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Si el concepto buddy movie (o película de amigotes) se creó a inicios de la década de 1980 y se marcó a fuego hasta transformarse en un subgénero con obras tan valiosas como la saga de Arma mortal, las dos 48 horas de Walter Hill o ya más cercanas en el tiempo las combinaciones de Jackie Chan con Owen Wilson (en Shanghai Noon y Shanghai Knights) y con Chris Tucker (Rush Hour), existe otra división del mismo concepto –el de juntar casi que a la fuerza a dos caracteres antagonistas– pero que involucra siempre un viaje. Este viaje funciona como superación o incluso iniciático, hasta que los dos personajes que lo protagonizan aprenden lo justo y necesario del otro, y salen redimensionados de la experiencia.

La piedra fundamental de este subgénero es la gloriosa comedia Planes, Trains and Automobiles, creación del legendario John Hughes, donde el estirado Steve Martin y el torpe John Candy se veían obligados a viajar por todo Estados Unidos en los vehículos que dan nombre a la película, sufriendo mil y una penurias durante el viaje. Más recientemente, se realizó Due Date, casi un remake de la anterior, donde el serio Robert Downey Jr y el delirante Zack Galifianakis tienen vivencias semejantes. Más parecida a la segunda que a la primera, Ladrona de identidades nos presenta por un lado a Sandy Patterson (Jason Bateman) un abnegado padre de familia, trabajador dedicado, hombre serio y ordenado, cuya identidad es robada por una mujer que responde a muchos alias, pero que termina aceptando el nombre de Diana (Melissa McCarthy), quien con un puñado de tarjetas de crédito directamente le arruinará la vida. A su captura parte nuestro protagonista y el viaje que ambos deberán realizar juntos –donde intervienen además mafiosos, un rudo cazarrecompensas y personajes secundarios de lo más variopintos– será determinante para volverlos mejores personas.

¿Dónde falla Ladrona de identidades? La historia de Craig Mazin y dirigida por Seth Gordon (responsable de la mucho mejor Quiero matar a mi jefe) es absolutamente predecible y la hemos visto antes mil veces. El desarrollo de los personajes y de la historia es el lógico y el evidente –se ve a kilómetros de distancia, por ejemplo, a quién le robarán la identidad en un momento de necesidad; cómo lograrán burlar a sus perseguidores; etcétera– y falla rotundamente en generar la más mínima empatía con el personaje de Diana, que es sencillamente odioso, sin más vueltas.

Ni siquiera cuando ocurre un giro melodramático –exageradísimo, para lograr dicha empatía– importa el destino de la ladrona de identidades, a la que uno desea continuamente daño y sufrimiento. Mucha responsabilidad en esto tiene la actriz Melissa McCarthy quien, en palabras del crítico Rex Reed del New York Observer, ha construido una carrera cinematográfica a partir del mismo personaje: alguien ordinario y grotesco que caricaturiza a todas las personas con sobrepeso. Si bien McCarthy por momentos es graciosa, en Ladrona de identidades no hace más que darle la razón a su feroz crítico y es el cúlmine de cuanta ordinariez, mal gusto y extremo desagrado pasan en el metraje.

Pero hay cosas que sí funcionan en la película. Especialmente Jason Bateman, quien, siguiendo la estela de su protagónico en la legendaria Arrested Development, hace un gran personaje a partir de un tipo normal al que las situaciones empiezan a llevar de cabeza. También hay momentos divertidos – uno en particular, deudor del humor físico, que involucra varias serpientes–, buenos aportes de un par de roles secundarios (el siempre rendidor Robert Patrick entre ellos). En esencia, Ladrona de identidades es una película ya vista antes, hecha con más talento tanto en la década de 1980 como en versiones recientes, con un pequeño baño de anécdota policial que no llega a refrescar el producto final, algún chiste apenas efectivo y una protagonista que hizo lo mismo antes en Bridesmaids (La boda de mi mejor amiga, 2011) y hará lo mismo dentro de muy poco junto a Sandra Bullock en The Heat. Un producto fácilmente digerible y descartable. l

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