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Hace calor. El verano desde el cielo pega en todas las ventanas, en las frentes, en el ánimo. Se puede ir a la playa, pero quizás haya que trabajar. Se puede estacionar el cuerpo debajo de un aire acondicionado, pero no todo el mundo tiene esa opción. La solución puede ser la evasión mental. La lectura y el mundo al que transporta una buena narración.

¿Qué mejor que refugiarse en una historia reducida a la vida rural en el oeste de Inglaterra? Época victoriana, grandes terratenientes, pastores pobres, la vida vegetal, animal y humana en el medio. El amor como forma de crecimiento, como juego en los prados inundados de injusticia y de resentimiento de clase, pero también de colaboración, de amistad y de respeto. Todo mezclado, porque las cosas no son tan simples y sencillas como en los panfletos.

Aparece una muchacha, que en un torbellino anuda las vidas de tres hombres: un pastor abnegado, tan romántico en tocar la flauta como tosco en criar ovejas con perros; un hacendado inmensamente rico, elegante y soltero; un soldado atrevido, mujeriego y galante. La mujer pasa de uno a otro y vuelve y las circunstancias son alegres, violentas o desgraciadas, y los hombres no se salen de esa calesita que tiene más de flirteo e histeriqueo reprimido que de sexo.

¿Quién es el dueño de esta historia? El novelista Thomas Hardy. ¿El nombre de la obra? Lejos del mundanal ruido. En 1967, el cineasta John Schlesinger adaptó la novela de Hardy al cine, con un alto nivel de fidelidad al texto y con una serie de innovaciones técnicas dignas del recuerdo.

Alan Bates fue el pastor, quien luego de recibir el rechazo en la propuesta de matrimonio debe pedirle trabajo, toda a la misma mujer. Se trata de una Julie Christie más linda que nunca, con el pelo castaño brillando bajo el mínimo sol inglés y exclamando con la mayor indiferencia: “Es que yo no lo amo”, a cada caballero que se le cruza en el camino.

El terrateniente es Peter Finch, a quien la risa de Christie le desbalancea el mundo seguro que su fortuna sostenía hasta ese momento. Terence Stamp es el soldado, el espadachín que danza blandiendo la espada alrededor de la muchacha de los sueños, que la enamora y la pierde en dos actos extremos. Cuando el dudoso castillo que ella construyó a su alrededor está en ruinas y por los suelos, el pastor será la roca de donde aferrarse.

En el medio, Schlesinger sigue paso a paso el camino realista de Hardy, con sus detalles y sus acciones que representan sentimientos: los dueños de la tierra que explotan a los pastores, la feria del maíz donde se compran los granos para el ganado, las ovejas infladas de gases, los cielos tormentosos y la niebla, la pobreza y la riqueza de un país que era el centro del mundo pero que en el campo se parecía mucho a cualquier país ganadero. Ferias de atracciones, circos ambulantes, pueblos sumidos en la depresión y colinas de pastos más verdes que los tréboles componen el contexto de una película que hace del paisaje la extensión de la historia, un marco a la vez de represión y de expresión entre los acantilados y los pueblos cercanos. Un quiebre amoroso se traduce en un perro enloquecido, el reencuentro se produce en medio de un incendio. Tal es el pulso de Hardy.

Bathsheba Everdene, ese es el nombre del personaje que encarna Christie. Ella tejió su vida (con la lana de las ovejas que criaba) en torno a la de tres hombres, pero esos mismos hilos se le tensaron demasiado para que los pudiera manejar.

La película está ahí, intacta luego de 48 años de haber sido filmada.

La espada del soldado se cimbra en cada estoque frente a la muchacha seducida, el viento ruge en las planicies de pasto donde comen las ovejas que ordenan los perros. Ladridos, mugidos, jadeos. Esos son los ruidos que prevalecen y se mantienen en nuestros oídos.

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