Las dos torres del World Trade Center desplomadas y el Pentágono agredido en una de sus caras han sido de esas imágenes impactantes y macabras que no se olvidarán jamás. Hoy hace 10 años de un acontecimiento que cambió el mundo y que abrió el siglo XXI. Dejó instalados temores, prejuicios y cierta conciencia del terrorismo que antes no se poseía y que se mantiene tras una década con su consecuencia de dos guerras que provocaron más muertes de las que dejaron estos atentados.

En el año del décimo aniversario de aquellos acontecimientos sobrevino la muerte –¿o asesinato?– de Osama bin Laden, el 2 de mayo de 2011, que cerró una parte de la guerra contra la red terrorista Al Qaeda y contra el terrorismo islamista en general. Sin embargo, como era de esperar, no logró acabar con el capítulo de las disputas en Afganistán e Irak, libradas desde 2001 y 2003 respectivamente, ambas frutos de lo ocurrido una década atrás.
Los resultados en los dos países árabes, a los que bien podría sumarse Pakistán con el que Estados Unidos ha mantenido un vínculo de cooperación, últimamente puesta en tela de juicio, no han sido los más alentadores pese a que se registraron algunos avances. En Irak, la invasión que ordenó el entonces presidente George W. Bush en contra de los mandatos de la ONU, y con la idea de hallar armas de destrucción masiva –nunca encontradas–, dejó atrás la lúgubre época de Saddam Hussein. Pero hasta el día de hoy, cuando Washington prepara la salida definitiva de la mano de Barack Obama, la inestabilidad política y social mantiene grados alarmantes en esa nación árabe.

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Los grupos aliados a Al Qaeda aún logran perpetrar atentados. Mientras, los talibanes, aliados de la red terrorista en Afganistán, pese a perder el control del país hace 10 años, dominan vastas extensiones, en donde la producción de opio alcanzó un nuevo récord.
En las dos guerras las muertes y el tiempo sobre terreno superaron las expectativas.
“Diez años después, el número de muertes causadas por el acto terrorista más atroz de la historia moderna es incalculablemente mayor. Los cuatro secuestros de aviones y atentados suicidas coordinados que llevaron a cabo Al Mindhar, Al Hazmi y otros 17 combatientes santos aquel 11S desencadenaron dos guerras, en Afganistán e Irak, que han costado, por lo bajo, 250 mil vidas. El número de víctimas totales es imposible de saber, pero si se calcula que por cada uno de los seis mil y pico de soldados estadounidenses muertos han resultado heridos siete, la cifra debe de ser muy superior al millón”, escribió el periodista John Carlin para El País de Madrid.

Tras el golpe nefasto, que mostró de forma pasmosa la vulnerabilidad de Estados Unidos, la guerra contra el terrorismo se deslizó entre victorias y derrotas, entre ideas fallidas de exportación de democracia y más atentados en el mundo, como el del 11 de marzo de 2004 en Madrid y el del 7 de julio de 2005 en Londres, con el sello inconfundible de Al Qaeda. Pero, eso sí, no volvió a suceder en suelo estadounidense.

“Uno de los hechos más extraordinarios de la guerra que comenzó el 11S fue que no hubo más ataques en Estados Unidos. Si me hubieran preguntado en aquella fecha sobre el atentado, hubiera dicho que era el primero de una serie de ataques. Razoné así al seguir la estrategia de Al Qaeda, porque operaron con gran efectividad técnica y buena organización”, explicó en un análisis George Friedman del think tank Stratford.

Las guerras y ataques que una amplia gama de células islamistas llevaron a cabo en estos dos lustros han logrado que el 11S deje una gran estela de temores, sensaciones variadas de inseguridad, paranoias y prejuicios. Occidente espera el próximo golpe.

“Ahora existe un mayor miedo hacia el terrorismo. La amenaza ha sido exagerada, lo que ha aumentado nuestra paranoia. Una razón es que nuestros líderes han utilizado la amenaza terrorista para generar apoyo para temas que no están relacionadas con ella, como la guerra en Irak y el aumento de los gastos de defensa”, aseguró a la agencia EFE Benjamin Firedman, investigador en temas de Defensa y Seguridad Nacional del Cato Institute de Washington.
Estados Unidos, además del gasto bélico que en su conjunto alcanza los cuatro billones de dólares en una década, invirtió más de US$ 100.000 millones en seguridad aérea con la que implementó las más variada gama de detectores de metales y de registros, y que generó una alta antipatía hacia el personal de los aeropuertos estadounidenses. Ha sido un reflejo patente de la paranoia por la seguridad de este país. Según un informe de 2010 del diario The Washington Post, la organización montada por la Casa Blanca para ofrecer seguridad integró 1.200 agencias gubernamentales, 1.900 empresas privadas y 854 mil personas involucradas en las tareas de protección.

Todo ese operativo inflamó la postura de Washington frente al mundo: torció su política exterior hacia Medio Oriente y revisó su visión mundial. Sobre la “guerra contra el terrorismo” y el denominado “eje del mal” de Bush, Estados Unidos planificó las nuevas alianzas y los nuevos enemigos.

El nuevo panorama y las flamantes medidas implementadas por temor a nuevos ataques se clavaron en el ánimo de la gente, del estadounidense en especial, que tomó una conciencia del terrorismo como nunca antes. Los ciudadanos de Estados Unidos fueron capaces de capitular derechos civiles –¡nada menos!– con tal de que el gobierno, el FBI y la CIA les proveyera de más seguridad. En ese país y en el mundo occidental, los árabes y los que profesan la fe musulmana pasaron a ser satanizados, personas sobre las que había que tener cuidado y desconfiar, individuos con alta capacidad de corrupción, terroristas en ciernes.
“Cuando los responsables no pueden ser castigados directamente, la gente arremete contra objetivos que perciben similares, en algún aspecto, a quienes cometieron el ataque”, dijo un artículo de la Asociación Estadounidense de Psicólogos titulado “La expulsión de Disneylandia”.

“Al Qaeda no solo ha envenenado las relaciones entre los países. Ha envenenado las mentes. En todas las naciones musulmanas la mayoría rechaza la idea de que los atentados del 11S fueron perpetrados por árabes. Una encuesta de Pew Global Attitudes Project evidenció que el mundo islámico y el occidental ven al otro como fanático y violento”, señaló una nota de The Economist.

El concepto de seguridad, que viene cargado de patriotismo, forjó las guerras en Afganistán e Irak, justificó los abusos en la cárcel de Guantánamo, pero no consiguió vencer aún una guerra muy particular, en la que el enemigo está en muchos lugares, sin una sola bandera, en terrenos difíciles de transitar. Las cosas están dadas para que el conflicto sea largo y con un final sin ganador claro.

“Hoy, ideologías radicales religiosas, nuevas tecnologías baratas y armas poderosas catapultaron el mundo a un ‘período de persistente conflicto’, de acuerdo a un estudio sobre seguridad global del Pentágono”, señaló un artículo de The Washington Post. El articulista agregó: “Con esta lógica, las guerras de Estados Unidos no tienen fin y cualquier conversación de paz es quijotesca e ingenua”. l
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