Elogio del cine reflexivo
A 25 años de filmada, se puede ver una versión de Danza con lobos, llamada director’s cut; Kevin Costner demuestra aquí mayor calidad aún que en la original
Hace dos semanas, esta sección de El Observador le dedicó una página a tres películas que cumplen este año su primer cuarto de siglo: Mujer bonita; Ghost, la sombra del amor y Mi pobre angelito. Y a pesar de haber sido filmadas hace 25 años, su vigencia y calidad se mantienen intactas, cada una en su género. Pero resulta que hay otra gran película estadounidense de 1990 que había quedado en el tintero: Danza con lobos.
En internet está disponible una versión diferente del filme que en marzo de 1991 se ganara siete premios Oscar, entre ellos a Mejor película y director para Kevin Costner, que también fue el protagonista y estaba nominado por ello, pero no obtuvo este galardón.
Esta nueva versión se denomina como director’s cut o el “corte del director”, e implica una extensión en tiempo fílmico considerable. Si la versión para salas comerciales de 1990 ya tenía una duración de sus buenos 180 minutos, aquí Costner se anima a elevar la apuesta y llevar el tiempo total de película a los 236 minutos.
La versión extendida se difundió unos meses después de la primera y la supera con creces, porque ahonda en varios aspectos y da en el blanco en sus consecuencias.
Ya la primera versión se detenía en algunos detalles pequeños pero importantes que se van haciendo un racimo en el tronco de la historia, el encuentro entre dos civilizaciones, dos formas de ver el mundo y la transformación de un personaje de un mundo a otro. El soldado John Dunbar se transforma en Danza con lobos de una forma progresiva. Ese “tempo” que muchas veces necesita un personaje para carretear, desarrollarse y volar no va con el ritmo de los grandes estudios de Hollywood, que básicamente desean que las cosas sucedan más o menos rápido en la pantalla así la audiencia no se aburre.
A lo largo de las casi cuatro horas de puro cine, vemos a Dunbar en la solitaria vida de las planicies inmensas del oeste en el descubrimiento de un nuevo yo. La película es extremadamente reflexiva, además de la voz en off que queda estampada en el diario del soldado. El paisaje tiene una participación fundamental, así como las relaciones entre el soldado y su caballo, primero, y luego con el lobo, que se acerca a visitarlo en su puesto abandonado.
Las relaciones con los sioux también tienen su lógica propia y necesitan de varias largas escenas para evolucionar. Primero la interacción se da con Ave Pateadora, el referente de la tribu, con quien Dunbar desea comunicarse y aprender. Luego, cuando su presencia es aceptada dentro de la comunidad sioux, la atención se centra en Parada con un Puño, la mujer blanca adoptada por la tribu cuando era niña.
La gran lección de este corte del director es mostrar en imágenes y en edición el sentido del tiempo fílmico. Transcurren las estaciones y los sentimientos de los personajes, acompañados de la excelente música de John Barry, en planos largos y densos, en paralelismos entre el clima y la tierra que rodea a la tribu, y acciones simples pero profundas como surcos, que determinan el rumbo de la historia. Costner logra filmar tanto la grandiosidad del contexto como la intimidad más tierna dentro de las carpas. Y la secuencia de la cacería de los búfalos sigue siendo un espectáculo digno de los mejores montajes de Serguéi Eisenstein.
Fue un enorme disfrute asistir de nuevo (y por una hora más) a la experiencia de ver Danza con lobos, una película que evita caer en los típicos clichés del cine estadounidense y que se anima a mantener atrapada la mirada del espectador durante cuatro horas. En tiempos donde todo parecería que debe ser breve y conciso, rápido, furioso e inmediatamente desechable, ver esta “nueva” Danza con lobos es un regocijo para los ojos y para el espíritu y una lección de cómo hacer gran cine, hace (¿solo?) 25 años.