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La crisis externa que el Frente estaba esperando

 La grave situación argentina no explica los errores cometidos por el gobierno uruguayo, que son propios y muchos. Pero los agravará

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04 de septiembre de 2018 a las 05:01

La maxidevaluación del peso argentino crea evidentemente un problema de fondo a la economía uruguaya. Una corrección cambiaria de importancia estaba preanunciada, porque las barbaridades en el gasto estatal del vecino eran evidentes y su cuenta corriente comercial inviable y absurda. Como ocurre en los casos de atrasos en la paridad, se produjo el overshooting. 
Este sobreajuste en el valor del dólar tuvo que ver, además, con un manejo financiero algo precario pergeñado por las autoridades y por el Fondo Monetario Internacional (FMI), que acordaron no usar reservas para contener la apreciación excesiva, y de paso decidieron publicitar esa decisión, algo equivalente a decirle al enemigo que las balas que se le disparan son de fogueo o a contarle al guepardo a qué hora y por dónde pasará la gacela. La columna sostiene que el mercado de divisas debe funcionar con normas de total libertad, sin la participación del Estado en cualquier formato, pero el sistema de “flotación administrada” tampoco administró nada, o lo administró mal. 

Una demanda baja, sin vendedores, y sin el Central interviniendo o haciéndolo escasamente (más la especulación de buena y mala fe), llevó al tipo de cambio al actual valor, que seguramente el gobierno no intentará bajar demasiado por ningún método, porque le resuelve varios problemas, entre ellos el valor en dólares de las lebacs, amenaza que se ha reducido dramáticamente, y el de la balanza de pagos, en especial la turística, donde los argentinos de todos los niveles se cebaron gastando US$ 10.000 millones, en su mejor estilo “pagadios”. 
A valores constantes, esta paridad es equivalente a la que tuvo Néstor Kirchner al comienzo de su gobierno, y posibilitó, por única vez en la historia, el doble superávit comercial y fiscal. De modo que es previsible que se mantenga ese nivel, a la vez que la recesión y un freno de la emisión pactado con el FMI hace suponer que no habrá un pasaje tan rápido a precios, y si lo hubiera sería acompañado por la flotación sucia.

Y aquí se plantea el primer problema para Uruguay, que ya ha reaccionado vendiendo reservas considerables para mantener quieto el tipo de cambio, justamente lo opuesto a lo que debe hacer. Es adecuado evitar un salto brusco y suavizar la suba del dólar, pero no sería correcto no permitir una devaluación gradual que tendiera a acercarse a la de los dos vecinos. Salvo que se quiera tener un problema muy parecido al de Argentina. 

Es cierto que con dólar barato se ganan elecciones, pero se puede perder una estabilidad y solidez económica no renunciables. Impedir esa suba no sería un acto de prudencia, sino, al contrario, una falta de responsabilidad, lastimaría más de lo que lo está al empleo y golpearía sobre el grado inversor. Adicionalmente, un tipo de cambio bajo ahuyenta la inversión de largo plazo, que no vendrá a hundir capitales que luego sufrirán una pérdida importante por la devaluación demorada, igual que los dividendos. Ese concepto incluye a UPM y las obras periféricas de infraestructura por PPP, que no digerirán esa situación. 
Y un peso demasiado caro obliga a financiar el déficit con más dólares, que como se sabe provienen de emisión de deuda, cuyos intereses, además del efecto de las subas de la Fed, serán empujados al alza por la exigencia de los inversores financieros. Con lo que habría que esperar dificultades en este rubro. 

Más grave aun es el efecto de la recesión argentina, tras el nuevo acuerdo con el FMI. Tanto con los cambios impositivos, como si se recortan obras públicas, o si se usan altos intereses para frenar la inflación o el apetito por el dólar, la recesión durará bastante más que los tres trimestres que barajaban los optimistas. Con lo que es obvio que turismo y exportaciones orientales sufrirán un doble efecto de volumen y precio.

Las exportaciones tendrán también algún ataque por el accionar de la competencia argentina, hasta ahora adormecida por tipos de cambio relativamente bajos y costos crecientes en dólares. Uruguay, que se benefició del cepo y atraso cambiario del kirchnerismo, su odio a las empresas y su sabotaje a las exportaciones, se enfrenta ahora a la situación opuesta.
Sin embargo, el gobierno del Frente Amplio ha encontrado la crisis a la medida de lo que necesitaba para disimular los efectos nocivos de sus políticas, que están generalizándose y evidenciándose cada vez más.

El desempleo acumulado –y la no creación de empleos que es más grave socialmente– serán ahora culpa de la crisis argentina. Ya no deberán los jerarcas del Frente ni de su auditor el PIT-CNT hacerse cargo de las consecuencias lastimosas de su reparto de aumentos, correctivos y concesiones sin correlatos con la producción. Ni por los juicios sistemáticos, o por el despropósito de considerar la toma de fábricas como parte del derecho de huelga, algo fatal para las radicaciones y la contratación de personal. O el fomento del criterio antiempresario que se percibe en los trabajadores, que creen que la empresa es un enemigo a destruir. Tampoco se aceptará que la culpa por el encarecimiento de los bienes transables, compuestos de impuestos, costos laborales y tarifas que son impuestos, que frenan cualquier intento de exportar algo de valor agregado. 

Todo será culpa de la crisis argentina, más la brasileña, la turca, o alguna otra que se halle a mano. Como lo serán los cierres de empresas a las que el gremialismo exagerado y ensañado ha tornado inviables hasta su extinción. 
“Tenemos una economía dependiente de los vecinos más grandes”, se oye decir en una actitud de subordinación y resignación inaceptables, que es también una excusa. Para evitar tal dependencia habría que haberse relacionado con el resto del mundo, cosa que el Frente o su auditor antidemocrático, el PIT-CNT, se encargó de evitar, demorar o diluir hasta la nada cuando había oportunidad de hacerlo. La única sociedad que se toleró fue con el Mercosur, que tiene justamente como capataces a dos naciones proteccionistas y prebendarias, que reservan para Uruguay un papel minúsculo, y que jamás permitirán competir ni beneficiarse de la libertad de comercio. 

Para prepararse para las crisis externas –inevitables y con efectos más graves cuanto más cerrado sea el país– se debió aplicar políticas anticíclicas, en vez de repartir todo lo que entraba con el dispendio populista ganavotos. Crear un fondo de estabilidad como hicieron países de economías similares. Por supuesto que esta reversión de las tendencias mundiales esperadas, previsibles y anunciadas en muchos casos, pegará más fuerte en quienes se han fabricado una dependencia de la deuda, el gasto, el déficit, o tienen un sistema laboral inelástico que atrasa medio siglo. O que desperdician sumas ingentes en seudoempresas mal administradas como ANCAP y otras.  
Sin embargo, la culpa será de la crisis argentina, lo que también servirá de excusa y justificativo para dar alguna sustentabilidad al estúpido proyecto impositivo confiscatorio, casi la única propuesta del Frente Amplio en su campaña para 2019, que puede resumirse: “Ante la crisis externa que nos ha caído, lo lógico es que las clases pudientes colaboren con una parte de sus ingresos, sus ahorros y su capital a mantener todas las conquistas que hemos logrado e inclusive a aumentarlas, porque es nuestro derecho”. 

Si eso ocurre, Uruguay acompañará el próximo año orgullosamente en la crisis a sus dos socios bobos. Claro que el Frente no despierta el mismo afecto financiero internacional que Macri o Batlle. Habrá que tenerlo presente.

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