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Hay una confusión muy común que se provoca cada vez que se discute si una película de reconstrucción histórica es “fiel a la realidad”. La respuesta categórica, en todos los casos, es “no”. Por esa razón el solo planteo de la discusión es engañoso. No puede haber tal discusión, porque una película de ficción no puede nunca ser “fiel” reflejo de un hecho histórico. Todo lo que puede hacerse es tomar el tema e inventar una historia en ese ámbito. Ninguna película sobre Vietnam fue fiel a la realidad, ninguna sobre la Segunda Guerra Mundial ni sobre la Guerra de Secesión. Ninguna.

¿Cómo se puede ser fiel a la realidad de la Segunda Guerra Mundial si los propios libros de historia dicen cosas contradictorias, si ni siquiera hay una sola verdad histórica?

En todo caso se puede discutir si un documental es fiel o no a la realidad, haciendo la salvedad de que el hecho de emplazar una cámara modifica irremediablemente cualquier realidad.

Pero la ficción es ficción. Lo más que se le puede pedir a una película que se titule Lincoln es que el protagonista termine muerto. En el caso de La noche más oscura, que trata de la cacería de Osama bin Laden, hasta se podría haber salteado este prurito y el villano podría haber salido ileso. Todo habría sido un montaje de la CIA para defender a quien en realidad siempre fue su aliado. Por ejemplo.

Es obvio que, desde el punto de vista del cine, esta opción es perfectamente válida, aunque la realidad nunca se sepa del todo.

En su blog del diario The Guardian, Robert McCroom lo explica de manera definitiva: “Tal vez lo que se requiere de una historia, verídica o ficticia, es una autenticidad esencial, una honestidad de intenciones y de ejecución”. Yo eliminaría el tímido adverbio que encabeza la frase.

Actualidad

Si bien tres de las candidatas al Oscar a Mejor Película reconstruyen hechos históricos, incluyendo Argo, que se ocupa de la crisis de los rehenes en Irán, en 1979, la que resulta más interesante, desde el punto de vista del debate, es Lincoln.

Ya circula un chiste que dice: “A Lincoln le está yendo bien en las salas. Históricamente eso no es verdad”. Es una referencia al hecho de que al Lincoln de la historia lo mataron en un teatro y este otro se llena de gloria en los cines.

El propio McCroom analiza verdad y ficción en Lincoln y señala que no es verdad que hubiera habido esclavos liberados observando la sesión del congreso que analizaba la abolición, y acota: “Pero Lincoln es una película, no un libro de historia. Ese es su género. ¡Siguiente!”.

Sin embargo, en el caso de esta cinta el tema de la verdad histórica tiene una importancia inusual. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, la recomienda y quiere que todos los adolescentes la vean. El director de la película dice que le dará un dvd a cualquier colegial o liceal que se lo pida. En ese contexto, la queja de los diputados de Connecticut tiene sentido. La película muestra cómo los legisladores de ese estado votaron en contra de la reforma constitucional que prohíbe la esclavitud, en tanto que la verdad histórica dice lo contrario. Votaron a favor.

Los representantes actuales del estado dicen: “Si van a repartir dvd gratis, por favor, corríjanla”. No los culpo, pero si corrigen eso van a tener que empezar a corregir un montón de cosas más, hasta quemar todas las copias, o poner un cartelito que diga: “Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia”.

Una lección

El presidente Obama no es el único entusiasta de erigir a Lincoln en una especie de texto de escuela. El crítico estrella del New York Times, A. O. Scott, termina su reseña diciendo: “Vayan a ver esta película. Lleven a sus hijos. Lincoln es una obra maestra democrática. Noble y dura. Quizás sea un augurio de que las buenas películas para el pueblo no desaparecerán de la faz de la tierra”.

Lo que hace que tanto los comentaristas políticos como cinematográficos estén tan entusiasmados con el filme tiene que ver con su enfoque inusual de la política.

La democracia estadounidense ha aparecido en el cine de forma groseramente distorsionada, en la que el presidente es un hombre duro y fuerte y los legisladores son un grupo de corruptos o ineptos que caen siempre derrotados por el coraje y el sentido común de un ciudadano de a pie.

El complejo sistema de compromisos y negociaciones que fueron necesarias para sacar adelante la 13ª enmienda que abolió para siempre la esclavitud en Estados Unidos se cuenta en la película siguiendo los requerimientos de McCroom: tiene la autenticidad esencial y la honestidad de propósitos y ejecución necesarias.

Es una película de tres horas que se basa en el diálogo, lo que resultaría un poco incómodo a quien no le interese el tema. En Estados Unidos, sin embargo, el tema es uno de los capítulos más importantes de la historia de la nación. Las cicatrices de la guerra de secesión todavía son muy notorias en el siglo XXI. Las culturas del sur y el norte son muy diferentes; el resentimiento por la derrota todavía es palpable en el sur y el sentimiento de superioridad moral y material que se generó luego de la victoria también es evidente hoy en el norte.

En cuanto al tema racial, los negros pudieron votar recién un siglo después de la abolición de la esclavitud y las condiciones de vida actuales de la comunidad son todavía muy inferiores a las de los blancos.
Lincoln logra, en ese contexto, algo muy importante en una cultura que se ve reflejada en el cine y que cree lo que ve. Es entretenimiento y también una lección cívica.
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