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En algún lugar de la ficción, y proveniente de 1985, el 21 de octubre de 2015 aterrizó la máquina del tiempo que transportaba a Marty McFly en la ya clásica saga cinematográfica de Volver al futuro.
Montado en el auto DeLorean, el personaje se encontró con un mundo que, de alguna manera, mostraba lo que buena parte del imaginario colectivo suponía que ocurriría treinta años hacia adelante: autos y patinetas voladoras, ropa con memoria, hologramas callejeros, entre otras cosas que todavía no llegaron.

En aquel 1985 también la democracia reiniciaba su viaje en Uruguay luego de 12 años de una historia de terror muy real que tuvo como principales víctimas a militantes y dirigentes de izquierda. Aquella izquierda reapareció desde la clandestinidad con las consignas históricas que reflejaban lo que, creían, sería la sociedad del futuro: un continente peleado a muerte con el imperialismo norteamericano, un país sin pobres y una sociedad solidaria, entre otras cosas que, como en la película de Hollywood, todavía no llegaron.

En este 2015, con el Frente Amplio en el gobierno, las cosas suelen parecerse poco al futuro proyectado.
Para empezar, treinta años atrás, la pintada con la leyenda "yanquis go home" era una de las preferidas por los militantes que interpretaban lo que pregonaban los dirigentes.
Si hubieran podido ver hacia adelante se habrían sorprendido ante la imagen del primer presidente de izquierda, Tabaré Vázquez, abrazado a George Bush, uno de los mandatarios estadounidenses más repudiados desde la vereda progresista.

Seguramente también se hubieran negado a creer que José Mujica, ese guerrillero tupamaro de bajo perfil recién liberado tras quince años de cárcel, se transformaría en Presidente de la República y en personaje de proyección mundial.

Desde el gobierno, ese tupamaro proyectó, entre otras cosas, la legalización de la marihuana, una droga que, como todas las otras, era considerada por la izquierda como una de las formas de alienación de la juventud.

Además, el "no al pago de la deuda externa" se convirtió, llegados al gobierno, en una ordenada cancelación, dólar por dólar, de los asuntos pendientes con el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Por otro lado, aquellos frenteamplistas de 1985 imaginaban que los sindicalistas serían parte del gobierno y a las fuerzas represivas las paraban siempre del otro lado de la calle.

Es verdad que los gremios han hecho pesar su influencia en las administraciones frenteamplistas y que varios sindicalistas integran puestos claves; pero también es cierto que no estaba en los planes que la izquierda en el poder usara a la Guardia Republicana para desalojar estudiantes ni que el ministro del Interior - otro exguerrillero- proyecte darle mayor poder a una fuerza de choque dedicada a la represión lisa y llana.

Asimismo, la tan mentada reforma agraria - "A desalambrar", cantaba Daniel Viglietti- hacía pensar en expropiaciones surtidas pero derivó en un intento de impuesto a la concentración de inmuebles rurales que fue declarado inconstitucional.
Lo más lejos que se llegó fue a la reinstauración del impuesto al patrimonio que había sido exonerada por el presidente Jorge Batlle durante la crisis de 2001.

Privatización y sacrificio

Por otra parte, la izquierda de los '80 se oponía a cualquier amague de privatización de las empresas pública pero luego no dudó, por ejemplo, en entregarle a capitales privados la gestión de la desaparecida y tradicional Pluna.

La izquierda sí ha logrado bajar la pobreza a través de una mejor redistribución de la riqueza y de planes de emergencia que socorrieron a los más necesitados. Pero, tal vez porque lo que proyectaban lograr sus dirigentes se parecía, por lo dificultoso, a una patineta voladora, lo alcanzado parece escaso.

Además, la cantidad de bienes que puede consumir una persona con su salario ha sido destacada por la izquierda como unos de sus mayores logros desde que está en el gobierno.
Aquel "hombre nuevo" solidario y dispuesto al sacrificio con el que soñaba el Ché Guevara mutó por estas costas en el "nuevo uruguayo", una figura un tanto inasible pero que se emparenta con el crecimiento económico experimentado en los últimos diez años.

Una década signada por el gobierno de una fuerza política para la cual, treinta años atrás, la palabra "ceibal" solo remitía a un árbol autóctono y ni siquiera la intuían como la portadora de una inesperada ventana al conocimiento.

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