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En tiempos electorales vale la pena repetir lo que todos sabemos. ¿Quién sacó al Uruguay de la crisis de 2001/2002? El sector agropecuario y sus cadenas agroindustriales. ¿Y quién sacó al país de la debacle de 1982? De nuevo fue el agro el motor que arrastró a nuestra economía afuera del pozo.

Y así siguiendo, el agro ha sido siempre en Uruguay quien trajo soluciones cuando no quedaba nada en pie y quien transformó al Uruguay en un país destacado en el mundo. No nos destacamos por el turismo ni por la banca, no somos conocidos por la logística, no tenemos industria pesada ni nos hacemos notar por la industria química ni por las comunicaciones; no, nada de eso.

Pero estamos entre los 10 mayores exportadores mundiales de todos nuestros principales productos del agro. A muchos parece darles vergüenza reconocer y aceptar que el Uruguay es un país agropecuario.

En una época se dijo que los países orientados a producir materias primas estaban condenados a ser pobres y atrasados: ¡gran error! Eso era así cuando los precios de los productos primarios caían en términos reales, lo que justificó aquello de “las venas abiertas de América Latina”, cuyo propio autor con la lucidez de la edad avanzada ya descalificó.

Tenemos décadas por delante de precios firmes y crecientes en términos reales para las materias primas y en especial para los alimentos. Un país como Uruguay puede crecer, desarrollarse y tener un futuro buenísimo para su gente con dedicarse a producir alimentos en grandes cantidades, con respaldo y sin trabas internas. ¿Y qué debería hacer la sociedad de un país con su sector más competitivo internacionalmente, con su sector más pujante y generador de riqueza sin límites y en forma renovable? Debería ensalzarlo, defenderlo, reconocerlo y destacarlo.

Nada de eso sucede aquí. Si se menciona al agro es para hablar de algún impuesto más a crear, para lanzar alguna crítica solapada o para quejarse por reclamos bien justificados por falta de infraestructuras, por costos absurdamente elevados, por escasez de investigación local aplicada o por políticas que dan totalmente la espalda al sector. Ese es nuestro Uruguay: un país agropecuario que denigra al agro.

Nueva Zelanda es un ejemplo bien opuesto: tiene nuestra misma superficie y una población similar. Está en el fin del mundo, lejos de todos los mercados. Sin embargo, es un país desarrollado y muchísimo más rico que nosotros. ¿Cuál es su secreto? Desde el principio aceptó que es un país agropecuario y orientó todas sus fuerzas a promover al agro en vez de tirarle de la cola para atrás.

Aquí reina la dicotomía agro/ciudad; parece que la ciudad es buena y el agro es malo, y los políticos que cuentan votos no dejan de hacer notar los muchos recursos que hay que volcar en las ciudades. ¿Y el agro? Que reviente, vamos a sacarle unos pesitos más como ha dicho nuestro presidente; unos pesitos más, más otros pesitos más, más otros pesitos más y así siguiendo.

¿Invertir en el agro y para el agro? Ni hablar. Que se arreglen los pocos productores que quedan con los buenos precios que hay aunque los costos tengan ahogados a todos, aunque los trámites sean cada vez más complicados, aunque los impuestos pesen cada vez más, aunque la infraestructura se caiga a pedazos, aunque la energía sea cada vez más cara y aunque la mano de obra aumente mucho en precio pero nada en productividad.

Más del 70% de las exportaciones del país se originan en el agro; cerca del 50% del PIB del país se relaciona con el agro, su agroindustria y sus servicios conexos, y esa es la mitad del país que compite contra cualquiera en el mundo. Esa es la mitad del país productivo donde está nuestra excelencia, donde no necesitamos subsidios para competir contra los subsidios de otros.

A ver si de una vez por todas empezamos a darle al agro el respeto y el apoyo que se merece, empezando por los políticos en la campaña electoral, que deberían hablar del agro en forma positiva, porque eso demostraría que tienen estatura de estadistas, justo lo que el país necesita desesperadamente hoy.

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