El jueves 9 de agosto de 1945, el piloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, Charles W. Sweeney, de 25 años, estaba a cargo del bombardero Bockscar, uno de los 15 flamantes B-29 que la compañía Glenn Martin había entregado a las Fuerzas Armadas en marzo de ese año.
Tres días antes, el lunes 6, Paul Tibbets, otro piloto que comandaba otro B-29 bautizado Enola Gay, había dejado caer una bomba atómica, a la que llamaron Little Boy, sobre la ciudad de Hiroshima.
Tibbets arrojó el artefacto mortífero a las 8.15 de la mañana. En 55 segundos, la bomba alcanzó la altura determinada para su explosión, unos 600 metros sobre la ciudad. Los vientos hicieron que no cayera sobre el blanco principal, el puente Aioi, sino a unos 300 metros.
Sweeney, tres días después, llevaba a Fat Man, como habían bautizado esa nueva arma, desconocida por la humanidad hasta el lunes 6 de agosto, pero que había sido probada el 16 de julio en los Estados Unidos, en el desierto de Nuevo México, tras años de estudios del llamado Proyecto Manhattan que estuvo dirigido por el físico Robert Oppenheimer, un científico de origen judío que estaba convencido de que las bombas que ayudaba a fabricar serían dirigidas contra los nazis.
Sin embargo, los días 6 y 9 de agosto ya habían dejado atrás las bombas en Europa, todo indicaba que el propio Adolf Hitler se había suicidado cuatro meses antes. Harry Truman, presidente de los Estados Unidos, sabía que unos 100.000 japoneses habían muerto por los bombardeos convencionales sobre ese país, llevados a cabo por su Fuerza Aérea desde enero de ese año hasta que decidió lanzar los artefactos nucleares.
Pese a que Japón estaba devastado y el frente europeo ya no existía, el emperador Hirohito no se rendía. Truman estaba, además, obsesionado con ganar la carrera que venía tras las cenizas europeas y los 60 millones de muertos en ese continente. La nueva disputa era con su aliado José Stalin, presidente de la Unión Soviética, país que también estaba desarrollando investigaciones para hacer bombas atómicas.
El piloto Sweeney no debía pensar que se abría una nueva era de la humanidad cuando esa mañana manejaba el flamante B-29 con Fat Man a bordo, un artefacto de casi cinco toneladas, capaz de hacer una explosión de 21 kilotones, cinco más que Little Boy. Una kilotonelada de trinitrotolueno era una dimensión desconocida para los fabricantes de bombas. En consecuencia, las 16 lanzadas en Hiroshima más las 21 que viajaban a bordo del bombardero Bockskar eran el preámbulo de la nueva era de la humanidad.
Sweeney buscó el blanco para Fat Man aquel jueves 9 de agosto. Su B-29 Bockscar tenía orden de atacar astilleros. Inicialmente el blanco era la ciudad de Niigata, pero como estaba lloviendo, Sweeney se dirigió a Kokura. Y como allí había niebla, no pudo ubicar el blanco. Tras deambular un rato y ver que no contaba con suficiente combustible, el piloto decidió enfilar a Nagasaki, el último blanco alternativo planteado por la comandancia.
Desde las alturas, Sweeney dejó caer la bomba en la ciudad portuaria de Nagasaki a las 11.02 de la mañana. El Grupo de Operaciones 509, al que pertenecían los dos B-29 que lanzaban las bombas atómicas había sido creado en diciembre de 1944, en paralelo con el despliegue que el Proyecto Manhattan llevaba a cabo en Nueva México. La humanidad todavía no había contabilizado los muertos de la Segunda Guerra y los Estados Unidos inauguraba lo que algún día podía ser una guerra nuclear.
Antes de lanzar sus aparatos mortíferos, los pilotos de ese grupo habían realizado varias misiones de reconocimiento. Partían desde las islas Marianas, un archipiélago ubicado a unos 2.500 kilómetros al sur de Japón, que estaba bajo dominio estadounidense. Los B-29 tenían suficiente autonomía para ir y volver, viajar a gran altura para no ser detectados o no llamar la atención de los radares japoneses porque iban apenas con dos aviones más de apoyo.
A las 11 de la mañana, el cielo estaba cubierto de nubes, Sweeney tenía que decidir entre volver o valerse del radar para precisar el blanco. Hizo eso, y Fat Man falló por una distancia considerable, cayendo no sobre los astilleros sino sobre el hospital de cirugía Shima.
El piloto vio el hongo expansivo, luego escuchó el rugido de los 21 kilotones de la bomba que acaban de lanzar. En la ciudad costera japonesa, en la que muchos siglos antes habían llegado portugueses y holandeses, murieron de forma inmediata 35.000 de sus 240.000 habitantes. Una cantidad similar moría en las horas y días sucesivos por efecto de las radiaciones.
Entre los fallecidos, había 6.200 de los 7.500 trabajadores japoneses de la planta de municiones de Mitsubishi. El resto de los muertos eran también civiles. El ejército japonés, cuando contabilizó las bajas, comprobó que sólo había perdido 150 soldados.
¿Por qué Fat Man produjo menos muertes que Little Boy pese a ser más potente? Cuando el comando estadounidense analizó los resultados vio que Nagasaki se encuentra en una zona montañosa que limitó los efectos de las ondas expansivas.
Las fuerzas militares de Japón quedaron bajo un efecto de knock out. Nagasaki no se inspeccionó hasta después de una semana, cuando la ciudad era ya un osario silencioso. Los que lograron sobrevivir más allá del radio de acción de la bomba tuvieron que asistir a las oleadas de heridos, en su mayoría graves, con los riesgos de contagiarse las radiaciones.
El emperador Hirohito, seis días después habló por cadena de radio a todo el país para anunciar la rendición incondicional. El presidente Truman supo que, en el ajedrez de la Guerra Fría, le mostraba a José Stalin que no tenía límites y que, además, ya tenía esos modernos artefactos mortíferos.
Tras la guerra, la ciudad fue reconstruida, aunque ampliamente modificada. Se construyeron nuevos templos e iglesias. Algunos de los escombros fueron dejados intactos en memoria y se levantaron nuevas edificaciones con el mismo objetivo, como el museo de la bomba atómica. Nagasaki es hoy día una ciudad portuaria con una rica industria naval.
El piloto Sweeney murió el 16 de julio de 2004. Justo el día en que se cumplían 59 años del ensayo nuclear Trinity en Nueva México. Tenía 84 años.
El presidente Truman murió a los 88, el 29 de diciembre de 1972, cuando muchos bombarderos estadounidenses lanzaban el mortífero agente naranja en Vietnam.
El emperador Hirohito murió a los 88 años, el 7 de enero de 1989. Exactamente tres años y un día después, el entonces presidente George W. Bush, le vomitó accidentalmente sobre su regazo durante una cena al primer ministro Kiichi Miyazawa, quien había invitado al mandatario estadounidense y a una amplia delegación a su propia casa.
Son nueve los países que tienen autorizados los arsenales nucleares por las Naciones Unidas. En total, las mucho más sofisticadas bombas suman unas 13.000. Suficientes para exterminar la vida en el planeta.