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A fines de los años 90, Radiohead pasó de ser una de las tantas bandas con relativo suceso dentro de la escena brit- pop (uno de los géneros que entonces dominaba el mundo de la música rock) a una especie de mutación del género con toques de free jazz e inquietudes pinkfloydianas de fin de siglo. Todo eso se conjugó en OK Computer, un disco entregado por cinco tipos obsesionados y paranoiqueados con el futuro que marcó un antes y un después en la carrera de los oriundos de Oxford.

A partir de ese álbum, Radiohead se hizo una carrera a base de dar uno y otro giro a su propia música en discos sucesivos. Fue el disco que sucedió a OK Computer el que marcó otro volantazo: Kid A redefinió el sonido de la banda, a partir de ahí apoyada en las computadoras, ruidos y demás efectos extraños para profundizar en la neurosis propia y generacional.

En una banda que cuenta con un preciso guitarrista y otro al que llaman el torturador de cuerdas por su virtuoso manejo de los ruidos que pueden salir de su instrumento, es difícil pensar que el cambio puede haber venido de parte de ellos. En realidad, el fanatizado con la electrónica en ese nivel fragmentario y con las composiciones casi abstrusas que marcaron buena parte del resto de los discos de la banda hasta por lo menos 2006, es Thom Yorke. El cantante de Radiohead es visto por algunos como un curioso y complejo compositor a descubrir dentro del panorama rockero y por otros como la quintaesencia del hombre pretencioso detrás de la gloria de redescubrir un género que no existe.

En ese año, Yorke editó en modo solista y en base a una enorme biblioteca de sonidos electrónicos de su banda, el disco The eraser. Se trata de un trabajo que seguía una línea de igual doble interpretación para quien se enfrenta a él: puede ser la búsqueda artística de un compositor desde las fronteras de la canción pop electrónica o el rejunte de canciones perpetradas por un tipo que parece no querer caerle tan bien a sus millones de fanáticos. Los mismos que, sin importar lo complicada que se volvió la música de la banda, siguieron agotando festivales y estadios para encontrarse con ella.

Radiohead editó dos discos más: el mucho más amigable, acabado y salpicado de momentos de gloria In rainbows en 2007, y el apelmazado, rítmico y más irrelevante The King of Limbs, el año pasado.

Hace poco más de dos meses, Yorke volvió a trabajar por su cuenta, esta vez con la formación de músicos con la que tocó en vivo los temas de The eraser, y que porta el nombre de uno de aquellos temas. Atoms for Peace tiene la particularidad de que es una banda integrada por el notorio Flea, de los Red Hot Chili Peppers, por (el productor histórico de Radiohead y Beck) Nigel Godrich, por el percusionista de Forró in The Dark Mauro Refosco y por Joey Waronker, que supo tocar la batería para R.E.M.

Amok, primer disco de Atoms for Peace, sigue en la línea experimental trazada por él en esas formas borrosas de canción en las que insiste: efectos retorcidos, coros espectrales de fondo, sutiles toques de percusión afro, composiciones sin estribillo que parecen desintegrarse en la nada misma. Amok puede sonar bien, por un rato, en la computadora o el local de alguien que quiere presumir de una modernidad mal entendida. Pero los músicos, en muchos casos de un estilo característico y personal (el bajo notorio de Flea en los Red Hot Chili Pepper, el estilo dispar de Forro in The Dark) se desdibujan en esta banda. Al escuchar las canciones uno podría pensar que este es otro disco que Yorke armó solo y frente a una computadora.

Sin embargo, el trabajo revela una de las facetas en las que menos se repara de Yorke: su voz. Una que, tanto en el estudio como en vivo, puede transmitir una batería de sensaciones –temor, angustia, ternura, claustrofobia– que alcanzan pocas voces contemporáneas de la música rock. Lo consigue sobre todo en canciones como Ingénue que, una vez desprovista de los colgamentos electrónicos del disco, es otra melodía que debe su preciosidad exclusivamente al registro de su compositor.

Es difícil que Yorke, cuyas omisiones y virajes estilísticos lo acreditaron como culpable de la proliferación de bandas que caricaturizaron el estilo de Radiohead –teléfono para Coldplay–, goce alguna vez del reconocimiento unánime de un Bono de U2. Sin embargo, no estaría mal tener en cuenta que sigue siendo uno de los pocos señores al frente de un proyecto dentro de las fronteras de la masividad que se sigue dando tiempo para operar dentro de una de las formas más complacientes de arte contemporáneo –la canción pop– y convertirla en piezas de arte más agresivas o inasibles. En fin, sacar al escucha promedio de música de su zona de confort y entendimiento, una pelea que los señores llamados artistas podrían dar un poco más, aunque sea de vez en cuando.
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