesante la forma en que Contracciones va mutando del realismo al absurdo. La obra, no obstante, no pierde la conexión con la realidad y se destaca por un final que deja pensando al espectador. La duración, de menos de una hora, es exacta para lo que se quiere contar.

No obstante, una de las razones por las que la puesta de Ferreira atraviesa con fluidez esa transición es la actuación de ambas actrices. Pimienta hace un trabajo interesante con un rol complicado. Pero es Vignoli la que más destaca, pues la intérprete compone a su personaje con una verosimilitud que la hace, por momentos, espeluznante.

Su sonrisa, su mirada, su tono de voz la transforman en uno de esos soldados del capitalismo moderno, que en nombre del profesionalismo y la productividad son capaces de dejar en el camino su propia humanidad.
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