El pedal de la bicicleta apoyado sobre el cordón de la vereda lograba un equilibrio perfecto. Adentro del bar, el parroquiano charlaba con otros comensales mientras almorzaba. No perdía tiempo en mirar si su bicicleta seguía allí, a pesar de que no había ninguna cadena que complicara el trabajo de algún ladrón de paso. A pocas cuadras, un auto estaba estacionado con las llaves puestas. La casa del dueño del vehículo estaba abierta y él andaba por ahí, entrando y saliendo. No tenía rejas, ni siquiera cerradura en la puerta trasera. Apenas algunas trancas oficiaban como medida de seguridad para evitar robos.
La escena parece sacada de los cuentos que suelen hacer los abuelos sobre aquel Uruguay que se fue para no volver. Sin embargo, ocurrió durante una recorrida que hizo El Observador el viernes 4 de setiembre en Trinidad, la capital de Flores.
DATOS POLICIALES
Cómo hizo Maldonado para bajar cifras de delitos en la temporada, según jefe de Policía: verano cerró con menos denuncias por hurtos y rapiñas
EN SEMANA SANTA
España refuerza la seguridad durante Semana Santa ante el riesgo de amenazas terroristas
NEWSLETTER ENCLAVE
Tenemos plan de seguridad, ¿y ahora qué va a pasar?
A fines de agosto, el Ministerio del Interior difundió datos estadísticos sobre delitos cometidos durante el primer semestre de 2015. La atención pública se centró en el aumento de los homicidios en algunas zonas de Montevideo. Pero también se habló acerca de las rapiñas. Aunque su ritmo de crecimiento bajó, el delito que más impacto genera en los ciudadanos provoca dolores de cabeza a un gobierno que prometió que habrá una reducción de estos casos hacia el fin del período de Tabaré Vázquez.
La obsesión macrocefálica de analizar todos los datos desde una óptica montevideana dejó de lado que las estadísticas también muestran otra realidad. Hay otro Uruguay a menos de 200 kilómetros de Montevideo que aún mantiene algunas características del país sin rejas.
Durante los primeros meses de 2015 no hubo ningún homicidio en el departamento de Flores.
Mientras que en Montevideo hubo 8.639 rapiñas, en Flores hubo solo tres. Aunque es evidente que hay una cuestión de escala por la cantidad de población, la información oficial demuestra que las calles de Trinidad son mucho más tranquilas que las de la capital, incluso desde el punto de vista estadístico.
En 2014, en Montevideo hubo 1.125 denuncias de rapiñas cada 100 mil habitantes, mientras que en Flores ese índice baja a 36.
El jefe de Policía de Flores, Justo Raúl Ortiz, mostró estadísticas elaboradas por su propia entidad durante la entrevista con El Observador. De allí se desprende que en lo que va de 2015 no hubo violaciones en su departamento. Tampoco hubo ninguna en todo 2014. Lo mismo sucede con los copamientos. El último registro de ese delito data de 2013. La víctima fue una familia propietaria de un establecimiento rural. "Eso nunca había pasado en este departamento", dijo Ortiz y relató que ese caso encendió luces de alerta en la zona.
En cuanto a robo de autos, Flores mantiene el invicto en lo que va del año. El delito que sí ha registrado un aumento es el de hurto a viviendas y comercios. Lo más común es el robo de garrafas en las casas. "Las denuncias que llegan son de hurtos circunstanciales, pero en ningún momento hemos tenido casas que hayan sido totalmente vaciadas ya con una organización y un vehículo que transporte eso. Todavía no", dijo Ortiz.
"Todavía no". Ese concepto se repite muy seguido en Flores. Los habitantes del departamento miran con temor las noticias de hechos de sangre que llegan desde la zona metropolitana y cruzan los dedos con la esperanza de nunca ver episodios similares cerca de sus casas. Temen que haya un efecto contagio o que lleguen delincuentes de otras zonas.
Jorge Beyruti, el propietario de un restaurante ubicado frente a la plaza principal que administra su familia desde 1933, confía en que eso no suceda. Sostuvo que quienes cometen un delito suelen ser capturados porque "no tienen cómo escaparse de Trinidad". Dijo sentirse "totalmente seguro" y definió la zona como un "oasis".
Matías Moreira, el encargado de una verdulería, sostuvo que es un privilegio vivir en una ciudad tranquila donde criar a sus hijos. Él prefirió definir la zona como "un paraíso".
Pero no todas son buenas. Los habitantes de la zona coinciden en que las cosas no están como antes. Uruguay cambió para peor y Trinidad no está aislada.
Ana, la dueña de otra verdulería, sufrió ocho robos consecutivos el año pasado. Se trataba de un menor de edad que vivía cerca. Varias noches entró al local a robar, hasta que lo atraparon y ahora está internado en un centro para delincuentes juveniles. La Policía lo tenía identificado, y una vez que fue detenido bajó la cantidad de robos en la zona. Pero los policías temen que salga "profesionalizado" en sus técnicas delictivas y con un mayor grado de violencia.
Ana también sufrió una rapiña. Fue una de las 11 víctimas de ese delito que hubo en Flores en 2014. Un hombre apareció en su comercio a pedirle plata. Generalmente se niega a dar dinero y ofrece frutas a cambio, pero como vio que estaba violento decidió darle $ 50. Al delincuente no le alcanzó y sacó una cuchilla Tramontina. Golpeaba el mostrador con el arma blanca exigiendo más dinero hasta que Ana decidió darle la recaudación. La imagen de ese rapiñero le quedó grabada para siempre. Fue un momento traumático, ya que estaba con su hija pequeña.
La verdulera hizo la denuncia y la Policía lo capturó antes de que lograra abandonar Trinidad, según informaron a El Observador oficiales de Policía de la zona. Era de Río Negro y andaba de paso.
La utilización de cuchillos es la forma habitual de rapiñar en Flores. No hay antecedentes de robos a mano armada, ni tampoco de comerciantes que hayan tenido que ser hospitalizados debido a una agresión provocada por un delincuente durante un asalto. La rapiña más violenta en Flores no tendría lugar en la cobertura de los informativos de televisión de Montevideo.
El jefe de Policía dijo no tener dudas de que Flores es una de las zonas más seguras del país. "Lo demuestran las estadísticas y la convivencia diaria", dijo. El funcionario ha notado que eso es valorado por personas que no son de ese lugar, que han elegido Trinidad como ciudad para instalarse a criar a sus hijos.
De todos modos, Ortiz es el primero en reconocer que la seguridad en el pueblo ya no es la que era. De hecho, él se encarga de advertirle a la gente que la época de dejar las puertas y las ventanas abiertas forma parte del pasado. Y algunos siguen el ejemplo. Es el caso de Marta, una señora que desde que se enteró de una serie de robos toma todas las precauciones para evitarlos. Pero a otros habitantes de la zona les cuesta adaptarse a los nuevos tiempos y no parecen estar muy preocupados por la delincuencia.
La ciudad mantiene ese estilo de vida pausado típico del interior. Al mediodía, los comercios cierran. La gente almuerza tranquila en sus casas y algunos aprovechan para dormir la siesta.
La sensación es que nunca va a pasar nada y paradójicamente eso es lo que más le preocupa al jefe de Policía. Teme que esa rutina lleve a los policías a descansarse y no estar lo suficientemente alerta si un día aparece una situación compleja.
La poca cantidad de pobladores y el conocimiento que tiene la Policía de quienes son los delincuentes de la zona colaboran con la estrategia de seguridad. En ese departamento viven 25.050 personas, según los datos del último censo. A juicio de Ortiz, también influyen otros aspectos, como por ejemplo que no existan asentamientos. También hay decisiones firmes de la Policía que inciden. Una de ellas es que no se permite que haya gente pidiendo dinero en los semáforos. Los vecinos suelen denunciar cuando encuentran gente mendigando y los policías van a explicarles que está prohibido. Usualmente, las personas dicen que están haciendo dedo hacia otras zonas. Entonces, los policías los suben a la camioneta y los dejan en la ruta para que sigan su camino.
Aunque añoran tiempos mejores, los habitantes de Trinidad están orgullosos de cómo viven y muchos dicen que cuando van a Montevideo por algún trámite sueñan con que llegue la hora de volver a Flores. Es el caso de Sergio, quien suele viajar a la capital a visitar a su hijo. Cuando por fin llega la hora de volver a sus pagos y abandonar esa ciudad repleta de rejas y cercas eléctricas, Sergio siempre piensa lo mismo: "Los montevideanos cumplieron su sueño de la cárcel propia".
El sheriff civil que impuso su estilo
Justo Raúl Ortiz disfrutaba de su licencia anual como actuario del Poder Judicial cuando sonó el teléfono. Era el, por entonces, diputado frenteamplista por Flores, Guzmán Pereira.
"Mirá que vas a ser el jefe de Policía", le dijo. Ese llamado lo tomó por total sorpresa ya que, si bien siempre fue frenteamplista, nunca militó en política. En marzo de 2010 asumió y este año fue ratificado en el cargo por el nuevo gobierno. El escribano Ortiz se convirtió de ese modo en el único jerarca policial departamental civil. "Es una experiencia nueva, de mucha responsabilidad y gratificante", dijo a El Observador.
Dado que no tiene una carrera policial que lo respalde, lo primero que decidió fue entender que él no está en el cargo para enseñar a los oficiales a cumplir su tarea. Pero sí le pareció importante cambiar el rumbo de la institución dando una impronta "no castrense".
Dijo que en eso consiste ser innovador y, por ejemplo, tomó la decisión de modificar el sistema de ascensos. Hasta ahora, se utilizaba lo que en la jerga policial y militar se llama respetar "la derecha"; es decir, promover a quien tenía mayor antigüedad.
Ortiz desechó dicho sistema y firmó resoluciones "teniendo en cuenta la capacidad por sobre la derecha".
Una de las decisiones más removedoras que tomó fue poner a una mujer al frente de la principal comisaría del departamento, dado que destaca el desempeño femenino haciendo uso del uniforme.