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Hace algunos días abrió en Montevideo un bar y hamburguesería en el Parque Rodó llamada Bulebar, cuya decoración transporta a los años 50 a quien se acerca a probar alguna de sus preparaciones caseras. Es difícil pensar que haya en toda la ciudad un lugar mejor para que suene la música de los Black Keys, un dúo de guitarra y batería que lleva a una lectura más actual parte de los preceptos del viejo rock de esos años (la mayoría excepto los rockabillys, en realidad).

El rock del vocalista y guitarrista Dan Auerbach y del productor y baterista Patrick Carney es una customización de ese viejo sonido, una lectura desde el indie actual del blues del Delta y del rock n’roll clásico, el que da predominancia máxima a la guitarra. Una combinación que en principio puede parecer muy cercana al trabajo de White Stripes y que, a pesar de que por momentos se choca, no tiene las pretensiones modernas de un tipo como Jack White en ese proyecto.

Más básico y vintage aunque igual de virtuoso, el ritmo de los Black Keys es una avalancha de referencias, sí, pero sobre todo una mezcla exquisita de los géneros antes mencionados. Su nuevo disco, El camino, no es más que una profundización en una fórmula simple, abocada a hacer canciones cada vez mejores, apoyadas en videoclips con un humor a tono.

El ambiente fronterizo que denota el propio nombre del disco (en el imaginario de los Black Keys, el camino pasa con seguridad por los bares de honky tonk sureños y cercanos al cruce con México) se percibe de entrada en Lonely Boy, un deslizamiento rockero por una pendiente vertiginosa de guitarras que mete al escucha en uno de aquellos viejos y enormes autos estadounidenses que tragaban galones de nafta en pocos kilómetros. A partir de ahí, todo es un viaje enérgico en el que los Black Keys, quizá la banda que hace los mejores temas para acompañar con palmas del mundo, lleva esa identidad de hamburguesería que algunos blogs de comida y música, como el recomendable Turntable Kitchen, supieron identificar.

Puestos a comparar, El camino se diferencia de otros grandes discos de los Black Keys (el anterior Brothers, del año pasado, con el que se llevaron un par de premios Grammy, el fundacional The big come up o Rubberfactory, de 2004) en las nuevas pizcas sonoras añadidas al sabor Black Keys. La presencia de coros que parecen de la Motown –en la canción de arranque Dead Gone– y las apariciones exquisitas de misteriosos órganos Hammond de fondo, casi que desde el principio, le suman otros colores a una identidad musical en la que fue clave el toque mágico de Danger Mouse, el hombre tras Gnarls Barkley y lo mejor en los últimos años de Beck, por poner dos ejemplos, y que también entendió cómo sacarle el mejor partido a una banda garagera como esta.

Los Black Keys aparecieron desde Akron (estado de Ohio) en los años del regreso del rock de guitarras que miraba por lo menos a tres décadas atrás, cuando los mencionados White Stripes y The Strokes llegaron –seguidos por una incontable cantidad de bandas cuyo nombre empezaba con “The”– para salvar al mundo del nü metal de Korn y Linkin Park.

Diez años después parecen haber logrado las credenciales de ser una banda lista para encantar y ofrecer experiencias más relevantes que el promedio a un público mucho más amplio y en un género clásico. Ese es el gusto que deja El camino; como el de las hamburguesas hechas a mano y no en serie.


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