Vivimos en un universo radiactivo. Los rayos del Sol, imprescindibles para la existencia de la vida en la Tierra, nos aniquilarían si no contásemos con la protección de una especie de membrana magnética que rodea nuestro planeta. Esta barrera, producida por el núcleo de hierro de la Tierra, detiene gran parte de la radiación nociva que nos llega del espacio. Una segunda línea de defensa, la capa de ozono, absorbe los rayos ultravioleta UV-B y UV-C, producidos por el Sol, que, además de dañar a los seres vivos, son capaces de alterar los procesos de fotosíntesis, imprescindibles para la existencia de vida. Sin embargo, los rayos de la muerte también han podido tener un papel fundamental en la aparición de los seres vivos y su evolución. Y no solo los que proceden del Sol.
La evolución de la vida puede ser un reflejo de la evolución de la galaxia
Los estallidos de supernovas pudieron provocar incrementos en la diversidad de las formas de vida en la Tierra y cambios climáticos extremos