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Paul Auster ha apoyado su prolífica carrera literaria en la delimitación de un mundo imaginativo propio, cuyos cimientos creó en la década de los 90 a partir de sus novelas más logradas: El Palacio de la Luna, Leviatán y Mr. Vértigo.

En ese mundo inventado, además de temas, personajes y escenarios que adquieren la categoría de fetiches por la fuerza de su recurrencia (los accidentes, los hombres desaparecidos, los monumentales proyectos sin sentido, etc.), siempre se respira un aire de cercanía que llega incluso a parecerse a la intimidad, pues bajo la parafernalia ficticia orquestada por el autor hay notas que excitan la curiosidad más pedestre del lector, el deseo de saber cuánto hay de biografía en la ficción, cuáles son las historias imaginadas y cuáles las “basadas en hechos reales”.

Desde sus comienzos, Auster ha jugado con este punto de confusión entre fantasía y realidad, entre obra y biografía, incluyéndose a sí mismo como personaje de sus novelas (desde la temprana Ciudad de cristal perteneciente a la famosa “Trilogía de Nueva York”) o generando sosias apenas disimulados: el John Trause de La noche del oráculo, por ejemplo, y declarando luego, como el actor teatral que habla a su público en un aparte, que: “Nadie quiere ser parte de una ficción, y menos aún si esa ficción es real” (esta frase aparece en La habitación cerrada).

Hablar de mí
Los verdaderos alcances del juego intertextual que Auster ha desarrollado entre su vida y su obra de ficción quedan de manifiesto en los tres volúmenes que ha dedicado a sus memorias no ficcionalizadas.

El primero de ellos fue La invención de la soledad (1982), el relato de la muerte de su padre y el nacimiento de su primer hijo.

El segundo, A salto de mata (1997), la historia de sus primeros años como escritor. Y el más reciente es este Diario de invierno (2012), un cuaderno de notas en el que el ya sexagenario Paul Auster vuelve la mirada atrás desde el invierno de su vida con la intención de sacar apuntes de los hechos más significativos de su vida.

Sin la necesidad de una estructura argumental que la ficción sí requiere, la autobiografía le otorga a Auster una libertad que por momentos parece írsele de las manos, de modo que el libro sólo adquiere cierta fuerza y brillo cuando la prosa se pone al servicio de pequeñas historias autónomas, como las del accidente automovilístico que Auster y su familia sufrieron de regreso a Brooklyn.

O la de la forma en la que ver a un grupo de bailarines cambió su percepción de la literatura, pero que cae en lánguidas remembranzas cuando Auster deja ir la pluma por su memoria no como el competente contador de historias que es, sino como un funcionario en plena tarea de inventario, convirtiendo así al Diario… en un libro lleno de listas varias y enumeraciones. El más interesante de los catálogos es el de las 21 casas que Auster habitó en su vida. El más tedioso: el de todas las cosas que puede hacer una mano.

Lo que resta del día
Otro de los problemas evidentes de este cuaderno de apuntes tiene que ver con lo que decíamos más arriba: la vida de Auster ha sido una de las materias centrales de su literatura, y una carrera de más de treinta años de escritura casi ininterrumpida ha dejado muy poco por contar, de forma que toda nueva visita al pasado tiene el gusto inevitable del dejà vu, de llegar a saquear una aldea que ya ha sido saqueada demasiadas veces.

Más de una vez, Auster debe admitir en las páginas de su libro que tal o cual cosa aparece ya contada (muchas veces, de forma más profunda y completa) en libros publicados veinte años antes.

Otras veces ha de resignarse a anécdotas mínimas. Entonces, la pregunta no es para qué escribir este diario, sino, para qué publicarlo; o, más exactamente, para qué publicarlo ya, en forma de versión no revisada de una complaciente libreta de apuntes.

Cabe pensar en este punto sobre cuál es el papel que la industria editorial (con sus plazos, sus exigencias, sus necesidades) juega en la obra de los escritores consagrados, aquellos que una vez alcanzado cierto estatus prestigioso se bastan para vender libros sólo con su apellido en la tapa o su foto en la solapa, más allá de la calidad, muchas veces decreciente, de su literatura.

La verdad real y la ficticia
Dice Tomás Eloy Martínez, en el prólogo a Ficciones verdaderas (volumen en el cual contraponía fragmentos de obras ficticias con los sucesos reales que las habían inspirado) que “corregir la realidad, transfigurarla o, al menos, disentir de la realidad, es uno de los deseos centrales del narrador”.

Existe la realidad de una vida y existe también la ficción que el escritor elabora con fragmentos de esa vida. La ficción viene a corregir y perfeccionar una verdad que de ser trasmitida fielmente quizá no tendría demasiada tensión o intensidad, que son dos de los requisitos de la narrativa.

Contar un suceso al pie de la letra no es contar la verdad sobre ese suceso o, al menos, no es contar toda la verdad, pues una reelaboración ficticia de esos hechos puede revelar aspectos de la verdad que antes no habían sido contemplados.

Lo que realiza Paul Auster en este “Diario de invierno” es un ejercicio opuesto, el de mostrar lo real-real sin agregar nada a lo ya dicho, pues lo real-ficticio alcanzaba ya para hacer resplandecer, de un modo más claro y verdadero, lo que había para contar.
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