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El adjetivo de la bajada de esta nota no tiene nada de irónico ni de reprobatorio. Conviene aclararlo desde el principio porque en esta variante de programas de concursos, tan dados a ser una mera excusa para la explotación de eventos de farándula (peleas, escándalos, acusaciones subidas de tono y demás concepto de TV chatarra) siempre lo que se concibe como “artístico” es un concepto difuso que apenas sirve como legitimación de todo lo otro que sucede y que en realidad hace a la venta del programa y, aparentemente, al rating.

Pero no se puede decir que la primera gala del Soñando por cantar uruguayo haya tenido siquiera algo de eso. Si acaso, el histrionismo y los excesos de emotividad del conductor Mariano Iudica eran uno de los pocos contactos con el imaginario de la farándula tinellizada que invade en horario central la tele abierta local.

Por lo demás, el show televisado del Palacio Peñarol (que ayer continuó con las finales y la semana próxima se traslada hacia Paysandú) tuvo tres elementos más bien alejados de ese concepto: una producción tan buena como para disimular las carencias sonoras consabidas del Palacio Peñarol (al menos para la TV), un jurado compuesto por cuatro personalidades siempre bien recibidas por un público uruguayo que no los incluye dentro de la clásica pedantería de muchos artistas o duendes faranduleros argentinos (Patricia Sosa, Valeria Lynch y Alejandro Lerner son bien recibidos y están lejos de ese perfil). Y por último los cantantes, 15 uruguayos que, con su voz, dieron un buen nivel en la ejecución y también la emotividad, el último componente que hace funcionar a un programa como Soñando por cantar.

Del resultado de la primera noche (récord, ya que en ninguna otra gala 10 de los 15 participantes pasaron a la final) quedaron dos ideas flotando: la primera, innegable, que los competidores uruguayos aprobados en un multitudinario casting (en el que popes de la movida tropical como Gerardo Nieto y Alex Stella quedaron fuera y otros como Pablo Cocina –que proviene del carnaval, de parodistas Caballeros– sí accedieron) tienen nivel, y que los jurados argentinos estuvieron en la gala para celebrar las canciones elegidas por ellos y sus performances y poco más.

No hubo “bajadas de palanca” (acción que hace el jurado para bajarle el pulgar a la performance de un artista) ni tampoco demasiados comentarios técnicos sobre las aptitudes o errores de los ejecutantes. “Ganamos todos porque hay talento y luz desde el escenario” dijo Oscar Mediavilla, productor musical, marido de Patricia Sosa y cuarto jurado. Hubo poco de cultura uruguaya más allá de un momento de candombe, pero no tiene sentido reclamárselo a un programa así. Este show no viene a ver a los uruguayos “en su salsa”, sino a escuchar sus voces.

Quizá Diver Martínez, un cantante de alma que se gana la vida como verdulero, lo haya definido mejor que ninguna de las arengas en plan de hermano mayor de Iudica (“revolucionaria noche uruguaya”, “ustedes son tan educados”, etcétera). Dijo el cantante amateur: “No saben lo que es la emoción de estar acá arriba. Lo más lindo de la vida es cantar”.

El momento con Diver, emocionado como todos los participantes de estar cerca de sus ídolos argentinos, no necesitaba el riguroso piano emotivo de fondo que acompañaba cada escena de emoción y lágrimas de los 15 participantes locales que pasaron por el escenario. Lo que ahí había era una, 10, 15 buenas historias de personas que han encontrado en el canto un motivo de felicidad y tuvieron la noche de sus sueños, y vaya a saber qué más de ahora en adelante gracias a esa pasión. Y todo en un programa que llegó a inusitados récords de audiencia y gran seguimiento en redes sociales. En definitiva, un programa que cumplió con su cometido.
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