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Una comparación obvia sería la del ave fénix: que Berlín, como aquel animal mitológico, ha sabido renacer de las cenizas –literales– para reinventarse una y otra vez. Pero, con esta ciudad, cuya historia es tan visible como los grafitis de sus paredes, las comparaciones no terminan de encajar.

Es “como Nueva York en los 80”, alegan muchos de los peregrinos que van en busca de la libertad y el multiculturalismo de aquella ciudad insomne de otros tiempos. Pero Berlín, ciudad de dualidades, cambia a un ritmo que hace difícil imponer encasillamientos.

Si bien se la podría denominar “otra ciudad que nunca duerme” este es un lugar algo más complejo. Es una metrópoli construida sobre las cicatrices de guerras, holocausto y cortina de hierro, algo que nunca deja olvidar y que convive con la frescura y la promesa de una ciudad llena de jóvenes. Como puede ver cualquier transeúnte de las calles berlinesas desde hace unos 20 años, lo que definió la cara de la ciudad actual fue, en gran parte, lo que sucedió después de todo aquello.

La caída del muro
En 1989, al caer el muro –uno de los sucesos históricos más presentes aún–, Berlín vivió lo que pocas capitales del mundo han vivido: se vació. De ser un punto focal de tensión durante más de 30 años fríos, el monstruo urbano, explayado y con promesas de industria, fue anfitrión de un éxodo masivo. Literalmente fue “tierra de nadie”.

No tardaron mucho en aterrizar los artistas y punks. Edificios enteros, desde residencias a fábricas y un aeropuerto, armados contra el frío y vacíos, fueron rápidamente ocupados. Así, gran parte de la ciudad –más exactamente, el antiguo lado comunista– se transformó en barrios enteros de ocupas.

Uno de ellos fue Friedrichshain, preferido hoy por muchos por ser un barrio tranquilo y colorido, con pocos vestigios de los estilos de vida anárquicos de algunos de sus residentes. Edificios grises, descuidados y tapados de grafitis y banderas con eslóganes de protesta política contrastan, más fuertemente que nunca, con aquellos a sus alrededores. Los hombres y mujeres de cortes mohicanos teñidos de colores conviven con las familias que crían a sus hijos en una de las zonas de Berlín que más crecimiento alcanzó en los últimos años. Y gracias a este desarrollo es que son cada vez menos.

Es que hoy, a 50 años de la construcción del muro de Berlín, la capital alemana vive (otro) momento bisagra. La cara de la ciudad, destruida y rearmada infinitas veces, se pone, por primera vez, una máscara nueva: la del aburguesamiento.

Uno a uno, los edificios de ocupas fueron quedando en manos de la municipalidad, cuyos hombres uniformados hicieron valer los avisos de desalojo. Fue así hasta que solo quedaron algunos pocos, icónicos. Uno de ellos, Tacheles, es un lugar de renombre mundial, un instituto de arte que ocupa hace 21 años un edificio enorme en pleno centro, donde alguna vez fue un centro comercial y luego una cárcel nazi.

Con cientos de artistas –pintores, escultores, músicos, artesanos– asociados de alguna manera con el instituto, la legendaria casa de arte Künsthaus también se enfrenta a sus últimos días. Pero, como sucedió en los otros casos, estos ocupas no se van sin pelea. Desde demostraciones y motines, los artistas de Tacheles han dejado claro que no tienen intenciones de irse.

El aviso oficial de desalojo por parte del banco HNH Nordbank, dueño del predio, en abril de este año, fue seguido de una donación anónima de 1 millón de euros para que el café y el teatro situados en el complejo abandonaran el sitio. Y, aunque estos últimos se hayan ido, los artistas con sus obras en exposición y las latas para donaciones junto a peticiones para firmar tituladas Sparen Tacheles (“salven Tacheles”) se mantienen firmes.

Hasta hay muestras temporarias en el edificio, cuyos habitantes no ofrecen indicio de preocupación alguno.

Una de ellas es un pedazo curioso de la realidad sudamericana. Se trata de una serie de dibujos nacida del intercambio artístico entre el artista plástico argentino Pedro Cuevas y los internados del hospital psiquiátrico Borda, de Buenos Aires.

Los pacientes, para nada ajenos al ojo público, ya han ganado notoriedad internacional gracias al disco Radio La Colifata que Manu Chao grabó con ellos en la emisora homónima del instituto.

La radio, ideada como método terapéutico para los pacientes, ha dado vida a un centro cultural Borda. De ahí nació la muestra que habita, en este momento, en este pedazo de historia en peligro de extinción.

A su lado, los vecinos: restaurantes caros y tiendas de ropa de diseñador. Es un cambio de look que está atravesando gran parte de Berlín, pero que, por ahora, no termina por conquistar el aire relajado y despreocupado de esta ciudad que se distingue tanto por su “fealdad” como por sus intentos de eliminarla.
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