El túnel mexicano
El presidente Peña Nieto enfrenta serios desafíos para sacar de la crisis a su país
En política, cuando un evento se convierte en tragedia nacional, suele dar un vuelco radical en la suerte de los gobernantes. Para bien o para mal. Eso ya depende de varios factores; entre otros y preponderantemente, de la respuesta que asuma ese gobernante ante la tragedia.
El ejemplo más claro de ello es lo que le ha sucedido al gobierno mexicano de Enrique Peña Nieto tras la tragedia de Iguala, en el estado de Guerrero, donde desaparecieron 43 estudiantes en el horror del maridaje entre las autoridades municipales y el narcotráfico.
En apenas dos meses, Peña Nieto -quien encabeza el gobierno federal en Los Pinos y no tiene relación con el narco- ha pasado de ser la vedette de los mercados y elogiado por la prensa internacional, al desprestigo mundial en medio de una crisis interna de protestas y descontento que no le dan tregua.
La serie de reformas estructurales que inició el presidente mexicano a poco de inciado su mandato le había valido los aplausos entre los poderosos del primer mundo y había despertado la esperanza de que el vecino del sur de Estados Unidos ingresaría por fin al selecto club libre de las rémoras del estatismo, el anquilosamiento y la corrupción que arrastraba por más de ocho décadas. Peña Nieto fue tapa de la revista Time en su último número de febrero, con un título y una bajada por toda grafía, que lo presentaban en sociedad. “Salvando a México”, decía en grandes letras mayúsculas sobre una enorme estampa del mandatario mexicano que ocupaba toda la portada. Y abajo: “Cómo las reformas estructurales de Enrique Peña Nieto han virado el discurso en una nación mancillada por el narcotráfico”.
A pesar del tono auspicioso y esperanzador del reportaje, aquella bajada de tapa resultaría extrañamente profética: pocos meses después, la mácula del narcotráfico -flagelo cuyos alcances Peña Nieto y sus colaboradores (y como va dicho, Time) habían subestimado- lo alcanzaría en Los Pinos haciendo tambalear su presidencia. La barbarie del narco tomaba cuerpo en Iguala y ya nada sería lo mismo para su gobierno.
Ahora no hay tapas de Time, no hay salvaciones redentoras de México, sino críticas quearrecian de todos los rincones del mundo. Y hasta el dueño de un conocido boliche de Sydney, Australia, tuvo que pedir disculpas en su página de Facebook por haberse sacado una foto con la esposa de Peña Nieto cuando el mandatario mexicano participaba de la reunión del G20 en ese país.
Y es que a la tragedia de los estudiantes y la indignación de la opinión pública por la tarda y poco activa respuesta del gobierno, le siguió luego el escándalo de la casa de 7 millones de dólares comprada por la esposa del presidente en un dudoso esquema financiero facilitado por una empresa contratista del gobierno a la que se le había adjudicado la construcción del Tren Bala México-Querétaro; adjudicación que fue inmediatamente cancelada el mismo día que la periodista Carmen Aristegui reveló el caso hoy ampliamente conocido como “el de la casa blanca”.
Así, al dolor y la frustración por la masacre de Iguala, junto al horror de constatar que el narcotráfico ya no solo controla partes del terrotorio mexicano a través de la extorsión y la compra de autoridades locales, sino que ya directamente gobierna -constituido en poder político- en algunos municipios, se sumó la indignación de los mexicanos porque entienden que “el nuevo PRI” que lanzó Peña Nieto y sus jóvenes correligionarios sigue siendo el mismo partido hegemónico que durante 70 años gobernó México en medio de una gran corrupción, millonarias prebendas, corporativismo y acusaciones de fraude.
Por si fuera poco, la ostensible participación de la casi monopólica televisora Televisa (propiedad de Emilio Azcárraga Jean) en el encumbramiento de Peña Nieto y su cerrado respaldo al hoy mandatario dibuja para muchos mexicanos un esquema muy similar al del viejo PRI, que se apoyaba en la “fábrica de sueños” cuando esta era encabezada por Emilio Azcárraga Milmo, el Tigre, padre del actual dueño, y quien se declaraba abiertamente “un soldado del PRI”, entre otras célebres citas que se le atribuyen, como la de que hacía “televisión para los jodidos”. Una larga relación poder-televisora que jalona la historia reciente de México y que ha sido magistralmente plasmada en la película de Luis Estrada La dictadura perfecta.
Sea como fuere, Peña Nieto se ha puesto ahora al frente de la crisis nacional que atraviesa su país y ha anunciado una serie de medidas para sortearla, plantar cara al avance del narco y desmantelar la corrupción estructural. Estas no parecen calmar las aguas del descontento en México; sin embargo, hacia afuera empiezan a transmitir una imagen de seriedad para enfrentar el gran desafío que tiene por delante. El carácter ejecutivo que Peña Nieto siempre le ha impreso a su gestión -ya desde que era gobernador del Estado de México- lo alejan de los golpes de efecto y de las medidas de alto impacto. Sus colaboradores más cercanos aseguran que será la institucionalidad la que los saque a flote, no los gestos para la tribuna.
De ese modo continuarán por el camino de las reformas, pero con la prioridad en combatir al narcotráfico y la violencia, que habían relegado a un segundo plano hasta que el problema les estalló en la cara.
Por ahora, lo único que se ve con mucha claridad es la oscuridad del largo túnel que el gobierno mexicano tiene por delante. Habrá que ver cuándo y por dónde empieza a asomar alguna luz. No parece sencillo.